Ese era yo...
Ese bebé mínimo y breve
que se quedó parado justo
al borde mismo de la muerte
Y cuando estaba a punto de pasar
al otro lado, justo a tiempo
viniste y me agarraste con tu mano
y me pusiste más acá de la baranda.
Ese era yo...
Que agonizaba en la cuna de un asilo
Sin que siquiera me importaba mucho
Porque mi vida en ese entónces
no era realmente cosa mía.
El que encontró tu mano salvadora
cuando, como siempre, me fui al filo
para mirar que había al otro lado.
El bebé del oído reventado
aplastado en la almohadita de la cuna
anónima del asilo.
El que conoció la luz por vez primera
tres días después de que cumplieras veinticinco
de un vientre donde habían sonado caracoles.
Ese era yo y ahora...
que releo las hojas de este viejo expediente
pienso que no me fue tán mal después de todo
y nadie ha dicho que se ha dicho
la última palabra.
y que mi propio dolor
y aquel propio abandono,
y mi sonrisa sin dientes
ni pretención de dientes
sonriéndole a tu rostro
y a tu mano juvenil y salvadora
como un gol en la hora
y la semilla de este tipo
de cuarenta y un años que ahora escribe
y de mis propios hijos buscando su camino
y de esta vida en la que mal o bien
transito haciendo lo mejor posible
que no es mucho
y la anacagüita que planté en el frente
y el o los libros que escribiré o he escrito
y todos los amores que coseché,
(después del tuyo)
y hasta el último aliento
que me espera sin duda en la otra punta.
a una vida entera de esa cuna
del consejo del niño,
estábamos todos allí en aquella cuna
sufriendo de dolor en esa cuna
sufriendo soledad en aquella cuna
y esperando tu mano...
mamá.
Cuentos, artículos, reflexiones, recomendaciones, pensamientos, sugerencias, ocurrencias y otros cuya definición coincidiría con su contenido
Novedades.
La estupidez es el único veneno cuyo efecto mata a los sobrevivientes.
Se publican aquí las cuatro partes escritas hasta ahora del cuento largo "La Conspiración" una historia policial en medio de las peripecias del Tercer Mundo.
Capítulo 1: Malos comienzos: http://el-herrante.blogspot.com/2011/05/la-conspiracion-1-malos-comienzos.html
Capítulo 2: Acá también pasan cosas: http://el-herrante.blogspot.com/2011/05/la-conspiracion-2-aca-tambien-pasan.html
Capítulo 3: Seguridad ante todo: http://el-herrante.blogspot.com/2011/05/la-conspiracion-capitulo-3.html
Capítulo 4: Todo lo que pueda ir mal...:
9.11.06
El sillón de Simón. Los primeros treinta años de papado. (artículo)
De Jerusalén al Primer Concilio de Nicea
Seguramente Pedro, el pescador galileo jamás se habría imaginado la variedad de personas y de personajes que aposentarían sus sacras posaderas en el trono fasto, que por entonces no tenía ni miras de existir en el marco de un cristianismo humilde, donde además de ser primado de la iglesia había que ganarse la vida laburando como cualquier banana del montón.
No se sabe como llegó Pedro a su pontificado, ni siquiera es seguro que lo haya ejercido alguna vez. Por supuesto, los creyentes afirmarán que Jesús en persona asigna el rol a Pedro, pero el análisis de los textos canónicos si lo hacemos con mirada lo suficientemente crítica, por lo menos abre la puerta a la ambigüedad.
El nombre hebreo con el que Pedro vino al mundo fue el de Simón Bar-Jona. En base a su carácter fuerte, o tal vez, a su testarudez, los muchachos de la barra lo conocían por el apodo de Cefas, o Cephas que significaba “piedra” Petrus en latín.
Para no profundizar en el análisis de los textos del Nuevo Testamento, aceptemos de momento que efectivamente Pedro fue designado por Jesús para encabezar su Iglesia. La tradición indica que éste apóstol ejerció su magisterio durante unos quince años aproximadamente hasta que fue crucificado por los romanos hacia el año 67. Pedro, de carácter volátil y espontáneo, lleno de debilidades humanas y apasionamiento, es tan imperfecto en sus actitudes, que su designación por parte del mismísimo Jesús, es un mensaje perfecto de tolerancia por el prójimo. Cosa que la Iglesia olvidaría en los siguientes siglos, cuando, por ejemplo, estaría en discusión el hecho de aceptar o no en el seno de ésta, a aquellos que ante el martirio, arrugaban y renegaban de la fe.
Fue, según dicta la tradición, el mismo Pedro quien designaría en San Lino a su sucesor.
Sobre el segundo Obispo de Roma, poca información hay.
Aún no podemos hablar de primacía del Obispo Romano sobre el resto de los obispos de la Iglesia. El Obispo de Roma, era en todo caso un “Primus Inter. Pares” y en el Nuevo Testamento podemos encontrar innumerables ejemplos de que, en los hechos, no había primacía alguna.
Por ejemplo, el primer concilio celebrado en Jerusalén entre los Apóstoles, no fue presdido por Pedro, como hubiera correspondido de ser éste la cabeza de la Iglesia, sino que fue dirigido por Jacobo, hermano de Jesús, lo que parece indicar que en ese entonces ya era bueno contar con un pariente en el directorio.
También encontramos fuertes recriminaciones de San Pablo hacia San Pedro leyendo las epístolas escritas por el primero. Obviamente, estas recriminaciones hubieran sido impensables de haber ejercido Pedro una supremacía absoluta sobre el resto de los cristianos en general y de Pablo en particular.
San Clemente, Obispo de Roma entre los años 88 y 97, primer Papa, exceptuando a Pedro, del cual nos han llegado textos escritos, ejerció su pontificado con un carácter aparentemente similar a Pedro. En una carta dirigida al obispo de Antioquia, en la cual lo aconseja sobre como actuar ante problemas internos de esa comunidad, vemos claramente que no impone su autoridad, sino que escribe en un tono fraterno de igual a igual, lo que nos hace pensar, que la supremacía del Obispo Romano sobre el resto de los obispos, aún no se había convertido en la conducta habitual. No le metió la pesada, ni lo amenazó con excomulgarlo si no ponía la casa en orden. Nada de eso. Clemente era el cuarto Papa de la sucesión.
Cosa curiosa. Durante unos cuantos siglos se contó dos veces en la lista a San Anacleto, papa entre los años 76 y 88. Parece que a Anacleto los muchachos de la barra le decían familiarmente “Cleto” a secas, como quien ahora le dice Fede a Federico o Agus a Agustina. Por eso, a alguien se le ocurrió que Cleto y Anacleto eran dos papas distintos y así permanecieron en las listas durante unos cuantos siglos hasta que a alguien se le ocurrió que era demasiada coincidencia. Recién en 1960 corrigieron el santoral advirtiendo que Anacleto estaba canonizado con nombre y sobrenombre. Cosas de la burocracia.
A principios del siglo II, aparecen por Roma los nunca bien ponderados gnósticos, que predican una teología con estrechos vínculos con el platonismo. La búsqueda interior de la salvación sin intermediarios. Lanzarse en Roma, era para cualquier predicador, algo así como lanzarse en Paris para un modisto. Valentín, Cerdo (¿le habrán puesto así sus adversarios?) y Marción, con éxito más bien exiguo predicaron en la capital y fueron someramente excomulgados por los Papas San Higinio y San Pío I que seguramente no habían leído el Código Da Vinci. Si bien los evangelios canónicos no habían sido aún establecidos ya que hablamos más o menos del año 140, buena parte de los evangelios apócrifos parecen datarse en esta época. Cabe recalcar también, que el siglo II fue verdaderamente explosivo en cuanto a la religiosidad y la mística se refiere. Algo así como una New Age del paleolítico pareció adueñarse de la gente y doctrinas novedosas de carácter esotérico brotaban por todo el Imperio Romano. Todo bien con ellas mientras le respetaran el lugar divino al Emperador, cosa que los cristianos se negaban a hacer obcecadamente y que les acarreó no pocos dolores de cabeza.
Poco a poco, la Iglesia de Roma, fue ganando un espacio de primacía entre las demás iglesias cristianas, que reconocían en ella, no sólo el carácter apostólico, que era la única en ostentar en occidente, sino además, cierta precedencia en lo que se refiere al establecimiento de diferentes elementos y ritos litúrgicos, que eran aceptados por las demás iglesias, apostólicas o no.
Sin embargo, es importante destacar, que de infalibilidad papal ni hablaban. El Obispo de Roma era un obispo importante, pero ni en sueños se les ocurría pensar que era El Más Importante de Todos. Los obispos de las demás Sedes Apostólicas, le discutían y le retrucaban como a cualquier hijo del vecino sin que, como mencionamos antes, esto diera lugar a excomuniones o cismas. Eso vendría algo después, cuando Iglesia comenzara a escribirse con mayúsculas y el latín fuera adoptado como idioma oficial de la fe cristiana, en el siglo III.
Por ejemplo, Policarpo de Esmirna, considerado uno de los Padres Apostólicos de la Iglesia, se trenzó en discusión con el Papa Aniceto, discutiendo sobre la fecha de la fijación de la Pascua.
Se supone que se cartearon un par de veces sobre el tema, pero como el correo no era lo debidamente veloz en ese entonces, el Obispo de Esmirna fue personalmente a Roma a retrucarle al Santo Padre, que pretendía cambiar la celebración de la Pascua al primer domingo después del 14 de Nisan.
En este punto, no pudieron ponerse de acuerdo y durante largo tiempo, cada una de las sedes celebró la Pascua cuando se le dio la gana, el 14 de Nisan las iglesias orientales, (igual que los judíos) y el domingo siguiente la iglesia de Roma. Ergo, de infalibilidad papal ni hablemos ya que de haber podido, seguro que Aniceto le habría metido la pechera a Policarpo por más discípulo de San Juan que éste haya sido.
El problema de la Pascua y los “decimocuartistas” aflora durante el obispado de San Víctor I, donde incluso llega a producirse un breve cisma en la Iglesia de Roma.
San Victor I, africano de nacimiento, ejerció más o menos durante diez años, más o menos a partir del año 189.
Ocupa el Sillón de Simón, en un momento de pausa en las casi continuas persecuciones, ya que Cómodo, el Emperador aquel de la película “Gladiador”, no fue adverso a los cristianos. Cuando el Obispo de Roma no tenía que enfrentarse a enemigos externos, aprovechaba la ocasión para ajustar las cuentas internas. San Víctor I, intentó justamente ajustar cuentas con los gnósticos que aún seguían en la vuelta y con los “decimocuartistas”, que insistían en ajustarse a la tradición de celebrar la Pascua el mismo día que los judíos.
Con él, aparecen los primeros pecherazos desde la Iglesia de Roma hacia las demás, sobre todo, las de Oriente. Justamente, lo vemos en el problema de la Pascua, donde Víctor decide imponer su autoridad, apelando incluso a veladas y no tan veladas amenazas de exclusión, que si no terminan con un anticipado cisma entre las Sedes Apostólicas de Oriente y Roma, es porque algunos Padres de la Iglesia, como San Irineo de Lyon en nombre de su comunidad, le piden que baje la pelota al piso y que si la Iglesia había podido sobrevivir un siglo y medio así, bien podría seguir haciéndolo hasta que las aguas volvieran solas a su cauce de una forma u otra. Policarpo de Esmirna, pesado como collar de sandías, vuelve a escribir a Roma, no se si para tratar de convencer a Victor o para por lo menos, pedirle que mantenga el criterio de dualidad.
Victor, quien ya había enviado cartas a todos los Obispos de Oriente excluyéndolos de la comunidad, dio marcha atrás y se conformó con excluir a Blasto, que también era oriental, pero que residía en Roma, bajo su jurisdicción. Algunas fuentes dicen que San Víctor fue martirizado en el año 199, cosa que llama la atención sabiendo que los emperadores de la época eran propicios al cristianismo. (Cómodo, Septimio Severo, Caracalla)
Algo es algo, peor es nada, seguro habrá pensado el último papa del siglo II.
El siglo tercero fue estrenado por San Ceferino I, un papa que para la época, tuvo nulas virtudes en cuanto a la elaboración de la teología cristiana, Hipólito, otro de los Padres de la Iglesia, lo trató de ignorante. También colocó a San Calixto, quien sería Papa posteriormente, como su secretario personal.
En el siglo III, la literatura cristiana adquiere un importante vuelo y los llamados Padres de la Iglesia, fijan las bases de lo que será la doctrina cristiana. Tal vez, por eso el reproche de Hipólito.
Cabe acotar, que a pesar de haber recibido tan duro calificativo, San Ceferino no excomulgó ni separó a Hipólito de la comunidad. Pero no tuvo escrúpulos en excomulgar a Tertuliano, uno de los Padres de la Iglesia, teólogo y apologista, que cayó en la herejía montanista. Estos montanistas no eran exactamente herejes, sino más bien, algo exagerados. Querían el retorno a las “viejas costumbres” circunstancia que puede resultar un tanto ridícula si consideramos que estamos en el año 200. Eran algo así como los pentecostales o los carismáticos de ahora. Creían en la iglesia tal como en los tiempos de los Apóstoles, en la cual la gente caía en trance, largaba espuma por la boca y profetizaba por un quítame de allá esas pajas de tal forma, que el mismo San Pablo, el que se quedó ciego y tuvo una visión de Cristo camino a Damasco, escribió en una de sus epístolas advirtiendo contra estas exageraciones. La advertencia fue escuchada por los posteriores obispos y así el pobre Tertuliano, que bien pudo haber sido un santo de la iglesia, terminó excomulgado y buena parte de sus obras prohibidas. Curiosamente, Tertuliano fue quien enunció por primera vez el dogma de la Santísima Trinidad. Si era capaz de entender eso, debió haber sido realmente brillante.
Ceferino debió ser un tipo adusto al que no le gustaban las exageraciones y se mostró acérrimo enemigo del montanismo, mientras otras herejías se paseaban olímpicamente por Roma ante la indignación de Hipólito que legó para la posteridad, un largo catalogo de adjetivos adversos para este Papa. Principalmente, la herejía monarquiana que afirmaba que en Cristo sólo había una naturaleza divina, en contraposición a lo que sostenía la ortodoxia, que afirmaba y afirma, que en el fundador, coexistían la naturaleza divina y la humana.
Hipólito no se limitaba sólo a escribir, no vayas a creerte. Pocos años después, durante el papado de Calixto I, quien había sido secretario de Ceferino, se aburrió de su rol de teólogo y testigo inteligente de la época y optó por el protagonismo haciéndose nombrar Papa, siendo el primer antipapa de la historia.
Pero a diferencia del resto de los antipapas, Hipólito muere como mártir y es Santo de la Iglesia Católica. Encaprichado, se mantuvo autodesignado como Obispo de Roma a pesar de Calixto y de su sucesor Urbano I y del sucesor de éste, Ponciano I. El cisma concluye durante el papado de San Ponciano, quien renuncia a la vez que Hipólito al cargo de Obispo de Roma, permitiendo la elección de San Antero. El Emperador Maximino, con total y pagana ecuanimidad, destierra a San Hipólito y San Ponciano en barra a la isla de Cerdeña donde Dios con similar ecuanimidad, se encarga de llamarlos a su lado a ambos en el año 235. (Cerdeña debía ser un lugar terrible en ese entonces, varios fueron los papas que terminaron allí trabajando en las minas de sal, entre ellos, Calixto, a quien Hipólito se aburrió de defenestrar, quien había sido desterrado allí y liberado por el Emperador Cómodo). San Ponciano fue el primer papa en abdicar, ya que para manejar la Iglesia Romana desde Cerdeña se le complicaba un poco.
Es interesante acotar, que debemos a San Hipólito, la constitución eclesiástica más antigua que se conserva después de la Didajé (obra de gran belleza perteneciente al siglo I). Esta obra es la Tradición Apostólica y fue recuperada en los primeros años del siglo XX preservada por las iglesias orientales.
En enero del año 236, es electo como Papa, San Fabián, primer papa elegido por la hinchada ... o por el Espíritu Santo en persona, según se sea creyente o no. La cosa fue que mientras estaba reunida la asamblea para elegir al nuevo Obispo de Roma, Fabián que estaba ahí curioseando fue elegido por una paloma que se posó sobre su hombro. Inmediatamente, convencidos o bien de que era el Espíritu Santo que se manifestaba, o de que el momento político era un tanto complicado como para ser elegido, los presentes otorgaron a Fabián el Obispado de Roma, ordenándole el mismo día obispo y Papa.
Probablemente, el Espíritu Santo si haya tenido algo que ver, ya que duró en el cargo 14 años y murió martir como corresponde. Su legado a la Iglesia, es haber designado- ¡Oh casualidad!- a la paloma como símbolo del Espíritu Santo.
Después de la muerte de San Fabián, la sede estuvo vacante durante un año. En una de esas, la vacancia se debió a que las condiciones de dura persecución eran demasiado adversas como para reunirse a elegir, o tal vez, se debió a la falta de elegibles. El de Obispo de Roma se había convertido en un oficio de lo más peligroso y los voluntarios para ejercerlo no debían abundar demasiado. Pero en el año 251 eligieron a Cornelio que apenas duró dos años con papado y con vida, y encima tuvo que soportar un nuevo cisma dentro de la Iglesia de Roma.
Esta vez el antipapa fue Novaciano, sacerdote y teólogo quien criticaba duramente a Cornelio por considerarlo demasiado indulgente con los apostatas o lapsis, es decir, aquellos que arrugaron vergonzosamente ante el martirio y sacrificaron a los dioses romanos, al emperador o a los dos juntos. Novaciano además había ejercido una especie de interinato papal mientras la iglesia podía reunirse a elegir Papa, ya que el resto de las iglesias no dejaban de importunar. Supongo que Novaciano, intelectual y teólogo de fuste, esperaba que el cargo de Obispo de Roma recayera sobre él, pero no tuvo suerte y eso lo debió haber puesto bastante molesto como sabe cualquier empleado al que alguna vez le hayan caminado por encima. Los obispos de oriente, que no sufrían las persecuciones de cerca, apoyaron a Noviciano en su rigor contra los lapsis, pero un sínodo de sesenta obispos apoyó a Cornelio en su piadosa actitud.
Cornelio murió en el exilio, milagrosamente parece que de muerte natural y fue sucedido por San Lucio quien también se opuso a los novacianos y también duró poco en el cargo y en la vida. Menos de un año. Increíblemente, también murió de muerte natural, aunque el pueblo de Roma lo consagró como mártir por lo complicado que había sido su breve pontificado.
El siguiente primado romano fue San Esteban y con él se da un interesante episodio en el cual se enfrenta la Iglesia Romana a la Cartaginesa. Una vez más, la culpa es de los relapsos. Dos obispos españoles, que habían claudicado ante el martirio, pidieron, al cesar las persecuciones, ser aceptados nuevamente en su comunidad eclesiástica.
Pero las comunidades designaron nuevos obispos en su lugar y esto parece que les molestó sobremanera, por lo cual apelaron ante el Obispo de Roma, Esteban quien escribió a las iglesias españolas, para que revocaran las nuevas designaciones y restituyeran a los obispos apostatas en sus cargos. Los españoles, no se quedaron con la opinión del Esteban ni mucho menos, sino que consultaron el caso con Cipriano, Obispo de Cartago, quien convocó a un Sínodo en Cartago, donde se reunieron 36 obispos, los que decidieron que los españoles habían actuado de acuerdo a la tradición. San Cipriano entonces sugirió fraternalmente a las comunidades de León y Mérida, que no le dieran ni bola al papa y siguieran con los nuevos obispos como si tal cosa y que los obispos que habían claudicado, debían ser aceptados nuevamente en la iglesia, pero sólo como penitentes. La unidad de la Iglesia sufre un quiebre ya que Esteban insiste en imponer su autoridad, mientras que la Iglesia de Africa insiste en imponer su independencia. El conflicto se resuelve gracias a que Esteban se tomó la molestia de morirse al poco tiempo, en el año 257. Lo sucede Sixto II, primer Papa de nombre repetido, aunque extrañamente, si Sixto I fue el sexto Papa, Sixto II debió ser el duodécimo y no el vigésimo cuarto. De todos modos, Sixto II apenas si tuvo tiempo de reconciliar a la Iglesia de Roma con la de Africa antes de ser decapitado a causa de las persecuciones del emperador Valeriano.
Alrededor del año 272, el Papa Félix I da un nuevo paso hacia la efectiva consagración de la supremacía de la Iglesia Romana sobre las demás comunidades, cuando decreta que ningún obispo podía ser elegido si no estaba en comunión con el Obispo de Roma, eufemismo que significaba, “completamente de acuerdo”. Todo ello, debido a una herejía practicada por el Obispo Pablo de Samosata, contra la que poco se puede hacer ya que el hereje en cuestión, era protegido del Emperador Aureliano. Faltaban aún casi cincuenta años para el Concilio de Nicea, pero el poder político comenzaba a hacerse sentir en la cristiandad.
Las tres principales comunidades cristianas desde el punto de vista jerárquico cuando menos, eran Roma, Alejandría y Antioquia y entre ellas, ahora sí, Roma comienza a prevalecer. Este predominio quedaría consagrado en el Concilio de Nicea. Durante todos los años transcurridos desde que Cristo dijo a Simón, “Tú eres la piedra”, la Iglesia no había dejado de crecer y Roma no había dejado casi de decaer. El poder civil se corrompía, mientras los militares ya no cruzaban sólo el Rubicón sino que atravesaban el mediterráneo entero para hacerse con el poder. La Iglesia Cristiana había sobrevivido a terroríficas persecuciones del poder civil y a no menos terroríficas deserciones heréticas y disensos teológicos que hoy nos parecen absolutamente bizantinos e inteligibles, con la certeza de que su hora llegaría tarde o temprano. La Iglesia se había adueñado absolutamente de la intermediación entre Dios y los hombres y cualquier intento de revertir esto, era demolido por teólogos brillantes y un enorme peso institucional. Sólo le faltaba hacerse con el poder político y hacia eso se encaminaba rápidamente, una vez concluida la última gran persecución, la de Dioclesiano.
San Cayo era sobrino de Dioclesiano, al menos, eso dice la tradición. No murió mártir, y luego de su temprana muerte, el emperador desató una feroz persecución por lo que si su vida se hubiera prolongado más, la iglesia se habría ahorrado bastante sangre. Diocleciano, casado con una cristiana, desató una feroz persecución a partir del año 303, no se sabe si como fruto de alguna desavenencia conyugal. San Marcelino, que había sucedido a San Cayo en el papado, es acusado de apostasía y destituido en el año 304. Le sucede casualmente San Marcelo cosa que parece un juego de palabras inventado por el Espíritu Santo, aunque el espíritu, representado ahora como paloma, se tomó su tiempo, ya que debido a las persecuciones que arreciaban, la sede estuvo vacante durante cuatro años. Tuvo que lidiar con las diferencias originadas, ¡una vez más! en los relapsos que querían volver a la Iglesia una vez que se calmaron las aguas. El Emperador Majencio lo desterró y murió en el exilio sucediéndolo San Eusebio.
San Eusebio intentó firmemente abrir una vez más las puertas de la Iglesia a los lapsis o apostatas y se encontró con la férrea oposición de Heraclio. El lío originó tanto ruido, que Majencio, tipo de pocas pulgas, los desterró a los dos, como había hecho casi un siglo atrás, (¡Cómo pasa el tiempo!) el emperador Maximino con Hipólito y Ponciano. San Eusebio muere poco después, corría el año 309.
San Melquíades, elegido como papa en el año 311, como se dice vulgarmente, ligó como un caballo.
En los campos de batalla del Puente Milivio sobre el Río Tiber, Constantino derrota a Majencio, quien no va a desterrar a nadie más porque se ahoga lastimosamente en el río, al que cayó con armadura y todo. Constantino, oliendo finamente los aires políticos de su época, atribuye la victoria a una visión en la cual se le aparecía en el cielo una cruz, y la frase “con éste signo vencerás”. Hizo pintar cruces en los escudos de los soldados, y quiso Dios o el destino, que a Majencio justo se le ocurriera nadar sin sacarse antes la armadura. Total, los cristianos se llevaron parte del mérito del triunfo y Constantino, el Imperio. La época de las grandes persecuciones había llegado a su fin. El Edicto de Milán del año 313, deja a los cristianos en pie de igualdad con las demás creencias del Imperio. De ahora en más, el Emperador pasaría a ejercer un fuerte poder en la Igleisia y lo demuestra citando él mismo al Concilio de Nicea.
Pero esta es otra historia.
Germán Queirolo
Seguramente Pedro, el pescador galileo jamás se habría imaginado la variedad de personas y de personajes que aposentarían sus sacras posaderas en el trono fasto, que por entonces no tenía ni miras de existir en el marco de un cristianismo humilde, donde además de ser primado de la iglesia había que ganarse la vida laburando como cualquier banana del montón.
No se sabe como llegó Pedro a su pontificado, ni siquiera es seguro que lo haya ejercido alguna vez. Por supuesto, los creyentes afirmarán que Jesús en persona asigna el rol a Pedro, pero el análisis de los textos canónicos si lo hacemos con mirada lo suficientemente crítica, por lo menos abre la puerta a la ambigüedad.
El nombre hebreo con el que Pedro vino al mundo fue el de Simón Bar-Jona. En base a su carácter fuerte, o tal vez, a su testarudez, los muchachos de la barra lo conocían por el apodo de Cefas, o Cephas que significaba “piedra” Petrus en latín.
Para no profundizar en el análisis de los textos del Nuevo Testamento, aceptemos de momento que efectivamente Pedro fue designado por Jesús para encabezar su Iglesia. La tradición indica que éste apóstol ejerció su magisterio durante unos quince años aproximadamente hasta que fue crucificado por los romanos hacia el año 67. Pedro, de carácter volátil y espontáneo, lleno de debilidades humanas y apasionamiento, es tan imperfecto en sus actitudes, que su designación por parte del mismísimo Jesús, es un mensaje perfecto de tolerancia por el prójimo. Cosa que la Iglesia olvidaría en los siguientes siglos, cuando, por ejemplo, estaría en discusión el hecho de aceptar o no en el seno de ésta, a aquellos que ante el martirio, arrugaban y renegaban de la fe.
Fue, según dicta la tradición, el mismo Pedro quien designaría en San Lino a su sucesor.
Sobre el segundo Obispo de Roma, poca información hay.
Aún no podemos hablar de primacía del Obispo Romano sobre el resto de los obispos de la Iglesia. El Obispo de Roma, era en todo caso un “Primus Inter. Pares” y en el Nuevo Testamento podemos encontrar innumerables ejemplos de que, en los hechos, no había primacía alguna.
Por ejemplo, el primer concilio celebrado en Jerusalén entre los Apóstoles, no fue presdido por Pedro, como hubiera correspondido de ser éste la cabeza de la Iglesia, sino que fue dirigido por Jacobo, hermano de Jesús, lo que parece indicar que en ese entonces ya era bueno contar con un pariente en el directorio.
También encontramos fuertes recriminaciones de San Pablo hacia San Pedro leyendo las epístolas escritas por el primero. Obviamente, estas recriminaciones hubieran sido impensables de haber ejercido Pedro una supremacía absoluta sobre el resto de los cristianos en general y de Pablo en particular.
San Clemente, Obispo de Roma entre los años 88 y 97, primer Papa, exceptuando a Pedro, del cual nos han llegado textos escritos, ejerció su pontificado con un carácter aparentemente similar a Pedro. En una carta dirigida al obispo de Antioquia, en la cual lo aconseja sobre como actuar ante problemas internos de esa comunidad, vemos claramente que no impone su autoridad, sino que escribe en un tono fraterno de igual a igual, lo que nos hace pensar, que la supremacía del Obispo Romano sobre el resto de los obispos, aún no se había convertido en la conducta habitual. No le metió la pesada, ni lo amenazó con excomulgarlo si no ponía la casa en orden. Nada de eso. Clemente era el cuarto Papa de la sucesión.
Cosa curiosa. Durante unos cuantos siglos se contó dos veces en la lista a San Anacleto, papa entre los años 76 y 88. Parece que a Anacleto los muchachos de la barra le decían familiarmente “Cleto” a secas, como quien ahora le dice Fede a Federico o Agus a Agustina. Por eso, a alguien se le ocurrió que Cleto y Anacleto eran dos papas distintos y así permanecieron en las listas durante unos cuantos siglos hasta que a alguien se le ocurrió que era demasiada coincidencia. Recién en 1960 corrigieron el santoral advirtiendo que Anacleto estaba canonizado con nombre y sobrenombre. Cosas de la burocracia.
A principios del siglo II, aparecen por Roma los nunca bien ponderados gnósticos, que predican una teología con estrechos vínculos con el platonismo. La búsqueda interior de la salvación sin intermediarios. Lanzarse en Roma, era para cualquier predicador, algo así como lanzarse en Paris para un modisto. Valentín, Cerdo (¿le habrán puesto así sus adversarios?) y Marción, con éxito más bien exiguo predicaron en la capital y fueron someramente excomulgados por los Papas San Higinio y San Pío I que seguramente no habían leído el Código Da Vinci. Si bien los evangelios canónicos no habían sido aún establecidos ya que hablamos más o menos del año 140, buena parte de los evangelios apócrifos parecen datarse en esta época. Cabe recalcar también, que el siglo II fue verdaderamente explosivo en cuanto a la religiosidad y la mística se refiere. Algo así como una New Age del paleolítico pareció adueñarse de la gente y doctrinas novedosas de carácter esotérico brotaban por todo el Imperio Romano. Todo bien con ellas mientras le respetaran el lugar divino al Emperador, cosa que los cristianos se negaban a hacer obcecadamente y que les acarreó no pocos dolores de cabeza.
Poco a poco, la Iglesia de Roma, fue ganando un espacio de primacía entre las demás iglesias cristianas, que reconocían en ella, no sólo el carácter apostólico, que era la única en ostentar en occidente, sino además, cierta precedencia en lo que se refiere al establecimiento de diferentes elementos y ritos litúrgicos, que eran aceptados por las demás iglesias, apostólicas o no.
Sin embargo, es importante destacar, que de infalibilidad papal ni hablaban. El Obispo de Roma era un obispo importante, pero ni en sueños se les ocurría pensar que era El Más Importante de Todos. Los obispos de las demás Sedes Apostólicas, le discutían y le retrucaban como a cualquier hijo del vecino sin que, como mencionamos antes, esto diera lugar a excomuniones o cismas. Eso vendría algo después, cuando Iglesia comenzara a escribirse con mayúsculas y el latín fuera adoptado como idioma oficial de la fe cristiana, en el siglo III.
Por ejemplo, Policarpo de Esmirna, considerado uno de los Padres Apostólicos de la Iglesia, se trenzó en discusión con el Papa Aniceto, discutiendo sobre la fecha de la fijación de la Pascua.
Se supone que se cartearon un par de veces sobre el tema, pero como el correo no era lo debidamente veloz en ese entonces, el Obispo de Esmirna fue personalmente a Roma a retrucarle al Santo Padre, que pretendía cambiar la celebración de la Pascua al primer domingo después del 14 de Nisan.
En este punto, no pudieron ponerse de acuerdo y durante largo tiempo, cada una de las sedes celebró la Pascua cuando se le dio la gana, el 14 de Nisan las iglesias orientales, (igual que los judíos) y el domingo siguiente la iglesia de Roma. Ergo, de infalibilidad papal ni hablemos ya que de haber podido, seguro que Aniceto le habría metido la pechera a Policarpo por más discípulo de San Juan que éste haya sido.
El problema de la Pascua y los “decimocuartistas” aflora durante el obispado de San Víctor I, donde incluso llega a producirse un breve cisma en la Iglesia de Roma.
San Victor I, africano de nacimiento, ejerció más o menos durante diez años, más o menos a partir del año 189.
Ocupa el Sillón de Simón, en un momento de pausa en las casi continuas persecuciones, ya que Cómodo, el Emperador aquel de la película “Gladiador”, no fue adverso a los cristianos. Cuando el Obispo de Roma no tenía que enfrentarse a enemigos externos, aprovechaba la ocasión para ajustar las cuentas internas. San Víctor I, intentó justamente ajustar cuentas con los gnósticos que aún seguían en la vuelta y con los “decimocuartistas”, que insistían en ajustarse a la tradición de celebrar la Pascua el mismo día que los judíos.
Con él, aparecen los primeros pecherazos desde la Iglesia de Roma hacia las demás, sobre todo, las de Oriente. Justamente, lo vemos en el problema de la Pascua, donde Víctor decide imponer su autoridad, apelando incluso a veladas y no tan veladas amenazas de exclusión, que si no terminan con un anticipado cisma entre las Sedes Apostólicas de Oriente y Roma, es porque algunos Padres de la Iglesia, como San Irineo de Lyon en nombre de su comunidad, le piden que baje la pelota al piso y que si la Iglesia había podido sobrevivir un siglo y medio así, bien podría seguir haciéndolo hasta que las aguas volvieran solas a su cauce de una forma u otra. Policarpo de Esmirna, pesado como collar de sandías, vuelve a escribir a Roma, no se si para tratar de convencer a Victor o para por lo menos, pedirle que mantenga el criterio de dualidad.
Victor, quien ya había enviado cartas a todos los Obispos de Oriente excluyéndolos de la comunidad, dio marcha atrás y se conformó con excluir a Blasto, que también era oriental, pero que residía en Roma, bajo su jurisdicción. Algunas fuentes dicen que San Víctor fue martirizado en el año 199, cosa que llama la atención sabiendo que los emperadores de la época eran propicios al cristianismo. (Cómodo, Septimio Severo, Caracalla)
Algo es algo, peor es nada, seguro habrá pensado el último papa del siglo II.
El siglo tercero fue estrenado por San Ceferino I, un papa que para la época, tuvo nulas virtudes en cuanto a la elaboración de la teología cristiana, Hipólito, otro de los Padres de la Iglesia, lo trató de ignorante. También colocó a San Calixto, quien sería Papa posteriormente, como su secretario personal.
En el siglo III, la literatura cristiana adquiere un importante vuelo y los llamados Padres de la Iglesia, fijan las bases de lo que será la doctrina cristiana. Tal vez, por eso el reproche de Hipólito.
Cabe acotar, que a pesar de haber recibido tan duro calificativo, San Ceferino no excomulgó ni separó a Hipólito de la comunidad. Pero no tuvo escrúpulos en excomulgar a Tertuliano, uno de los Padres de la Iglesia, teólogo y apologista, que cayó en la herejía montanista. Estos montanistas no eran exactamente herejes, sino más bien, algo exagerados. Querían el retorno a las “viejas costumbres” circunstancia que puede resultar un tanto ridícula si consideramos que estamos en el año 200. Eran algo así como los pentecostales o los carismáticos de ahora. Creían en la iglesia tal como en los tiempos de los Apóstoles, en la cual la gente caía en trance, largaba espuma por la boca y profetizaba por un quítame de allá esas pajas de tal forma, que el mismo San Pablo, el que se quedó ciego y tuvo una visión de Cristo camino a Damasco, escribió en una de sus epístolas advirtiendo contra estas exageraciones. La advertencia fue escuchada por los posteriores obispos y así el pobre Tertuliano, que bien pudo haber sido un santo de la iglesia, terminó excomulgado y buena parte de sus obras prohibidas. Curiosamente, Tertuliano fue quien enunció por primera vez el dogma de la Santísima Trinidad. Si era capaz de entender eso, debió haber sido realmente brillante.
Ceferino debió ser un tipo adusto al que no le gustaban las exageraciones y se mostró acérrimo enemigo del montanismo, mientras otras herejías se paseaban olímpicamente por Roma ante la indignación de Hipólito que legó para la posteridad, un largo catalogo de adjetivos adversos para este Papa. Principalmente, la herejía monarquiana que afirmaba que en Cristo sólo había una naturaleza divina, en contraposición a lo que sostenía la ortodoxia, que afirmaba y afirma, que en el fundador, coexistían la naturaleza divina y la humana.
Hipólito no se limitaba sólo a escribir, no vayas a creerte. Pocos años después, durante el papado de Calixto I, quien había sido secretario de Ceferino, se aburrió de su rol de teólogo y testigo inteligente de la época y optó por el protagonismo haciéndose nombrar Papa, siendo el primer antipapa de la historia.
Pero a diferencia del resto de los antipapas, Hipólito muere como mártir y es Santo de la Iglesia Católica. Encaprichado, se mantuvo autodesignado como Obispo de Roma a pesar de Calixto y de su sucesor Urbano I y del sucesor de éste, Ponciano I. El cisma concluye durante el papado de San Ponciano, quien renuncia a la vez que Hipólito al cargo de Obispo de Roma, permitiendo la elección de San Antero. El Emperador Maximino, con total y pagana ecuanimidad, destierra a San Hipólito y San Ponciano en barra a la isla de Cerdeña donde Dios con similar ecuanimidad, se encarga de llamarlos a su lado a ambos en el año 235. (Cerdeña debía ser un lugar terrible en ese entonces, varios fueron los papas que terminaron allí trabajando en las minas de sal, entre ellos, Calixto, a quien Hipólito se aburrió de defenestrar, quien había sido desterrado allí y liberado por el Emperador Cómodo). San Ponciano fue el primer papa en abdicar, ya que para manejar la Iglesia Romana desde Cerdeña se le complicaba un poco.
Es interesante acotar, que debemos a San Hipólito, la constitución eclesiástica más antigua que se conserva después de la Didajé (obra de gran belleza perteneciente al siglo I). Esta obra es la Tradición Apostólica y fue recuperada en los primeros años del siglo XX preservada por las iglesias orientales.
En enero del año 236, es electo como Papa, San Fabián, primer papa elegido por la hinchada ... o por el Espíritu Santo en persona, según se sea creyente o no. La cosa fue que mientras estaba reunida la asamblea para elegir al nuevo Obispo de Roma, Fabián que estaba ahí curioseando fue elegido por una paloma que se posó sobre su hombro. Inmediatamente, convencidos o bien de que era el Espíritu Santo que se manifestaba, o de que el momento político era un tanto complicado como para ser elegido, los presentes otorgaron a Fabián el Obispado de Roma, ordenándole el mismo día obispo y Papa.
Probablemente, el Espíritu Santo si haya tenido algo que ver, ya que duró en el cargo 14 años y murió martir como corresponde. Su legado a la Iglesia, es haber designado- ¡Oh casualidad!- a la paloma como símbolo del Espíritu Santo.
Después de la muerte de San Fabián, la sede estuvo vacante durante un año. En una de esas, la vacancia se debió a que las condiciones de dura persecución eran demasiado adversas como para reunirse a elegir, o tal vez, se debió a la falta de elegibles. El de Obispo de Roma se había convertido en un oficio de lo más peligroso y los voluntarios para ejercerlo no debían abundar demasiado. Pero en el año 251 eligieron a Cornelio que apenas duró dos años con papado y con vida, y encima tuvo que soportar un nuevo cisma dentro de la Iglesia de Roma.
Esta vez el antipapa fue Novaciano, sacerdote y teólogo quien criticaba duramente a Cornelio por considerarlo demasiado indulgente con los apostatas o lapsis, es decir, aquellos que arrugaron vergonzosamente ante el martirio y sacrificaron a los dioses romanos, al emperador o a los dos juntos. Novaciano además había ejercido una especie de interinato papal mientras la iglesia podía reunirse a elegir Papa, ya que el resto de las iglesias no dejaban de importunar. Supongo que Novaciano, intelectual y teólogo de fuste, esperaba que el cargo de Obispo de Roma recayera sobre él, pero no tuvo suerte y eso lo debió haber puesto bastante molesto como sabe cualquier empleado al que alguna vez le hayan caminado por encima. Los obispos de oriente, que no sufrían las persecuciones de cerca, apoyaron a Noviciano en su rigor contra los lapsis, pero un sínodo de sesenta obispos apoyó a Cornelio en su piadosa actitud.
Cornelio murió en el exilio, milagrosamente parece que de muerte natural y fue sucedido por San Lucio quien también se opuso a los novacianos y también duró poco en el cargo y en la vida. Menos de un año. Increíblemente, también murió de muerte natural, aunque el pueblo de Roma lo consagró como mártir por lo complicado que había sido su breve pontificado.
El siguiente primado romano fue San Esteban y con él se da un interesante episodio en el cual se enfrenta la Iglesia Romana a la Cartaginesa. Una vez más, la culpa es de los relapsos. Dos obispos españoles, que habían claudicado ante el martirio, pidieron, al cesar las persecuciones, ser aceptados nuevamente en su comunidad eclesiástica.
Pero las comunidades designaron nuevos obispos en su lugar y esto parece que les molestó sobremanera, por lo cual apelaron ante el Obispo de Roma, Esteban quien escribió a las iglesias españolas, para que revocaran las nuevas designaciones y restituyeran a los obispos apostatas en sus cargos. Los españoles, no se quedaron con la opinión del Esteban ni mucho menos, sino que consultaron el caso con Cipriano, Obispo de Cartago, quien convocó a un Sínodo en Cartago, donde se reunieron 36 obispos, los que decidieron que los españoles habían actuado de acuerdo a la tradición. San Cipriano entonces sugirió fraternalmente a las comunidades de León y Mérida, que no le dieran ni bola al papa y siguieran con los nuevos obispos como si tal cosa y que los obispos que habían claudicado, debían ser aceptados nuevamente en la iglesia, pero sólo como penitentes. La unidad de la Iglesia sufre un quiebre ya que Esteban insiste en imponer su autoridad, mientras que la Iglesia de Africa insiste en imponer su independencia. El conflicto se resuelve gracias a que Esteban se tomó la molestia de morirse al poco tiempo, en el año 257. Lo sucede Sixto II, primer Papa de nombre repetido, aunque extrañamente, si Sixto I fue el sexto Papa, Sixto II debió ser el duodécimo y no el vigésimo cuarto. De todos modos, Sixto II apenas si tuvo tiempo de reconciliar a la Iglesia de Roma con la de Africa antes de ser decapitado a causa de las persecuciones del emperador Valeriano.
Alrededor del año 272, el Papa Félix I da un nuevo paso hacia la efectiva consagración de la supremacía de la Iglesia Romana sobre las demás comunidades, cuando decreta que ningún obispo podía ser elegido si no estaba en comunión con el Obispo de Roma, eufemismo que significaba, “completamente de acuerdo”. Todo ello, debido a una herejía practicada por el Obispo Pablo de Samosata, contra la que poco se puede hacer ya que el hereje en cuestión, era protegido del Emperador Aureliano. Faltaban aún casi cincuenta años para el Concilio de Nicea, pero el poder político comenzaba a hacerse sentir en la cristiandad.
Las tres principales comunidades cristianas desde el punto de vista jerárquico cuando menos, eran Roma, Alejandría y Antioquia y entre ellas, ahora sí, Roma comienza a prevalecer. Este predominio quedaría consagrado en el Concilio de Nicea. Durante todos los años transcurridos desde que Cristo dijo a Simón, “Tú eres la piedra”, la Iglesia no había dejado de crecer y Roma no había dejado casi de decaer. El poder civil se corrompía, mientras los militares ya no cruzaban sólo el Rubicón sino que atravesaban el mediterráneo entero para hacerse con el poder. La Iglesia Cristiana había sobrevivido a terroríficas persecuciones del poder civil y a no menos terroríficas deserciones heréticas y disensos teológicos que hoy nos parecen absolutamente bizantinos e inteligibles, con la certeza de que su hora llegaría tarde o temprano. La Iglesia se había adueñado absolutamente de la intermediación entre Dios y los hombres y cualquier intento de revertir esto, era demolido por teólogos brillantes y un enorme peso institucional. Sólo le faltaba hacerse con el poder político y hacia eso se encaminaba rápidamente, una vez concluida la última gran persecución, la de Dioclesiano.
San Cayo era sobrino de Dioclesiano, al menos, eso dice la tradición. No murió mártir, y luego de su temprana muerte, el emperador desató una feroz persecución por lo que si su vida se hubiera prolongado más, la iglesia se habría ahorrado bastante sangre. Diocleciano, casado con una cristiana, desató una feroz persecución a partir del año 303, no se sabe si como fruto de alguna desavenencia conyugal. San Marcelino, que había sucedido a San Cayo en el papado, es acusado de apostasía y destituido en el año 304. Le sucede casualmente San Marcelo cosa que parece un juego de palabras inventado por el Espíritu Santo, aunque el espíritu, representado ahora como paloma, se tomó su tiempo, ya que debido a las persecuciones que arreciaban, la sede estuvo vacante durante cuatro años. Tuvo que lidiar con las diferencias originadas, ¡una vez más! en los relapsos que querían volver a la Iglesia una vez que se calmaron las aguas. El Emperador Majencio lo desterró y murió en el exilio sucediéndolo San Eusebio.
San Eusebio intentó firmemente abrir una vez más las puertas de la Iglesia a los lapsis o apostatas y se encontró con la férrea oposición de Heraclio. El lío originó tanto ruido, que Majencio, tipo de pocas pulgas, los desterró a los dos, como había hecho casi un siglo atrás, (¡Cómo pasa el tiempo!) el emperador Maximino con Hipólito y Ponciano. San Eusebio muere poco después, corría el año 309.
San Melquíades, elegido como papa en el año 311, como se dice vulgarmente, ligó como un caballo.
En los campos de batalla del Puente Milivio sobre el Río Tiber, Constantino derrota a Majencio, quien no va a desterrar a nadie más porque se ahoga lastimosamente en el río, al que cayó con armadura y todo. Constantino, oliendo finamente los aires políticos de su época, atribuye la victoria a una visión en la cual se le aparecía en el cielo una cruz, y la frase “con éste signo vencerás”. Hizo pintar cruces en los escudos de los soldados, y quiso Dios o el destino, que a Majencio justo se le ocurriera nadar sin sacarse antes la armadura. Total, los cristianos se llevaron parte del mérito del triunfo y Constantino, el Imperio. La época de las grandes persecuciones había llegado a su fin. El Edicto de Milán del año 313, deja a los cristianos en pie de igualdad con las demás creencias del Imperio. De ahora en más, el Emperador pasaría a ejercer un fuerte poder en la Igleisia y lo demuestra citando él mismo al Concilio de Nicea.
Pero esta es otra historia.
Germán Queirolo
De como me libré de la culpa (cuento)
Para Daniel Colobbio en las casivísperas de su redota.
El tipo me tenía completamente podrido.
Semana tras semana me hurgaba los sentimientos, los recuerdos, los sueños. Los sueños oníricos y los otros, para que quede más claro.
Y por si lo anterior fuera poco, me cobraba.
Me habían prometido que me iba a sentir mejor. Que la ansiedad se iba a desaparecer como por encanto y que esas ganas de agarrar del cogote a los clientes más pesados de la agencia cada vez que me vienen con cosas raras y con reclamos estúpidos, quedarían en el pasado.
Pero en lugar de eso, lo que el tipo lograba es que cada acontecimiento de mi vida que repasábamos, se tornaba en ominoso y oscuro.
Hace como nueve o diez semanas que consuetudinariamente me someto al examen de ese desconocido de rostro y gesto anodino, que se alquilaba a los efectos de escucharme y hacerme descubrir como mi vida había sido una increíble secuencia de cagadas.
El viernes pasado me preguntó repentinamente, “¿Le llaman la atención los pozos?”
Vacilé un poco antes de contestar. Ciertamente siempre me llamaron la atención los pozos. ¿Habría algo malo en eso? Le pregunté ¿Hay algo malo en eso?
-Usted sabrá.- me dijo.
¿Había algo de acusatorio en ese comentario? Sonaba como un cóctel cuyos principales ingredientes eran la acusación y la insinuación.
No hay caso. los pozos siempre me han llamado la atención. ¿Por qué? Ni la más puta idea. Hay algo en ellos, algo en su fondo líquido que refleja mi imagen quieta y contemplativa, que me mira a su vez, que quiere saber de mi más que yo mismo.
Me acuerdo de cuando tenía cuatro o cinco años allá en Los Titanes. Un terreno yermo, con una casa a medio construir, una duna de arena en la que jugaba de vez en cuando y un pozo sin brocal. Un agujero en el piso, a cuyo borde me asomaba mirando intensamente mi reflejo.
Mil y una veces me habían advertido contra los peligros de pozos y aljibes. Me supongo que si mi vieja hubiera estado al tanto de mis incursiones al pozo sin brocal, me hubiera dado una paliza de antología, más que merecida por otra parte. Y a cada advertencia, se volvía más fuete su atracción de ese pozo que me miraba en silencio, en las horas del árido silencio de la tarde. ¿Qué me anunciaría ese silencio? ¿Qué ecos me despertaría ese pozo en el alma?
Alguna vez tiraba píedritas al fondo del pozo. Miraba entonces, como mi imagen se rompía en cien círculos concéntricos que se llevaban los fragmentos de mi mismo hacia los bordes oscuros del pozo, donde la luz apenas si llegaba en forma de pálidos reflejos.
¿Sería una especie de prematura tentativa de suicidio? ¿Una especie de mortificación simbólica? ¿Una analogía de la destrucción del ser?
¿Acaso con cuatro años pretendía destruirme?
Y si lo pretendía ¿Por qué? Mi niñez era generalmente solitaria, pero no por ello necesariamente mala. ¿Y por qué sería tan solitaria?
¿Acaso era yo mismo quien buscaba la soledad? ¿Era una construcción propia y personal mi soledad o era por el contrario la consecuencia de alguna actitud que resultaba socialmente reprobable entre la comunidad de los niños de cinco años?.
Es más ¿Por qué me reprobaban? ¿Era acaso agresivo con mis congéneres?. No lo creo, o no lo recuerdo.
Aunque ciertamente más de una vez, me trencé a golpes por un juguete deseado o simplemente, porque un antagonista más débil me brindaba la oportunidad. ¿Era un abusador?
Me acuerdo de la Vilches.
Debía andar yo por los seis años, poco más o menos. Estaba en primer año de escuela en la clase de la Señorita Clementina. Y Vilches era pelirroja. Por alguna razón odiaba a las pelirrojas y hostigaba permanentemente a la pobre criatura. ¡Qué horrible! Me duele acordarme de cómo martirizaba a la pobre niña de seis años, que tal vez, era la reina de su hogar, la luz de los ojos de mamá y papá, el tesoro irremplazable que una familia enviaba a la escuela con la ilusión de que aprendiera a transitar por esta vida y de paso, disfrutara interactuando con niños de su edad, todo para que un maldito abusador como yo, la martirizara en los recreos, le tirar del pelo y no perdiera oportunidad de burlarme de sus cabellos rojos y sus pecas. -¿No le molesta que llore?- Gracias, me hace falta, me siento muy mal, la verdad que estos recuerdos me rompen el corazón, ahora que los miro bajo la luz de la paternidad.-
¡Pobre Vilches! ¿Cómo podía ser tan hijo de puta?- Sin duda hubiera sido justo que me cayera en ese maldito pozo de mierda, pero Dios por alguna razón ignota, puso su mano para que un sorete de semejante cuantía, no tuviera el final mere…. ¡No me interrumpa! ¿Mi autoestima? ¿Qué pasa con mi autoestima?
-No, no es que esté hecha pedazos, es que usted me hace ver la luz de la verd…- ¡No me discuta! ¿No se da cuenta de la clase de individuo que soy? ¡Una basura! ¡Un abusador! Usted es una piltrafa enclenque. ¿No se da cuenta de lo fácilmente que podría reventarlo? ¿Calmarme? No puedo calmarme, no quiero calmarme, recién ahora descubro y gracias a usted que soy terrible porquería de tipo ¿Y ahora me viene con que me calme? ¡Quédese donde está! ¡No me toqué! ¡Suelte ese teléfono! ¡Qué lo suelte le digo!...-
Luego me calmé.
Supongo que los gritos no llamaron la atención de ningún vecino. Probablemente estaban acostumbrados a que de vez en cuando algún loco se desbocara.
Cuando me fui del consultorio me sentía libre.
Me sentía bien. Asumir la condición ruin de uno mismo, no es algo tan malo como parecía.
Soy un monstruo ¿Y qué? Por lo menos me siento bien.
Supongo que la policía debe estar buscando intensamente, hurgando los archivos y refistoleando huellas digitales.
Menos mal que al irme, me llevé conmigo la agenda del sicólogo.
Lástima el sicólogo.
Era bueno
Me libró completamente de los complejos de culpa.
Germán Queirolo Tarino
El tipo me tenía completamente podrido.
Semana tras semana me hurgaba los sentimientos, los recuerdos, los sueños. Los sueños oníricos y los otros, para que quede más claro.
Y por si lo anterior fuera poco, me cobraba.
Me habían prometido que me iba a sentir mejor. Que la ansiedad se iba a desaparecer como por encanto y que esas ganas de agarrar del cogote a los clientes más pesados de la agencia cada vez que me vienen con cosas raras y con reclamos estúpidos, quedarían en el pasado.
Pero en lugar de eso, lo que el tipo lograba es que cada acontecimiento de mi vida que repasábamos, se tornaba en ominoso y oscuro.
Hace como nueve o diez semanas que consuetudinariamente me someto al examen de ese desconocido de rostro y gesto anodino, que se alquilaba a los efectos de escucharme y hacerme descubrir como mi vida había sido una increíble secuencia de cagadas.
El viernes pasado me preguntó repentinamente, “¿Le llaman la atención los pozos?”
Vacilé un poco antes de contestar. Ciertamente siempre me llamaron la atención los pozos. ¿Habría algo malo en eso? Le pregunté ¿Hay algo malo en eso?
-Usted sabrá.- me dijo.
¿Había algo de acusatorio en ese comentario? Sonaba como un cóctel cuyos principales ingredientes eran la acusación y la insinuación.
No hay caso. los pozos siempre me han llamado la atención. ¿Por qué? Ni la más puta idea. Hay algo en ellos, algo en su fondo líquido que refleja mi imagen quieta y contemplativa, que me mira a su vez, que quiere saber de mi más que yo mismo.
Me acuerdo de cuando tenía cuatro o cinco años allá en Los Titanes. Un terreno yermo, con una casa a medio construir, una duna de arena en la que jugaba de vez en cuando y un pozo sin brocal. Un agujero en el piso, a cuyo borde me asomaba mirando intensamente mi reflejo.
Mil y una veces me habían advertido contra los peligros de pozos y aljibes. Me supongo que si mi vieja hubiera estado al tanto de mis incursiones al pozo sin brocal, me hubiera dado una paliza de antología, más que merecida por otra parte. Y a cada advertencia, se volvía más fuete su atracción de ese pozo que me miraba en silencio, en las horas del árido silencio de la tarde. ¿Qué me anunciaría ese silencio? ¿Qué ecos me despertaría ese pozo en el alma?
Alguna vez tiraba píedritas al fondo del pozo. Miraba entonces, como mi imagen se rompía en cien círculos concéntricos que se llevaban los fragmentos de mi mismo hacia los bordes oscuros del pozo, donde la luz apenas si llegaba en forma de pálidos reflejos.
¿Sería una especie de prematura tentativa de suicidio? ¿Una especie de mortificación simbólica? ¿Una analogía de la destrucción del ser?
¿Acaso con cuatro años pretendía destruirme?
Y si lo pretendía ¿Por qué? Mi niñez era generalmente solitaria, pero no por ello necesariamente mala. ¿Y por qué sería tan solitaria?
¿Acaso era yo mismo quien buscaba la soledad? ¿Era una construcción propia y personal mi soledad o era por el contrario la consecuencia de alguna actitud que resultaba socialmente reprobable entre la comunidad de los niños de cinco años?.
Es más ¿Por qué me reprobaban? ¿Era acaso agresivo con mis congéneres?. No lo creo, o no lo recuerdo.
Aunque ciertamente más de una vez, me trencé a golpes por un juguete deseado o simplemente, porque un antagonista más débil me brindaba la oportunidad. ¿Era un abusador?
Me acuerdo de la Vilches.
Debía andar yo por los seis años, poco más o menos. Estaba en primer año de escuela en la clase de la Señorita Clementina. Y Vilches era pelirroja. Por alguna razón odiaba a las pelirrojas y hostigaba permanentemente a la pobre criatura. ¡Qué horrible! Me duele acordarme de cómo martirizaba a la pobre niña de seis años, que tal vez, era la reina de su hogar, la luz de los ojos de mamá y papá, el tesoro irremplazable que una familia enviaba a la escuela con la ilusión de que aprendiera a transitar por esta vida y de paso, disfrutara interactuando con niños de su edad, todo para que un maldito abusador como yo, la martirizara en los recreos, le tirar del pelo y no perdiera oportunidad de burlarme de sus cabellos rojos y sus pecas. -¿No le molesta que llore?- Gracias, me hace falta, me siento muy mal, la verdad que estos recuerdos me rompen el corazón, ahora que los miro bajo la luz de la paternidad.-
¡Pobre Vilches! ¿Cómo podía ser tan hijo de puta?- Sin duda hubiera sido justo que me cayera en ese maldito pozo de mierda, pero Dios por alguna razón ignota, puso su mano para que un sorete de semejante cuantía, no tuviera el final mere…. ¡No me interrumpa! ¿Mi autoestima? ¿Qué pasa con mi autoestima?
-No, no es que esté hecha pedazos, es que usted me hace ver la luz de la verd…- ¡No me discuta! ¿No se da cuenta de la clase de individuo que soy? ¡Una basura! ¡Un abusador! Usted es una piltrafa enclenque. ¿No se da cuenta de lo fácilmente que podría reventarlo? ¿Calmarme? No puedo calmarme, no quiero calmarme, recién ahora descubro y gracias a usted que soy terrible porquería de tipo ¿Y ahora me viene con que me calme? ¡Quédese donde está! ¡No me toqué! ¡Suelte ese teléfono! ¡Qué lo suelte le digo!...-
Luego me calmé.
Supongo que los gritos no llamaron la atención de ningún vecino. Probablemente estaban acostumbrados a que de vez en cuando algún loco se desbocara.
Cuando me fui del consultorio me sentía libre.
Me sentía bien. Asumir la condición ruin de uno mismo, no es algo tan malo como parecía.
Soy un monstruo ¿Y qué? Por lo menos me siento bien.
Supongo que la policía debe estar buscando intensamente, hurgando los archivos y refistoleando huellas digitales.
Menos mal que al irme, me llevé conmigo la agenda del sicólogo.
Lástima el sicólogo.
Era bueno
Me libró completamente de los complejos de culpa.
Germán Queirolo Tarino
Con esta selección...¡Robamos! (artículo)
lCon esta selección...¡ROBAMOS!
El Foro presentó la lista de mala fe para los próximos torneos.
1- Salomón Noachas.
2- Ruben Díaz
3- Walter Nessi
4- Ernesto Laguardia
5- Edison González Lapeyre
6- Julio Luis Sanguinetti
7- Ariel Lausarot
8- Benito Stern
9- Eduardo Lasalvia
10- Antonio Marchesano
11- Laura Albertini
Ficha técnica:
En el arco: Salomón Noachas.
Negoció los premios con la Asociación, consiguiendo un apartamento para cada jugador. Seguramente con él en el arco, la chance del equipo no será hipotecada.
El árbitro (Vera) Barreto le sacó tarjeta roja y lo mandó a las duchas junto con el zaguero Laguardia.
Fue tesorero del clú y se dice que fue la única oportunidad en la que no rajó con la caja.
Zagueros:
(Esta pareja de backs la agarra de todos lados, no se les escapa una)
Walter Nessi:
Juega en el Foro desde hace largo tiempo.
Una vez más, el presidente del clú le entregó personalmente el brazalete de capitán.
Uno de los internacionales de este cuadro donde no todos son estrellas, pero todos nos han estrellado, supo jugar en canchas paraguayas con éxito variopinto. El mismo Jorge Gestoso, desde la CNN supo destacar sus triunfos en el Deportivo Oviedo. Tuvo que pedir pase de apuro víctima de la persecución de los jueces paraguayos.
También vistió la camiseta verde, dirigiendo las relaciones públicas de ese equipo, de múltiples logros en el pasado desde la DINARP.
Su presencia en la zaga, garantiza el silencio de buena parte de los delanteros del equipo de los periodistas uruguayos. Sólo se le cuela de vez en cuando el puntero izquierdo. Muchos periodistas corren a esconderse ante un solo gestoso del defensa.
Ernesto Laguardia:
Éste firme zaguero, había abandonado transitoriamente las canchas, debido a la persecución del juez (Vera) Barreto que lo mandó insistentemente a los vestuarios de San José y Yí.
Se desempeñó en su momento como secretario del presidente del clú.
En la zaga juega de líbero con tanta eficiencia que “liberó” algunos cheques sin fondo.
Según trascendidos de prensa, estaría estrechamente vinculado con un jugador del equipo herrerista, Ovalle, quien intentó sobornar a un árbitro en el transcurso de un partido de fútbol de playa
Ruben Díaz:
Comenzó su carrera como zaguero jugando con la camiseta amarilla, el entusiasmo de su juego, le hizo ganar la antipatía de los miembros del equipo verde en un histórico clásico.
Preocupado su juego violento, el director técnico decidió colocarlo como lateral.
Se desempeñó en el equipo portuario junto con el otro lateral del cuadro, González Lapeyre, resultaron firmes “contenedores” de los avances contrarios, aunque fueron acusados de “rematar” la pelota.
Ambos laterales, consiguieron buen remate en base a la práctica lograda jugando en la playa (de contenedores).
Varios de sus compañeros en el equipo portuario, privados de la pelota por el juego egoísta del lateral, se quejaron públicamente de que sólo se la pasaba a sus amigos.
Edisón González Lapeyre.
Jugó internacionalmente cedido en pase por el presidente del club con escaso éxito, ya que por lo lateralizado de su juego, fue calificado como “Cangrejo Rojo”.
Traído nuevamente a nuestras costas, luego de su breve pasaje por Estados Unidos, pasó a desempeñarse en el equipo portuario sustituyendo a su hoy compañero de selección Ruben Díaz.
El presidente lo trajo confiando en su capacidad de remate, pero decepcionó lamentablemente, saliéndole los tiros desviados.
Sus allegados más cercanos, gustan de su juego ya que cuando se ven en aprietos suele tirarles un cable (de Salto y Rivera, por ejemplo), aunque en el 2002 la el presidente de la Asociación lo multó con 150 UR por haber querido evadir al contratista.
Su hijo fue centro de enconadas protestas entre sus compañeritos del baby fútbol, ya que le otorgaron el brazalete de capitán aún cuando estaba sentado en el banco de suplentes, en un caso de visos surrealistas.
Julio Luis Sanguinetti.
Este joven mediocampista, hijo del presidente del club, ha tenido una corta pero destacada actuación que le augura sin dudas un futuro promisorio.
El juvenil, cada vez que ingresa a la cancha se roba hasta los aplausos, moll que le pese a los jugadores rivales.
Cuando algún periodista comentó que al mediocampista no le daba la nafta, otros recordaron que con la estación de servicio de El Pinar, nafta es lo que más tiene. Llama la atención la celeridad con la que consiguió la autorización para construirla, más que nada porque otro solicitante vio retrasada su solicitud para una estación de servicio justo enfrente, durante quince años si el menor éxito. Esto habla a las claras de la velocidad del volante.
Otro rasgo característico de éste joven jugador, es la firmeza de su carácter. Cuando el tribunal quiso realizar los exámenes tendientes a comparar su voz con la de las llamadas del Cangrejo Rojo el futbolista se negó terminantemente a presentarse alegando falta de garantías y pocas ganas de evacuar (la conciencia) . La Asociación causalmente presidida entonces por su padre, no forzó al deportista a comparecer al análisis por lo que las dudas quedaron sobrevolando el ambiente deportivo. Estafa clidad con la que cuenta el jugador para evadir la justicia le asegura un gran porvenir en nuestras canchas.
Ariel Lauzarot:
Jugador polifuncional.
Si bien jugó durante un buen tiempo en inferiores, fue ascendido al primero para cubrir el puesto dejado vacante por Noachas cuando a éste el árbitro le dijo no va más y lo mandó a concentrar al conocido Hotel del Gallo. (Sede del club).
Jugando en el medio de la cancha se desempeñó con asombrosa eficacia. Este número diez de inigualables cualidades técnicas, genera en cada partido una inigualable cantidad de pases (en comisión) haciendo que tanto la delantera como la defensa funcionen con inigualable armonía. Lamentablemente, no compensa tan buen desempeño ofensivo con una buena marca, ya que los mediocampistas contrarios lo agarraban de Gil Ribeiro y se le iban de contrabando.
Así mismo, cuando el técnico lo hizo jugar en la defensa, demostró que marcando en zona (franca) andaba bastante bien, siempre pronto a asistir con pases a los compañeros (aduaneros) en problemas.
Su aficción a los ñoquis, le mantuvo apartado de las canchas durante un tiempo. ¿Reaparecerá?
Benito Stern
Jugador de actuaciones irregulares.
Se desempeñó como volante de ida y vuelta, haciendo turismo por toda la cancha. Expulsado por el Juez Moller cuando su sucesor lo dejó Varela, por considerar que abusaba de sus condiciones físicas para correrlos a todos (los turistas) se le traspapelaban los roles en la cancha y quería jugar en todos los puestos. Benito tal vez sólo quería mejorar su perfomance deportiva para mejorar sus ingresos, algunos dicen que tenía todo su sueldo Mal donado.
Extrañamente, mientras que otros jugadores de inferiores sancionados por la misma falta, debieron ser retenidos en el Hotel del Gallo, a Benito, el tribunal decidió sancionarlo pero dándole la fecha por cumplida.
9 Eduardo Lasalvia
Centrofóbal de destacadísima actuación en todas las canchas.
Gran cabeceador, jugando en combinación con Laura Albertini, que desde la punta le supo levantar centros espectaculares que habitualmente terminaban dentro del arco contrario y la billetera propia. Su carrera se vio interrumpida por la decisión de un arbitro de expulsarlo de la cancha por conjunción del interés del equipo con el suyo propio. Acosado firmemente por los zagueros contrarios, optó por retirarse momentáneamente de las canchas.
10. Antonio Marchesano.
Habilidoso con la derecha, jugador de excelentes dotes creativas, su más recordada jugada, fue aquella en la que en la vieja cancha de Punta Carretas, dejó a sus contrarios demolidos sobre el terreno, realizando una construcción futbolística perfecta desde el punto de vista estético, que él mismo concluyó en el arco. El resultado fue tan bueno, que muchos se olvidaron del excelente autopase con el que él mismo concluyó la jugada.
11. Laura Albertini.
Único miembro femenino del equipo titular, se destacó principalmente por los centros (de salud) que le levantaba permanentemente a su marido, quien jugando de número 9, concretaba en goles que le reportaron al matrimonio importantes réditos.
Entre ambos jugadores, cosecharon goles que los periodistas especializados no dudan en calificar como de “oncología”. Aunque se retiró de las canchas por razones de salud (pública), algunos dicen que se les bio (healt) practicar intensamente para un posible regreso.
Otros miembros de la delegación:
Cocina: Milka Barbato.
Especializada en cocina natural, con productos de MI (su) Granja, prepara sopas tan nutritivas que todos quieren meter mano en la olla. Lamentablemente, adolece de distonía muscular en la manos, por lo cual suelen caérseles las lechugas, y otros vegetales de color verde. Cuentan los cronistas, que arrancó una comida de la Corporación con cien millones de lechugas y apenas preparó una ensalada para tres o cuatro personas.
Sanidad:
Oscar Magurno.
Paradójicamente, este conocido administrador de la salud, ha recibido ocasionales insinuaciones en el sentido de haber usado en provecho propio, individuos de pésimos antecedentes en todo sentido, a los efectos de hacer entrar en razón a personas que no estaban de acuerdo con él en algunos asuntos puntuales, incluido algún periodista.
Junto con el Número 10 Marchesano realizaron unas cuantas quemas de substancias estupefacientes en los hornos de la Asociación Española, y dada la innegable capacidad del 10 de realizar jugadas individuales que culmina él mismo en su provecho, se ha insinuado por ahí, que entre las drogas quemadas, la más peligrosa era la Maizena, seguida de cerca por el Polvo Royal, del que se quemó poco en base a su elevado costo.
Sede del Club: Hotel del Gallo, San José y Yí
Concentración (de malandras) en la misma sede.
Estadio: desesperadio, liquidadio, destruidios.
Entrenamiento: Playa de contenedores.
Retrato en la pared de la Sala de Sesiones de la Directiva: Guillermo Stirling; está pintado al óleo.
Equipier: Magurno, es el único que está con los bolsos.
De legado: dejan terribles clavos, bancos vaciados, corruptelas, coimas, etc.
Aguatero: ninguno, fueron todos enviados al hospital por la parcialidad de Wellcame.
Canchero: Millor, siempre tiene una respuesta para todo y te mira de arriba. Otros se quieren hacer los cancheros, pero no les sale, como por ejemplo Abdala.
Entrenador de arqueros: Fernando Alvez.
Director Técnico: Julio María Sanguinetti quien no necesita mayores presentaciones.
El Foro presentó la lista de mala fe para los próximos torneos.
1- Salomón Noachas.
2- Ruben Díaz
3- Walter Nessi
4- Ernesto Laguardia
5- Edison González Lapeyre
6- Julio Luis Sanguinetti
7- Ariel Lausarot
8- Benito Stern
9- Eduardo Lasalvia
10- Antonio Marchesano
11- Laura Albertini
Ficha técnica:
En el arco: Salomón Noachas.
Negoció los premios con la Asociación, consiguiendo un apartamento para cada jugador. Seguramente con él en el arco, la chance del equipo no será hipotecada.
El árbitro (Vera) Barreto le sacó tarjeta roja y lo mandó a las duchas junto con el zaguero Laguardia.
Fue tesorero del clú y se dice que fue la única oportunidad en la que no rajó con la caja.
Zagueros:
(Esta pareja de backs la agarra de todos lados, no se les escapa una)
Walter Nessi:
Juega en el Foro desde hace largo tiempo.
Una vez más, el presidente del clú le entregó personalmente el brazalete de capitán.
Uno de los internacionales de este cuadro donde no todos son estrellas, pero todos nos han estrellado, supo jugar en canchas paraguayas con éxito variopinto. El mismo Jorge Gestoso, desde la CNN supo destacar sus triunfos en el Deportivo Oviedo. Tuvo que pedir pase de apuro víctima de la persecución de los jueces paraguayos.
También vistió la camiseta verde, dirigiendo las relaciones públicas de ese equipo, de múltiples logros en el pasado desde la DINARP.
Su presencia en la zaga, garantiza el silencio de buena parte de los delanteros del equipo de los periodistas uruguayos. Sólo se le cuela de vez en cuando el puntero izquierdo. Muchos periodistas corren a esconderse ante un solo gestoso del defensa.
Ernesto Laguardia:
Éste firme zaguero, había abandonado transitoriamente las canchas, debido a la persecución del juez (Vera) Barreto que lo mandó insistentemente a los vestuarios de San José y Yí.
Se desempeñó en su momento como secretario del presidente del clú.
En la zaga juega de líbero con tanta eficiencia que “liberó” algunos cheques sin fondo.
Según trascendidos de prensa, estaría estrechamente vinculado con un jugador del equipo herrerista, Ovalle, quien intentó sobornar a un árbitro en el transcurso de un partido de fútbol de playa
Ruben Díaz:
Comenzó su carrera como zaguero jugando con la camiseta amarilla, el entusiasmo de su juego, le hizo ganar la antipatía de los miembros del equipo verde en un histórico clásico.
Preocupado su juego violento, el director técnico decidió colocarlo como lateral.
Se desempeñó en el equipo portuario junto con el otro lateral del cuadro, González Lapeyre, resultaron firmes “contenedores” de los avances contrarios, aunque fueron acusados de “rematar” la pelota.
Ambos laterales, consiguieron buen remate en base a la práctica lograda jugando en la playa (de contenedores).
Varios de sus compañeros en el equipo portuario, privados de la pelota por el juego egoísta del lateral, se quejaron públicamente de que sólo se la pasaba a sus amigos.
Edisón González Lapeyre.
Jugó internacionalmente cedido en pase por el presidente del club con escaso éxito, ya que por lo lateralizado de su juego, fue calificado como “Cangrejo Rojo”.
Traído nuevamente a nuestras costas, luego de su breve pasaje por Estados Unidos, pasó a desempeñarse en el equipo portuario sustituyendo a su hoy compañero de selección Ruben Díaz.
El presidente lo trajo confiando en su capacidad de remate, pero decepcionó lamentablemente, saliéndole los tiros desviados.
Sus allegados más cercanos, gustan de su juego ya que cuando se ven en aprietos suele tirarles un cable (de Salto y Rivera, por ejemplo), aunque en el 2002 la el presidente de la Asociación lo multó con 150 UR por haber querido evadir al contratista.
Su hijo fue centro de enconadas protestas entre sus compañeritos del baby fútbol, ya que le otorgaron el brazalete de capitán aún cuando estaba sentado en el banco de suplentes, en un caso de visos surrealistas.
Julio Luis Sanguinetti.
Este joven mediocampista, hijo del presidente del club, ha tenido una corta pero destacada actuación que le augura sin dudas un futuro promisorio.
El juvenil, cada vez que ingresa a la cancha se roba hasta los aplausos, moll que le pese a los jugadores rivales.
Cuando algún periodista comentó que al mediocampista no le daba la nafta, otros recordaron que con la estación de servicio de El Pinar, nafta es lo que más tiene. Llama la atención la celeridad con la que consiguió la autorización para construirla, más que nada porque otro solicitante vio retrasada su solicitud para una estación de servicio justo enfrente, durante quince años si el menor éxito. Esto habla a las claras de la velocidad del volante.
Otro rasgo característico de éste joven jugador, es la firmeza de su carácter. Cuando el tribunal quiso realizar los exámenes tendientes a comparar su voz con la de las llamadas del Cangrejo Rojo el futbolista se negó terminantemente a presentarse alegando falta de garantías y pocas ganas de evacuar (la conciencia) . La Asociación causalmente presidida entonces por su padre, no forzó al deportista a comparecer al análisis por lo que las dudas quedaron sobrevolando el ambiente deportivo. Estafa clidad con la que cuenta el jugador para evadir la justicia le asegura un gran porvenir en nuestras canchas.
Ariel Lauzarot:
Jugador polifuncional.
Si bien jugó durante un buen tiempo en inferiores, fue ascendido al primero para cubrir el puesto dejado vacante por Noachas cuando a éste el árbitro le dijo no va más y lo mandó a concentrar al conocido Hotel del Gallo. (Sede del club).
Jugando en el medio de la cancha se desempeñó con asombrosa eficacia. Este número diez de inigualables cualidades técnicas, genera en cada partido una inigualable cantidad de pases (en comisión) haciendo que tanto la delantera como la defensa funcionen con inigualable armonía. Lamentablemente, no compensa tan buen desempeño ofensivo con una buena marca, ya que los mediocampistas contrarios lo agarraban de Gil Ribeiro y se le iban de contrabando.
Así mismo, cuando el técnico lo hizo jugar en la defensa, demostró que marcando en zona (franca) andaba bastante bien, siempre pronto a asistir con pases a los compañeros (aduaneros) en problemas.
Su aficción a los ñoquis, le mantuvo apartado de las canchas durante un tiempo. ¿Reaparecerá?
Benito Stern
Jugador de actuaciones irregulares.
Se desempeñó como volante de ida y vuelta, haciendo turismo por toda la cancha. Expulsado por el Juez Moller cuando su sucesor lo dejó Varela, por considerar que abusaba de sus condiciones físicas para correrlos a todos (los turistas) se le traspapelaban los roles en la cancha y quería jugar en todos los puestos. Benito tal vez sólo quería mejorar su perfomance deportiva para mejorar sus ingresos, algunos dicen que tenía todo su sueldo Mal donado.
Extrañamente, mientras que otros jugadores de inferiores sancionados por la misma falta, debieron ser retenidos en el Hotel del Gallo, a Benito, el tribunal decidió sancionarlo pero dándole la fecha por cumplida.
9 Eduardo Lasalvia
Centrofóbal de destacadísima actuación en todas las canchas.
Gran cabeceador, jugando en combinación con Laura Albertini, que desde la punta le supo levantar centros espectaculares que habitualmente terminaban dentro del arco contrario y la billetera propia. Su carrera se vio interrumpida por la decisión de un arbitro de expulsarlo de la cancha por conjunción del interés del equipo con el suyo propio. Acosado firmemente por los zagueros contrarios, optó por retirarse momentáneamente de las canchas.
10. Antonio Marchesano.
Habilidoso con la derecha, jugador de excelentes dotes creativas, su más recordada jugada, fue aquella en la que en la vieja cancha de Punta Carretas, dejó a sus contrarios demolidos sobre el terreno, realizando una construcción futbolística perfecta desde el punto de vista estético, que él mismo concluyó en el arco. El resultado fue tan bueno, que muchos se olvidaron del excelente autopase con el que él mismo concluyó la jugada.
11. Laura Albertini.
Único miembro femenino del equipo titular, se destacó principalmente por los centros (de salud) que le levantaba permanentemente a su marido, quien jugando de número 9, concretaba en goles que le reportaron al matrimonio importantes réditos.
Entre ambos jugadores, cosecharon goles que los periodistas especializados no dudan en calificar como de “oncología”. Aunque se retiró de las canchas por razones de salud (pública), algunos dicen que se les bio (healt) practicar intensamente para un posible regreso.
Otros miembros de la delegación:
Cocina: Milka Barbato.
Especializada en cocina natural, con productos de MI (su) Granja, prepara sopas tan nutritivas que todos quieren meter mano en la olla. Lamentablemente, adolece de distonía muscular en la manos, por lo cual suelen caérseles las lechugas, y otros vegetales de color verde. Cuentan los cronistas, que arrancó una comida de la Corporación con cien millones de lechugas y apenas preparó una ensalada para tres o cuatro personas.
Sanidad:
Oscar Magurno.
Paradójicamente, este conocido administrador de la salud, ha recibido ocasionales insinuaciones en el sentido de haber usado en provecho propio, individuos de pésimos antecedentes en todo sentido, a los efectos de hacer entrar en razón a personas que no estaban de acuerdo con él en algunos asuntos puntuales, incluido algún periodista.
Junto con el Número 10 Marchesano realizaron unas cuantas quemas de substancias estupefacientes en los hornos de la Asociación Española, y dada la innegable capacidad del 10 de realizar jugadas individuales que culmina él mismo en su provecho, se ha insinuado por ahí, que entre las drogas quemadas, la más peligrosa era la Maizena, seguida de cerca por el Polvo Royal, del que se quemó poco en base a su elevado costo.
Sede del Club: Hotel del Gallo, San José y Yí
Concentración (de malandras) en la misma sede.
Estadio: desesperadio, liquidadio, destruidios.
Entrenamiento: Playa de contenedores.
Retrato en la pared de la Sala de Sesiones de la Directiva: Guillermo Stirling; está pintado al óleo.
Equipier: Magurno, es el único que está con los bolsos.
De legado: dejan terribles clavos, bancos vaciados, corruptelas, coimas, etc.
Aguatero: ninguno, fueron todos enviados al hospital por la parcialidad de Wellcame.
Canchero: Millor, siempre tiene una respuesta para todo y te mira de arriba. Otros se quieren hacer los cancheros, pero no les sale, como por ejemplo Abdala.
Entrenador de arqueros: Fernando Alvez.
Director Técnico: Julio María Sanguinetti quien no necesita mayores presentaciones.
Dos (cuento)
Las cuatro de la mañana técnicamente no debería ser una buena hora para escribir nada interesante, como no sea un mal epitáfio de un peor día.
Por suerte faltan exactamente 17 minutos para esa hora. Aún estoy a tiempo, si es que me lo permite Marzilio.
Tener dos personalidades no es tan malo. Por supuesto, después de que uno se acostumbra. Me enteré ya bien entrado en la adultez pero creo que desde niño lo sospeché. Mis padres, que lo sabían, se cuidaron muy bien de mencionármelo alguna vez. Ni a mi ni a Marsilio nos dijeron nada sobre este cuerpo compartido con el que transito esta vida que me transita a su vez en un fedeeback maldito.
Comencé a darme cuenta en la escuela. Siempre fui terriblemente tímido, tan tímido que aparentaba ser hosco a los ojos de los demás niños, tan dados generalmente a hacer las cosas de a muchos. Solía andar solo por el patio de recreo, meditando o tal vez soñando simplemente alguna aventura imposible. Algunas veces lograba colarme en el laboratorio y me pasaba el recreo mirando los frascos que contenían las carcazas de animales muertos, apretujadas en bollones, todos parecidos entre sí, con esa tonalidad rosa pálido que desde entonces y hasta hoy he relacionado con la muerte.
Nunca pude hablar con el otro. Como no sea en sueños. Muchas veces dormimos a la vez. Otras, uno duerme y el otro vela, y el que duerme suele soñar con lo que el otro está haciendo mientras tiene el control remoto que maneja el cuerpo que compartimos. Tenemos conciencia de haber soñado, pero hasta donde yo se, jamás he podido recordar en vigilia la naturaleza de esos sueños o de los actos del cohabitante de este cuerpo. Simplemente, me despierto pensando: "Soñé con él".
Como muchos de los afectados por personalidad múltiple, no pierdo oportunidad de leer cualquier artículo que salga sobre el tema. Desde el más serio y circunspecto, surgido de las profundidades de las páginas de la publicaciones especializadas en psiquiatría, hasta los artículos estúpidos de las revistas sensacionalistas, "Lo declararon inocente porque las veintiocho violaciones las cometió su otra personalidad" o cosas igual o más descabelladas.
Marsilio tiene la misma costumbre de leerse todo lo que llega a sus manos. Fue él quien a través de una notita breve con su caligrafía prácticamente inteligible, me recomendó leer Sybil hace como cien años.
(¡Me tengo que apurar!) Cuando leí esa novela, creí entender también el motivo por el cual uno termina disociándose. Para defenderse. Defenderse de un ambiente hostil, de una pareja de progenitores con carencias en lo referente a lo afectivo, de una vida miserable de la que apenas si es conciente. Es como fabricarse un amigo imaginario, que cobra vida. Pero su vida trascurre al otro lado del espejo y nos es absolutamente inalcanzable. Excepto en sueños. Mi otra personalidad (hasta donde sabemos, tenemos nada más que dos) vive eternamente tras un velo indeleble e indefinible que no nos es posible atravesar. Nosotros somos como hermanos siameses unidos por la espalda. Cargamos el uno con el otro, pero jamás podemos vernos ni ser protagonistas simultaneamente Germán está un poco loco y se le da por escribir estas estupideces en un lugar público y donde todo el mundo puede leerlas, hay que jodese con él, me tiene podrido, si podrido, cansado, aburrido, superado, requetecotrasuperlleno. Es monóntono con el tema, se pregunta, se contesta y se cuestiona sobre hechos que no tienen explicacion, ni importancia y de los cuales nadie tiene un carajo de culpa al contrario de lo que le gusta pensar a él que siempre jode con lo mismo y mira a los viejos con cara de culo, como pensando que mierda me habrán hecho para que yo saliera así con este problema de múltiple personamierda. En la escuela era igual. Los amigos se los tenía que buscar yo porque si fuera por él, no habría nada más que libros y conejos muertos metidos en unos frascos de mierda en un ambiente que eternamente hedía a formol y al olor de los cadáveres de los pobres bichos que, estoy convencido, se escapaba a través de la barrera de formol y vidrio donde los habían confinado. ¡Buena niñez nos quería dar el muy hijo de puta!
Germán Queirolo Tarino
Salinas. 15 de Agosto del 2004.
Por suerte faltan exactamente 17 minutos para esa hora. Aún estoy a tiempo, si es que me lo permite Marzilio.
Tener dos personalidades no es tan malo. Por supuesto, después de que uno se acostumbra. Me enteré ya bien entrado en la adultez pero creo que desde niño lo sospeché. Mis padres, que lo sabían, se cuidaron muy bien de mencionármelo alguna vez. Ni a mi ni a Marsilio nos dijeron nada sobre este cuerpo compartido con el que transito esta vida que me transita a su vez en un fedeeback maldito.
Comencé a darme cuenta en la escuela. Siempre fui terriblemente tímido, tan tímido que aparentaba ser hosco a los ojos de los demás niños, tan dados generalmente a hacer las cosas de a muchos. Solía andar solo por el patio de recreo, meditando o tal vez soñando simplemente alguna aventura imposible. Algunas veces lograba colarme en el laboratorio y me pasaba el recreo mirando los frascos que contenían las carcazas de animales muertos, apretujadas en bollones, todos parecidos entre sí, con esa tonalidad rosa pálido que desde entonces y hasta hoy he relacionado con la muerte.
Nunca pude hablar con el otro. Como no sea en sueños. Muchas veces dormimos a la vez. Otras, uno duerme y el otro vela, y el que duerme suele soñar con lo que el otro está haciendo mientras tiene el control remoto que maneja el cuerpo que compartimos. Tenemos conciencia de haber soñado, pero hasta donde yo se, jamás he podido recordar en vigilia la naturaleza de esos sueños o de los actos del cohabitante de este cuerpo. Simplemente, me despierto pensando: "Soñé con él".
Como muchos de los afectados por personalidad múltiple, no pierdo oportunidad de leer cualquier artículo que salga sobre el tema. Desde el más serio y circunspecto, surgido de las profundidades de las páginas de la publicaciones especializadas en psiquiatría, hasta los artículos estúpidos de las revistas sensacionalistas, "Lo declararon inocente porque las veintiocho violaciones las cometió su otra personalidad" o cosas igual o más descabelladas.
Marsilio tiene la misma costumbre de leerse todo lo que llega a sus manos. Fue él quien a través de una notita breve con su caligrafía prácticamente inteligible, me recomendó leer Sybil hace como cien años.
(¡Me tengo que apurar!) Cuando leí esa novela, creí entender también el motivo por el cual uno termina disociándose. Para defenderse. Defenderse de un ambiente hostil, de una pareja de progenitores con carencias en lo referente a lo afectivo, de una vida miserable de la que apenas si es conciente. Es como fabricarse un amigo imaginario, que cobra vida. Pero su vida trascurre al otro lado del espejo y nos es absolutamente inalcanzable. Excepto en sueños. Mi otra personalidad (hasta donde sabemos, tenemos nada más que dos) vive eternamente tras un velo indeleble e indefinible que no nos es posible atravesar. Nosotros somos como hermanos siameses unidos por la espalda. Cargamos el uno con el otro, pero jamás podemos vernos ni ser protagonistas simultaneamente Germán está un poco loco y se le da por escribir estas estupideces en un lugar público y donde todo el mundo puede leerlas, hay que jodese con él, me tiene podrido, si podrido, cansado, aburrido, superado, requetecotrasuperlleno. Es monóntono con el tema, se pregunta, se contesta y se cuestiona sobre hechos que no tienen explicacion, ni importancia y de los cuales nadie tiene un carajo de culpa al contrario de lo que le gusta pensar a él que siempre jode con lo mismo y mira a los viejos con cara de culo, como pensando que mierda me habrán hecho para que yo saliera así con este problema de múltiple personamierda. En la escuela era igual. Los amigos se los tenía que buscar yo porque si fuera por él, no habría nada más que libros y conejos muertos metidos en unos frascos de mierda en un ambiente que eternamente hedía a formol y al olor de los cadáveres de los pobres bichos que, estoy convencido, se escapaba a través de la barrera de formol y vidrio donde los habían confinado. ¡Buena niñez nos quería dar el muy hijo de puta!
Germán Queirolo Tarino
Salinas. 15 de Agosto del 2004.
Instrucciones para legisladoes próximamente cesantes (artículo)
Vaya al empeño a recuperar sus viejos libros de derecho
Es probable que durante la próxima legislatura tenga que volver a ejercer, así que vaya refrescando sus conocimientos y poniéndose al tanto de las leyes, incluso de las que usted mismo votó seguramente sin siquiera darse cuenta durante un breve destello de vigilia en medio de una siesta parlamentaria.
Consiga a alguien que le ordene el garaje
Deberá hacer lugar para colocar allí las innumerables porquerías que ha acumulado en su despacho y en la secretaría que próximamente deberá desalojar. Recuerde expurgar debidamente las cartas de sus amantes, las boletas de las casas de citas, las facturas de flores enviadas a alguna minita y cualquier otro material que pueda resultarle comprometedor o suicida ante los ojos curiosos de su mujer.
Consígase un chivo expiatorio
Es importante tener a quien echarle la culpa de la debacle electoral que se aproxima. Tenga a mano frases adecuadas para hacer gala de ellas cuando llegue el momento adecuado.
Ejemplos:
¿Cómo vamos a ganar si a Stirling le operaron la glándula del carisma?
Que Jorge se presentara como candidato al senado nos liquidó. En vez de irse a cuidar a sus nietos como prometió, se encaprichó con el carguito.
Si el Flaco Atchugarry hubiera agarrado viaje aunque sea de candidato a vice, muy distinto hubiera sido el resultado.
Todo eso junto.
Limpie el correo electrónico y los archivos temporales de la computadora de su despacho
Ese trasto va a ir seguramente a dar a su casa y no es buena idea que sus hijos accidentalmente den con toda la pornografía que bajó de Internet mientras le hacía decir a su secretaria que estaba en una reunión.
Consiga un psicólogo barato para sus subordinados
A partir del próximo primero de marzo, diecinueve o veinte inútiles que tiene en comisión van a tener que volver a las dependencias de donde salieron, y encima soportar las represalias de los habían quedado a hacer su trabajo. Es muy factible que le vayan a llorar a su casa durante un breve lapso, - seis o siete años- y usted tendrá que blindarse para resistir sus quejas.
Acostúmbrese al anonimato
Elimine o cubra todos los espejos de su casa para evitar ver su propia imagen. Saque todos sus retratos de circulación. Cuando vaya por la calle, no mire ni de reojo todos esos carteles con su cara que están en las columnas. Cuando le hayan hecho un reportaje, enciérrese en el baño no mire televisión ni se lleve la radio. Lea sólo el Diario Oficial o el periódico "Relaciones".
Ignore las insinuaciones burlescas de sus colegas de la oposición
Cuando los diputados del Frente se codeen al pasar a su lado, o hablen del aumento de la desocupación, hágase el otario, no entre en la manija que la vida tal vez le de revancha y mañana sus antagonistas de hoy pueden ser sus compañeros de bancada,
Busque actividades alternativas
Lo importante es mantenerse en forma, los años pasan volando y el la próxima.. ¿Quién le dice?.
Funde un Club de Debate como los que se ven en las películas yankis con los pibes de su cuadra para recuperar práctica, luego de tantos años de votar con el brazo enyesado y sin discutir en el Parlamento usted puede estar un tanto olvidado de cómo se hacía. Participe en las reuniones del consorcio de su edificio y vote contra cualquier cosa que propongan así de paso se acostumbra a estar en la oposición. Puede también hacer uso de la opción virtual participando en múltiples foros en el web, si es que acaso se acuerda todavía de cómo escribir, o en todo caso, propóngale a alguno de los inútiles que se quedaron sin comisión, que escriba lo que usted le dicte luego de que salga de hacer las ocho horas en el ente, con la promesa de que tal vez, por ahí, en una de esas..
Consiga nuevas amistades
Cuando esté en el llano, es probable que muchos de los que hasta ayer eran sus amigos, se borren lastimosamente. Sustitúyalos con amigos nuevos que hasta podrían admirar su pasado, en lugar de pedirle cosas permanentemente como los que tiene ahora. Busque esos amigos en lugares que ahora no pisa ni por equivocación, como el Consejo Vecinal de su barrio, como parte de su estrategia de reciclaje político.
Recuerde cambiar sus tarjetas personales
El año que viene quedará seguramente en el más absoluto de los ridículos si sigue mostrando esas anacrónicas tarjetas que rezan "Dr. Fulano Detález, Diputado Nacional".
Muévase lentamente para el lado donde calienta el sol
Como las plantas ¿vio?
Haga lo mismo que hizo siempre a nivel de la interna del partido, pero ahora en la "externa", comience a tomar mate públicamente, dígale "compañero" al portero, use una campera como la del Pepe Mujica.
Deslindase lentamente de su pasado
¿Qué votó la Ley de Caducidad?
Bueno, si, pero estaba confundido, se había tomado unos vinos demás con Zitarrosa, Sendic y el Germán, por lo que cuando entró a sala, votó equivocado. Es más, ni siquiera se percató de que se votaba la Ley de Caducidad y pensó que estaba votando por la Reforma Agraria.
Y cuando el plebiscito, bueno, esa vez lo llevaron engañado, usted votó amarillo pensando que se trataba del replay del plebiscito del 80 donde los buenos votaban amarillo y los malos celeste.
¿Qué estuvo afiliado a la JUP?
Otra equivocación. Sí, pero no sabía de que se trataba. Pensó que se trataba de la Juventud Unida Peñarolense. Cuando se dio cuenta de la realidad, se desafilió, pero ya había apaleado a unos setecientos estudiantes creyendo que eran hinchas de Nacional. Cosas de botijas.
Invéntese un pasado nuevo
¿Quién puede acordarse si usted estaba o no el 14 de Agosto del 68 en la marcha estudiantil o no?. ¿eh? Claro que usted estaba. Es más. Liber Arce fue baleado a escasos cinco metros suyos, y si no hubiera sido por la aglomeración, hasta podría haberlo salvado.
Cuando le pregunten su filiación política, conteste "Batllista, pero de los del Viejo Batlle"
No tema contradecirse
Como político, este consejo le puede resultar un tanto obvio, lo sé, pero no está demás recordarle que tanto el pueblo como los demás políticos tienen una memoria un tanto oblicua. Cuando haya acomodado debidamente el cuerpo, pocos recordarán las metidas de pata cometidas en el pasado, así que tranquilamente puede afirmar sin palidecer ni pestañear, que lo que ayer rechazó indignado, ahora es la mejor solución. Siempre puede argumentar que:
A) Las circunstancias son distintas.
B) El país es distinto.
C) Usted es el mismo, pero ha tenido tiempo de recapacitar.
D) Todo eso junto.
Un último consejo
Fundamental consejo: no pierda la calma. Haga lo de siempre. No, eso no; no me refiero a dormirse en el sillón, sino a esperar los acontecimientos. Cambiar de partido no es tan malo y si no me cree fíjese en la cara de contento que tiene Yamandú Fau.
Después de todo, parece que en el Frente Amplio hay franquicias y usted puede entrar con todos los derechos desde el primer recibo. A sacarse ese antiguo sobretodo y ponerse la campera.
Germán Queirolo Tarino.
Es probable que durante la próxima legislatura tenga que volver a ejercer, así que vaya refrescando sus conocimientos y poniéndose al tanto de las leyes, incluso de las que usted mismo votó seguramente sin siquiera darse cuenta durante un breve destello de vigilia en medio de una siesta parlamentaria.
Consiga a alguien que le ordene el garaje
Deberá hacer lugar para colocar allí las innumerables porquerías que ha acumulado en su despacho y en la secretaría que próximamente deberá desalojar. Recuerde expurgar debidamente las cartas de sus amantes, las boletas de las casas de citas, las facturas de flores enviadas a alguna minita y cualquier otro material que pueda resultarle comprometedor o suicida ante los ojos curiosos de su mujer.
Consígase un chivo expiatorio
Es importante tener a quien echarle la culpa de la debacle electoral que se aproxima. Tenga a mano frases adecuadas para hacer gala de ellas cuando llegue el momento adecuado.
Ejemplos:
¿Cómo vamos a ganar si a Stirling le operaron la glándula del carisma?
Que Jorge se presentara como candidato al senado nos liquidó. En vez de irse a cuidar a sus nietos como prometió, se encaprichó con el carguito.
Si el Flaco Atchugarry hubiera agarrado viaje aunque sea de candidato a vice, muy distinto hubiera sido el resultado.
Todo eso junto.
Limpie el correo electrónico y los archivos temporales de la computadora de su despacho
Ese trasto va a ir seguramente a dar a su casa y no es buena idea que sus hijos accidentalmente den con toda la pornografía que bajó de Internet mientras le hacía decir a su secretaria que estaba en una reunión.
Consiga un psicólogo barato para sus subordinados
A partir del próximo primero de marzo, diecinueve o veinte inútiles que tiene en comisión van a tener que volver a las dependencias de donde salieron, y encima soportar las represalias de los habían quedado a hacer su trabajo. Es muy factible que le vayan a llorar a su casa durante un breve lapso, - seis o siete años- y usted tendrá que blindarse para resistir sus quejas.
Acostúmbrese al anonimato
Elimine o cubra todos los espejos de su casa para evitar ver su propia imagen. Saque todos sus retratos de circulación. Cuando vaya por la calle, no mire ni de reojo todos esos carteles con su cara que están en las columnas. Cuando le hayan hecho un reportaje, enciérrese en el baño no mire televisión ni se lleve la radio. Lea sólo el Diario Oficial o el periódico "Relaciones".
Ignore las insinuaciones burlescas de sus colegas de la oposición
Cuando los diputados del Frente se codeen al pasar a su lado, o hablen del aumento de la desocupación, hágase el otario, no entre en la manija que la vida tal vez le de revancha y mañana sus antagonistas de hoy pueden ser sus compañeros de bancada,
Busque actividades alternativas
Lo importante es mantenerse en forma, los años pasan volando y el la próxima.. ¿Quién le dice?.
Funde un Club de Debate como los que se ven en las películas yankis con los pibes de su cuadra para recuperar práctica, luego de tantos años de votar con el brazo enyesado y sin discutir en el Parlamento usted puede estar un tanto olvidado de cómo se hacía. Participe en las reuniones del consorcio de su edificio y vote contra cualquier cosa que propongan así de paso se acostumbra a estar en la oposición. Puede también hacer uso de la opción virtual participando en múltiples foros en el web, si es que acaso se acuerda todavía de cómo escribir, o en todo caso, propóngale a alguno de los inútiles que se quedaron sin comisión, que escriba lo que usted le dicte luego de que salga de hacer las ocho horas en el ente, con la promesa de que tal vez, por ahí, en una de esas..
Consiga nuevas amistades
Cuando esté en el llano, es probable que muchos de los que hasta ayer eran sus amigos, se borren lastimosamente. Sustitúyalos con amigos nuevos que hasta podrían admirar su pasado, en lugar de pedirle cosas permanentemente como los que tiene ahora. Busque esos amigos en lugares que ahora no pisa ni por equivocación, como el Consejo Vecinal de su barrio, como parte de su estrategia de reciclaje político.
Recuerde cambiar sus tarjetas personales
El año que viene quedará seguramente en el más absoluto de los ridículos si sigue mostrando esas anacrónicas tarjetas que rezan "Dr. Fulano Detález, Diputado Nacional".
Muévase lentamente para el lado donde calienta el sol
Como las plantas ¿vio?
Haga lo mismo que hizo siempre a nivel de la interna del partido, pero ahora en la "externa", comience a tomar mate públicamente, dígale "compañero" al portero, use una campera como la del Pepe Mujica.
Deslindase lentamente de su pasado
¿Qué votó la Ley de Caducidad?
Bueno, si, pero estaba confundido, se había tomado unos vinos demás con Zitarrosa, Sendic y el Germán, por lo que cuando entró a sala, votó equivocado. Es más, ni siquiera se percató de que se votaba la Ley de Caducidad y pensó que estaba votando por la Reforma Agraria.
Y cuando el plebiscito, bueno, esa vez lo llevaron engañado, usted votó amarillo pensando que se trataba del replay del plebiscito del 80 donde los buenos votaban amarillo y los malos celeste.
¿Qué estuvo afiliado a la JUP?
Otra equivocación. Sí, pero no sabía de que se trataba. Pensó que se trataba de la Juventud Unida Peñarolense. Cuando se dio cuenta de la realidad, se desafilió, pero ya había apaleado a unos setecientos estudiantes creyendo que eran hinchas de Nacional. Cosas de botijas.
Invéntese un pasado nuevo
¿Quién puede acordarse si usted estaba o no el 14 de Agosto del 68 en la marcha estudiantil o no?. ¿eh? Claro que usted estaba. Es más. Liber Arce fue baleado a escasos cinco metros suyos, y si no hubiera sido por la aglomeración, hasta podría haberlo salvado.
Cuando le pregunten su filiación política, conteste "Batllista, pero de los del Viejo Batlle"
No tema contradecirse
Como político, este consejo le puede resultar un tanto obvio, lo sé, pero no está demás recordarle que tanto el pueblo como los demás políticos tienen una memoria un tanto oblicua. Cuando haya acomodado debidamente el cuerpo, pocos recordarán las metidas de pata cometidas en el pasado, así que tranquilamente puede afirmar sin palidecer ni pestañear, que lo que ayer rechazó indignado, ahora es la mejor solución. Siempre puede argumentar que:
A) Las circunstancias son distintas.
B) El país es distinto.
C) Usted es el mismo, pero ha tenido tiempo de recapacitar.
D) Todo eso junto.
Un último consejo
Fundamental consejo: no pierda la calma. Haga lo de siempre. No, eso no; no me refiero a dormirse en el sillón, sino a esperar los acontecimientos. Cambiar de partido no es tan malo y si no me cree fíjese en la cara de contento que tiene Yamandú Fau.
Después de todo, parece que en el Frente Amplio hay franquicias y usted puede entrar con todos los derechos desde el primer recibo. A sacarse ese antiguo sobretodo y ponerse la campera.
Germán Queirolo Tarino.
Pero ¿cómo? ¿había que pagar? (Artículo)
Este artículo lo publiqué unos números atrás en Informe Uruguay y se refiere a un peregrino comentario que le escuché por la radio al presidente de la Divisional B, en el sentido de que los contratos se hacen ... para no cumplirlos.
Espero que les guste.
¿Cómo? ¿Había que pagar?
Suena el teléfono en casa del Sr. Fulanetti, connotado dirigente de la Divisional B.
-Buenos días, ¿El Sr. Fulanetti? –
-Si, él habla. ¿Quién es? -
-Le llamamos de "La casa del electrodoméstico" Sr. Fulanetti, nuestros registros indican que usted aparentemente ha olvidado pagar las 3 últimas cuotas de un artículo adquirido en nuestra empresa y nosotr... -
-¿Pero cómo? ¿Había que pagar?-
-¿Perdón Señor?- La muchacha, acostumbrada por su trabajo a explicaciones inverosímiles, queda patéticamente desconcertada con lo que escucha.
-Señorita, ¿Está usted insinuando que tendría que haber pagado? ¿No le parece un tanto excesivo llamarme a mi domicilio para molestarme por semejante nimiedad? – Fulanetti se enreda el cable del teléfono alrededor del dedo índice. El rostro se le ha transfigurado de indignación.
-¿Perdón Señor? Disculpe, no le entiendo.- Francamente desconcertada la empleada.
-Entiéndame Señorita, yo compré ese equipo de audio - que entre paréntesis no anda muy bien- efectivamente en sus oficinas, pero en ningún momento nadie me dijo que había que pagarlo. No me parece correcto que ahora me venga con esas sorpresas-
-¡Señor, eso obvio que hay que pagarlo!-
-No, me venga con cosas obvias ¿Dónde está escrito que tengo que pagar algo?.-
La telefonista no salía de su asombro, pero de todos modos atinó a contestar:
-Señor, si usted se fija en la copia del contrato que ha firmado con nosotros, verá. que......-
-¡Peeeero mija! Nooo, yo soy dirigente de fútbol. Los contratos no los firmamos para cumplirlos sino para cumplir con las formalidades. ¿Cuánto sería que lo que tendría que pagar?-
-Bueno Señor, en estos momentos usted debe tres cuotas de dos mil ochocientos, más los recargos por mora serían algo así como.....-
-¡Pero yo no puedo pagar eso! ¿No sabe acaso que las cosas marchan horrible?-
-Señor, usted debió pensar eso antes de comprometerse a pagarlo!-
-Es que yo lo pensé, y me dije "Dios proveerá" ¿Qué clase de irresponsable se piensa que soy? Además si le hubiera dicho que mi situación económica no era, digamos la óptima me hubiera privado de tener el equipo de audio!.-
-Y si Señor, por supuesto, uno tiene que pagar por lo que compra o resignarse a no tenerlo.-
La bronca del Sr. Fulanetti ascendió a las nubes.
Indignado respondió:
-La verdad es que su postura la veo radical e inaudita, Señorita, Realmente estoy considerando seriamente la posibilidad de realizar una denuncia pública contra ustedes. Incluso es posible que presente una demanda.-
-Señor, ¿Está hablando en serio? No paga y encima quiere ponerse en denunciante?- La pobre telefonista definitivamente anonadada, buscaba en su cartera algo para los nervios.
-Pero por supuesto Señorita, fíjese usted que con su actitud está comprometiendo la tranquilidad de mi familia, llamando a mi casa para reclamar cosas absurdas. Además: ¿Acaso cuando ustedes revisaron mi recibo de sueldo no les resultó obvio que ganando cuatro mil no iba a poder pagar dos mil ochocientos? ¿Con qué dinero espera que coma y pague los demás gastos? ¡Piense Señorita, piense!–
-Pero Señor Fulanetti, nosotros hicimos confianza en usted ¿Por qué firmó entonces?-
-¿Y si no hubiera firmado, ustedes me habrían entregado el equipo de audio? Además ¿En qué mundo viven ustedes que me salen con eso de la “confianza”? ¿No le enseñaron que los Reyes Magos son los padres? –
-¡No, por supuesto que no se lo hubiéramos entregado! ¿Qué se piensa?-
-Me pienso que ustedes quieren desprenderse de esos electrodomésticos, ¿O acaso los tienen para coleccionarlos? Si nosotros los consumidores, no se los compráramos, se perderían muchas fuentes de trabajo. ¿No se percata de eso? ¡Debería estarme agradecida! Evidentemente usted es una ingrata.-
-¿Agradecida de qué Señor? ¡Si usted no paga da lo mismo tener trabajo o no. Es con sus cuotas que a nosotros nos pagan el salario!-
-¡Ustedes son todos iguales! ¡Jamás están satisfechos! ¡Con razón este país está como está!
-Pero Señor, fíjese qué entonces lo vamos a tener que mandar al Clearing...-
-¿Amenazas también? Ni una palabra más, a partir de este momento, queda cortado el diálogo.-
Furioso Fulanetti cuelga el teléfono.
Al otro lado de línea, la empleada, sin salir aún del desconcierto, decide tomarse dos Mejorales. Un fuerte dolor de cabeza comenzaba a insinuarse en el horizonte. Está tan confusa, que le tiemblan un poco los dedos mientras le pasa al Clearing los datos de Fulanetti.
Germán Queirolo Tarino
Salinas 255-06-04
Espero que les guste.
¿Cómo? ¿Había que pagar?
Suena el teléfono en casa del Sr. Fulanetti, connotado dirigente de la Divisional B.
-Buenos días, ¿El Sr. Fulanetti? –
-Si, él habla. ¿Quién es? -
-Le llamamos de "La casa del electrodoméstico" Sr. Fulanetti, nuestros registros indican que usted aparentemente ha olvidado pagar las 3 últimas cuotas de un artículo adquirido en nuestra empresa y nosotr... -
-¿Pero cómo? ¿Había que pagar?-
-¿Perdón Señor?- La muchacha, acostumbrada por su trabajo a explicaciones inverosímiles, queda patéticamente desconcertada con lo que escucha.
-Señorita, ¿Está usted insinuando que tendría que haber pagado? ¿No le parece un tanto excesivo llamarme a mi domicilio para molestarme por semejante nimiedad? – Fulanetti se enreda el cable del teléfono alrededor del dedo índice. El rostro se le ha transfigurado de indignación.
-¿Perdón Señor? Disculpe, no le entiendo.- Francamente desconcertada la empleada.
-Entiéndame Señorita, yo compré ese equipo de audio - que entre paréntesis no anda muy bien- efectivamente en sus oficinas, pero en ningún momento nadie me dijo que había que pagarlo. No me parece correcto que ahora me venga con esas sorpresas-
-¡Señor, eso obvio que hay que pagarlo!-
-No, me venga con cosas obvias ¿Dónde está escrito que tengo que pagar algo?.-
La telefonista no salía de su asombro, pero de todos modos atinó a contestar:
-Señor, si usted se fija en la copia del contrato que ha firmado con nosotros, verá. que......-
-¡Peeeero mija! Nooo, yo soy dirigente de fútbol. Los contratos no los firmamos para cumplirlos sino para cumplir con las formalidades. ¿Cuánto sería que lo que tendría que pagar?-
-Bueno Señor, en estos momentos usted debe tres cuotas de dos mil ochocientos, más los recargos por mora serían algo así como.....-
-¡Pero yo no puedo pagar eso! ¿No sabe acaso que las cosas marchan horrible?-
-Señor, usted debió pensar eso antes de comprometerse a pagarlo!-
-Es que yo lo pensé, y me dije "Dios proveerá" ¿Qué clase de irresponsable se piensa que soy? Además si le hubiera dicho que mi situación económica no era, digamos la óptima me hubiera privado de tener el equipo de audio!.-
-Y si Señor, por supuesto, uno tiene que pagar por lo que compra o resignarse a no tenerlo.-
La bronca del Sr. Fulanetti ascendió a las nubes.
Indignado respondió:
-La verdad es que su postura la veo radical e inaudita, Señorita, Realmente estoy considerando seriamente la posibilidad de realizar una denuncia pública contra ustedes. Incluso es posible que presente una demanda.-
-Señor, ¿Está hablando en serio? No paga y encima quiere ponerse en denunciante?- La pobre telefonista definitivamente anonadada, buscaba en su cartera algo para los nervios.
-Pero por supuesto Señorita, fíjese usted que con su actitud está comprometiendo la tranquilidad de mi familia, llamando a mi casa para reclamar cosas absurdas. Además: ¿Acaso cuando ustedes revisaron mi recibo de sueldo no les resultó obvio que ganando cuatro mil no iba a poder pagar dos mil ochocientos? ¿Con qué dinero espera que coma y pague los demás gastos? ¡Piense Señorita, piense!–
-Pero Señor Fulanetti, nosotros hicimos confianza en usted ¿Por qué firmó entonces?-
-¿Y si no hubiera firmado, ustedes me habrían entregado el equipo de audio? Además ¿En qué mundo viven ustedes que me salen con eso de la “confianza”? ¿No le enseñaron que los Reyes Magos son los padres? –
-¡No, por supuesto que no se lo hubiéramos entregado! ¿Qué se piensa?-
-Me pienso que ustedes quieren desprenderse de esos electrodomésticos, ¿O acaso los tienen para coleccionarlos? Si nosotros los consumidores, no se los compráramos, se perderían muchas fuentes de trabajo. ¿No se percata de eso? ¡Debería estarme agradecida! Evidentemente usted es una ingrata.-
-¿Agradecida de qué Señor? ¡Si usted no paga da lo mismo tener trabajo o no. Es con sus cuotas que a nosotros nos pagan el salario!-
-¡Ustedes son todos iguales! ¡Jamás están satisfechos! ¡Con razón este país está como está!
-Pero Señor, fíjese qué entonces lo vamos a tener que mandar al Clearing...-
-¿Amenazas también? Ni una palabra más, a partir de este momento, queda cortado el diálogo.-
Furioso Fulanetti cuelga el teléfono.
Al otro lado de línea, la empleada, sin salir aún del desconcierto, decide tomarse dos Mejorales. Un fuerte dolor de cabeza comenzaba a insinuarse en el horizonte. Está tan confusa, que le tiemblan un poco los dedos mientras le pasa al Clearing los datos de Fulanetti.
Germán Queirolo Tarino
Salinas 255-06-04
Semblanza del General Liber Seregni
¿Se puede homenajear al General Liber Seregni de forma "apolítica"?
¿Puede hacerse desde el ascéptico compromiso de no meterme en la política de los turbulentos años en los que le tocó desempeñarse al frente de una fuerza política largamente ideada, pero de reciente concreción gracias en buena medida al esfuerzo de este hombre que hoy nos dejó?
No se si se puede.
Pero vale la pena hacer el intento.
El General Seregni ha dejado de pertenecer a una fuerza política para transformarse en un icono de todos los uruguayos.
En los años 70, su mensaje fue de esperanza. "Hermano, no te vayas.." rezaba por entonces un corto spot publicitario que aún recuerdo.
En medio de un Uruguay polarizado, ese General de origen batllista, puesto al frente de un cúmulo de partidos pequeños y políticos desarraigados, simbolizaba para unos, la posiblidad de un cambio, para otros, la figura más visible de un conglomerado político integrado entre otros por los comunistas y mirado con simpatía por los tupamaros. Glorificado por unos, demonizado por otros, su breve carrera política terminó en la cárcel. Algunos de sus antagonistas de entonces valoraron esa prisión como la demostración de valentía de un político extraño, que desechó las ofertas recibidas en el sentido de partir hacia el exilio aceptando el generoso asilo político que varios paises le ofrecieron.
El General Seregni pudo haber sido presidente de facto, pero prefirió renunciar a la tentación de llevar adelante su proyecto de país por fuera de los cánones democráticos que son parte de nuestro patrimonio más querido.
Debió ser represor de los trabajadores en el transcurso de las militarizaciones decretadas por el Poder Ejecutivo de entonces, y lo hizo más allá de que esta acción estuviera en desacuerdo con sus propias convicciones.
Como militar, debía obediencia a la máxima autoridad de las Fuerzas Armadas, ejercida entonces por Dn. Jorge Pacheco Areco. Otro camino hubiera sido un acto de insubordinación tan condenable como lo fueran aquellos cometidos el 9 de febrero del 73 por quienes a la larga se adueñarían del gobierno de la república.
Expresó su disidencia con la postura del Poder Ejecutivo, solicitando el pase a retiro junto con el padre del actual Comandante en Jefe del Éjército de la República.
Detenido luego del golpe de estado en diversas dependencias militares, fue trasladado posteriormente a la Cárcel Central, donde junto con otros militares que habían optado por adherirse al Frente Amplio estuvo preso hasta prácticamente la caida de la dictadura.
Propició los acuerdos del Club Naval, que posibilitaron una transición negociada hacia un gobierno democrático, otorgando concediendo en esos acuerdos su ausencia de la candidatura a la Presidencia de la República en representación de su fuerza política, la que concurrio a las urnas con el Dr. J.J. Crotogini como candidato a presidente y José D'Elia como candidato a vice.
Salió de la cárcel con un discurso pacificador.
Buscando consensos y acuerdos para llevar adelante un proyecto de país donde la democracia estuviera garantizada y no corriera peligros innecesarios. En la búsqueda de la estabilidad democrática, no dudó en sacrificar su propia posibilidad de llegar al gobierno.
Manifestó en diversas oportunidades, discrepancias con muchos de sus compañeros frenteamplistas, ya que su visión de la política, le alejaba muchas veces de los criterios radicalmente opositores de algunos integrantes del Frente Amplio. Esas discrepancias de forma y fondo, le llevaron a renunciar a la presidencia del Frente cuando consideró que su permanencia en el cargo no tenía objeto, dando un paso al costado y cediendo espacios a la renovación.
Como Wilson Ferreira, el General Seregni está más allá de sus errores.
Su visión abarcaba mucho más allá del horizonte puntual al que generalmente apuntamos y en ese sentido, muchos no lo supimos comprender. Los que en décadas anteriores habían sido sus acérrimos enemigos, ahora vertían sobre él conceptos elogiosos y muchos de los que estaban a su lado, sobre todo a nivel de las masas, lo miraban con desconfianza, en muchos casos casi como a un infiltrado.
Pero el General no había cambiado. Era el país el que ahora se desenvolvia en otras realidades, y a esas realidades, Seregni se había ajustado con su particular óptica concertadora, negociadora.
Este militar devenido a político, tomó la política como un acto de servicio y sirvió a su pueblo con heroismo abnegación y sobre todo con desinterés.
Aceptó la cárcel y la incomprensión de amigos y enemigos manteniéndo hasta el último de sus días la coherencia entre su acción y su pensamiento. Se ganó el respeto de sus amigos y de sus adversarios.
Logro incluso el respeto de quienes una vez fueron sus carceleros.
Recientemente se publicó un libro con las cartas que el General escribia a su esposa desde la prisión.
Entrevistada en El Espectador, Lilí confesó que muchas de esas cartas, eran tanto para ella como para los militares que debian leerlas a los efectos de permitir o no su llegada a manos de la destinataria. El General Seregni, a través de esas cartas, intentaba dar formación a los militares que lo tenían prisionero.
A ese punto llegaba su vocacion de servir a su país.
El mensaje que nos lega, habla de que la democracia es el supremo bien que nos cobija.
Nos cuenta que la peor de las democracias es mejor que la mejor de las dictaduras.
Aunque uno mismo deba renunciar a sus aspiraciónes.
Aunque se deba dejar el prestigio, la libertad y hasta la vida para que sea otro quien gobierne en el nombre de todos.
General, espero que hayamos aprendido esta lección y no la olvidemos nunca.
Ayer, 31 de Julio de 2004, nos ha dejado un grande.
Todos los orientales hemos quedado un poco huérfanos
Germán Queirolo Tarino
¿Puede hacerse desde el ascéptico compromiso de no meterme en la política de los turbulentos años en los que le tocó desempeñarse al frente de una fuerza política largamente ideada, pero de reciente concreción gracias en buena medida al esfuerzo de este hombre que hoy nos dejó?
No se si se puede.
Pero vale la pena hacer el intento.
El General Seregni ha dejado de pertenecer a una fuerza política para transformarse en un icono de todos los uruguayos.
En los años 70, su mensaje fue de esperanza. "Hermano, no te vayas.." rezaba por entonces un corto spot publicitario que aún recuerdo.
En medio de un Uruguay polarizado, ese General de origen batllista, puesto al frente de un cúmulo de partidos pequeños y políticos desarraigados, simbolizaba para unos, la posiblidad de un cambio, para otros, la figura más visible de un conglomerado político integrado entre otros por los comunistas y mirado con simpatía por los tupamaros. Glorificado por unos, demonizado por otros, su breve carrera política terminó en la cárcel. Algunos de sus antagonistas de entonces valoraron esa prisión como la demostración de valentía de un político extraño, que desechó las ofertas recibidas en el sentido de partir hacia el exilio aceptando el generoso asilo político que varios paises le ofrecieron.
El General Seregni pudo haber sido presidente de facto, pero prefirió renunciar a la tentación de llevar adelante su proyecto de país por fuera de los cánones democráticos que son parte de nuestro patrimonio más querido.
Debió ser represor de los trabajadores en el transcurso de las militarizaciones decretadas por el Poder Ejecutivo de entonces, y lo hizo más allá de que esta acción estuviera en desacuerdo con sus propias convicciones.
Como militar, debía obediencia a la máxima autoridad de las Fuerzas Armadas, ejercida entonces por Dn. Jorge Pacheco Areco. Otro camino hubiera sido un acto de insubordinación tan condenable como lo fueran aquellos cometidos el 9 de febrero del 73 por quienes a la larga se adueñarían del gobierno de la república.
Expresó su disidencia con la postura del Poder Ejecutivo, solicitando el pase a retiro junto con el padre del actual Comandante en Jefe del Éjército de la República.
Detenido luego del golpe de estado en diversas dependencias militares, fue trasladado posteriormente a la Cárcel Central, donde junto con otros militares que habían optado por adherirse al Frente Amplio estuvo preso hasta prácticamente la caida de la dictadura.
Propició los acuerdos del Club Naval, que posibilitaron una transición negociada hacia un gobierno democrático, otorgando concediendo en esos acuerdos su ausencia de la candidatura a la Presidencia de la República en representación de su fuerza política, la que concurrio a las urnas con el Dr. J.J. Crotogini como candidato a presidente y José D'Elia como candidato a vice.
Salió de la cárcel con un discurso pacificador.
Buscando consensos y acuerdos para llevar adelante un proyecto de país donde la democracia estuviera garantizada y no corriera peligros innecesarios. En la búsqueda de la estabilidad democrática, no dudó en sacrificar su propia posibilidad de llegar al gobierno.
Manifestó en diversas oportunidades, discrepancias con muchos de sus compañeros frenteamplistas, ya que su visión de la política, le alejaba muchas veces de los criterios radicalmente opositores de algunos integrantes del Frente Amplio. Esas discrepancias de forma y fondo, le llevaron a renunciar a la presidencia del Frente cuando consideró que su permanencia en el cargo no tenía objeto, dando un paso al costado y cediendo espacios a la renovación.
Como Wilson Ferreira, el General Seregni está más allá de sus errores.
Su visión abarcaba mucho más allá del horizonte puntual al que generalmente apuntamos y en ese sentido, muchos no lo supimos comprender. Los que en décadas anteriores habían sido sus acérrimos enemigos, ahora vertían sobre él conceptos elogiosos y muchos de los que estaban a su lado, sobre todo a nivel de las masas, lo miraban con desconfianza, en muchos casos casi como a un infiltrado.
Pero el General no había cambiado. Era el país el que ahora se desenvolvia en otras realidades, y a esas realidades, Seregni se había ajustado con su particular óptica concertadora, negociadora.
Este militar devenido a político, tomó la política como un acto de servicio y sirvió a su pueblo con heroismo abnegación y sobre todo con desinterés.
Aceptó la cárcel y la incomprensión de amigos y enemigos manteniéndo hasta el último de sus días la coherencia entre su acción y su pensamiento. Se ganó el respeto de sus amigos y de sus adversarios.
Logro incluso el respeto de quienes una vez fueron sus carceleros.
Recientemente se publicó un libro con las cartas que el General escribia a su esposa desde la prisión.
Entrevistada en El Espectador, Lilí confesó que muchas de esas cartas, eran tanto para ella como para los militares que debian leerlas a los efectos de permitir o no su llegada a manos de la destinataria. El General Seregni, a través de esas cartas, intentaba dar formación a los militares que lo tenían prisionero.
A ese punto llegaba su vocacion de servir a su país.
El mensaje que nos lega, habla de que la democracia es el supremo bien que nos cobija.
Nos cuenta que la peor de las democracias es mejor que la mejor de las dictaduras.
Aunque uno mismo deba renunciar a sus aspiraciónes.
Aunque se deba dejar el prestigio, la libertad y hasta la vida para que sea otro quien gobierne en el nombre de todos.
General, espero que hayamos aprendido esta lección y no la olvidemos nunca.
Ayer, 31 de Julio de 2004, nos ha dejado un grande.
Todos los orientales hemos quedado un poco huérfanos
Germán Queirolo Tarino
Como la muerte (cuento)
Como la muerte
Vencido caminaba por la playa.
Se iba de todo, se iba del todo.
El viento se negaba a borrar las huellas que iba olvidando en la arena seca, a la vez que el agua, se detenía algo más acá de las pisadas marcadas sobre la arena húmeda.
Una gaviota increíblemente sola, chillaba a los peces su quejido interminablemente desolado.
El mundo entero parecía haberse detenido para verle pasar.
Los pocos petates que le restaban, aguardaban amontonados detrás de la puerta cancel de su antigua casona en el Buceo.
Un par de cartas prolijamente escritas, aguardaban sobre la mesa del comedor, espatarrada y sola, ojos que leyeran el último porque.
Sobre su espalda enjuta, parecían pesar todos los dolores del mundo, y tal vez eso hacía tan profundas sus huellas en la arena.
Llegó hasta el extremo este de la playa y esperó paciente al amanecer que se anunciaba al tiempo que se iba extinguiendo la luz de las estrellas.
Menos Venus.
¿Brillará así Venus, donde voy? pensó y sacudió la cabeza para espantar el pensamiento.
Se recordó a si mismo niño, adolescente, joven, adulto y siempre igual.
Optimista, convencido de que la gente es más buena que mala y de que todas las cosas a la larga se encaminan.
Entonces su mano derecha palpó brevemente el bolsillo izquierdo de la gabardina, ese en el que guardaba el boleto final, la negación absoluta de toda una vida de optimismo.
Aspiró hondo como si quisiera llevarse consigo todo el aire de la playa.
Entonces salió el sol. Una uñita de sol que aparentaba asomarse apenas a mirar el río inmenso del que Valentín se despedía.
Las nubes, naranjas, rosadas, retocadas aquí y allá con matices de otros colores inverosímiles, a los que jamás había prestado atención, parecieron apartarse del camino del sol para dejarlo resplandecer con toda su magnificencia.
La gaviota picó hacia el mar, se zambulló y volvió al viento con un pez en el pico, mientras el sol terminaba de despertarse del todo de su cuna de agua.
Saludó al sol, cumpliendo un rito milenario que le era hasta hoy desconocido.
Se levantó. Escuchó como sus vértebras protestaban entumecidas.
La decisión estaba tomada y era irrevocable.
Con el pasaje en el bolsillo, volvió a su casa, agarró sus bártulos escasos y llegó al aeropuerto.
Hacia las once de la mañana, en vuelo de Iberia, emprendía el camino del exilio.
Salinas 13 de Julio de 2004.
Germán Queirolo Tarino.
(Garrotegil, gracias por la idea)
Vencido caminaba por la playa.
Se iba de todo, se iba del todo.
El viento se negaba a borrar las huellas que iba olvidando en la arena seca, a la vez que el agua, se detenía algo más acá de las pisadas marcadas sobre la arena húmeda.
Una gaviota increíblemente sola, chillaba a los peces su quejido interminablemente desolado.
El mundo entero parecía haberse detenido para verle pasar.
Los pocos petates que le restaban, aguardaban amontonados detrás de la puerta cancel de su antigua casona en el Buceo.
Un par de cartas prolijamente escritas, aguardaban sobre la mesa del comedor, espatarrada y sola, ojos que leyeran el último porque.
Sobre su espalda enjuta, parecían pesar todos los dolores del mundo, y tal vez eso hacía tan profundas sus huellas en la arena.
Llegó hasta el extremo este de la playa y esperó paciente al amanecer que se anunciaba al tiempo que se iba extinguiendo la luz de las estrellas.
Menos Venus.
¿Brillará así Venus, donde voy? pensó y sacudió la cabeza para espantar el pensamiento.
Se recordó a si mismo niño, adolescente, joven, adulto y siempre igual.
Optimista, convencido de que la gente es más buena que mala y de que todas las cosas a la larga se encaminan.
Entonces su mano derecha palpó brevemente el bolsillo izquierdo de la gabardina, ese en el que guardaba el boleto final, la negación absoluta de toda una vida de optimismo.
Aspiró hondo como si quisiera llevarse consigo todo el aire de la playa.
Entonces salió el sol. Una uñita de sol que aparentaba asomarse apenas a mirar el río inmenso del que Valentín se despedía.
Las nubes, naranjas, rosadas, retocadas aquí y allá con matices de otros colores inverosímiles, a los que jamás había prestado atención, parecieron apartarse del camino del sol para dejarlo resplandecer con toda su magnificencia.
La gaviota picó hacia el mar, se zambulló y volvió al viento con un pez en el pico, mientras el sol terminaba de despertarse del todo de su cuna de agua.
Saludó al sol, cumpliendo un rito milenario que le era hasta hoy desconocido.
Se levantó. Escuchó como sus vértebras protestaban entumecidas.
La decisión estaba tomada y era irrevocable.
Con el pasaje en el bolsillo, volvió a su casa, agarró sus bártulos escasos y llegó al aeropuerto.
Hacia las once de la mañana, en vuelo de Iberia, emprendía el camino del exilio.
Salinas 13 de Julio de 2004.
Germán Queirolo Tarino.
(Garrotegil, gracias por la idea)
Día del Aubuelo (cuento)
Día del Abuelo
A los abuelos solos, estén donden estén.
Se tomaba la caña más lenta de la historia universal
Tenia dinero para una sola, para una única caña que debía prologarse cuando menos, hasta que el temporal de viento y agua helada, amainara lo suficiente, como para permitirle llegar hasta su casa sin riesgo de ser arrastrado al río.
Tenía languidez y el alcohol de alguna manera la agudizaba como un hierro clavándose en el esófago.
Un perro gordo como una foca saciada, respiraba pausadamente mientras dormía soñando seguramente con escenas de caza, a la vez que movía inequívocamente las patas, en un espasmo que se parecía más a un estertor agónico que al recuerdo onírico de una persecución emocionante.
El olor era rancio. El encierro al que obligaba la inclemencia inaudita del temporal, sumada a vaho de los abrigos de paño secándose presurosamente al calor de la estufa de chapa que aún a pesar del óxido y los aditamentos funcionales, seguía perseverando en parecerse a un calefón. Tres menos cuarto de la tarde y los minutos parecían hormigas de hierro aferrándose al minutero como para retenerlo eternamente en su lugar.
Por las hormigas de hierro su caña era tan larga.
Ramón no sabía donde fijar la vista mientras la caña bajaba lentamente, más por evaporación que por ingestión.
Mirara para donde mirara, se topaba con un recuerdo vivo de un momento muerto. El tono pardo del entorno, no favorecía precisamente a la alegría. La electricidad había desparecido de todos los cables, cuando un gajo de eucaliptus de respetable tamaño, cayó sobre las líneas eléctricas que alimentaban la Zona del Puerto.
Gardel se había ido con la corriente, y la luz, amortiguada indudablemente por las innumerables cagadas de las moscas, se había ido también de ese boliche tan triste sin Gardel.
Un antiquísimo almanaque de Pablo Ferrando informaba a nadie, que cabía la posibilidad de que hoy fuera 19 de Junio. Día de Artigas, Día del Abuelo. Martes, por más datos. Se alegró vagamente de que los chiquilines no hubieran tenido que ir a la escuela con semejante día y de paso aprovechó para putearse a si mismo, por haber cedido a la tentación de un claro entre las nubes para largarse hasta el boliche a la búsqueda de una caña y un silencio.
Ahora, preso de la inclemencia del tiempo, el silencio le atosigaba el ánimo y la artritis tocaba en sus huesos, la dolorosa melodía de la humedad.
Sentado en la mesa de la ventana, maldecía su imprudencia. Hacía años que debería haber aprendido a desconfiar de las cosas efímeras como un claro entre las nubes. Las esperanzas al pedo son las peores de las cosas al pedo que hay en el mundo, se recordó con malintencionado cinismo.
A medida que los años se hacían más importantes que los sueños, se daba cada vez más frecuentemente al soliloquio. Casi siempre podía mantenerlo de la boca para adentro, pero a veces no y se avergonzaba de sorprenderse a si mismo, susurrando a solas como un demente.
También a medida que envejecía, se sorprendía sin sorpresa, del cinismo sin límites que se dedicaba a si mismo. "Me trato mal", pensó. Y a continuación : "Sos un viejo de mierda, ¿qué tanto cambia tratarte bien o mal?" Miró la caña hoscamente, se llevó la copa mínima a los labios y se los humedeció apenas. Tres menos cinco. Las hormigas de fierro hacían bien su trabajo de enlentecer el tiempo.
Un minuto después pasó el ómnibus que venía de la Agraciada. Recuerdo de lo que alguna vez fue ONDA, Ramón no dejaba jamás de preguntarse como era posible que no se le cayeran los pedazos entre los baches y la falta de pintura. Todavía podía distinguirse el viejo galgo debajo de la aguachenta mano de verde cotorra que le habían dado por encima. Pero puntual como pocos, pocos podías poner en hora el reloj, escuchando los pedos mecánicos del motor GM. "Los viejos no olvidamos fácil lo que aprendimos difícil" pensó Ramón. Y el pensamiento le disparó otra avalancha de recuerdos. Con chirridos de aire, y ruido de huesos, el viejo bus se detuvo mismo en la puerta del boliche. La proximidad del puerto, lo hacía una parada frecuente de infrecuentes pasajeros. Dos hombres vestidos de forma humilde, con cierto aire gauchesco, se pusieron de pie con parsimonia, agarraron del perchero los abrigos y sombreros y salieron a la inclemente garganta de la intemperie, mientras caminando hacia el ómnibus como si ninguno de los tres tuviera apuro. Como sino cayeran un diluvio de agua y soplara tan fuerte el viento, como para arrastrarlos como pajas hasta las aguas revueltas del Uruguay insomne.
Se habían ensopado antes de llegar a la mitad de la calle, por arriba y por abajo, como era de esperar con tanto pozo. El perro a unos metros de la estufa, estiró una pata y se tiró un sonoro pedo que pareció haber esperado el oportuno silencio, como un político que espera una pausa entre los aplausos para reafirmar alguna idea luminosa y seguramente ajena. El Gallego Felipe lo miró con indiferencia y murumró un par de palabras en un dialecto cerrado e impenetrable a los años de convivencia criolla. ¿Una puteada al perro en una de esas? ¿O lo habrá felicitado por tirarse el pedo mejor ubicado de la tarde? Felipe con la lluvia, se nublaba como camuflajeándose con el tiempo. Se ponía anodino y a la vez malhumorado. Ramón desde su mesa, miró su caña con respeto reflexivo y apuró un trago algo más largo de lo que era conveniente a sus intereses.
La puerta del boliche se abrió nuevamente. Ramón levantó la mirada, esperanzado con que fuera algún conocido con coche, que pudiera arrimarlo después hasta su casa, salvándolo de la humillación de hacer tiempo con el vaso vacío y una sola entre pecho y espalda. O tal vez algún ex alumno de los pocos que aún quedaban en el pueblo.
Pero era evidentemente un forastero.
Munido una inopinable cara de vendedor de intangibles y vestimenta al tono, mostró en su rostro un cambio de expresión interesante al cinismo de Ramón que sonrió para si mismo. Hasta que llegó al umbral mismo de la puerta del boliche, el rostro reflejaba algo parecido a la desesperación pero más sórdido. Como si el tipo pensara que la ropa podía disolvérsele con la lluvia dejándolo en pelotas allí mismo. O tal vez luciendo unos boxers con corazoncitos rojos que insolubles en agua, perseverarían en mostrarse vergonzosamente ridículos para siempre jamás.
Al atravesar la puerta, puso una cara de transición. Por un momento, despojado de la máscara del miedo pareció casi humano, pero aún antes de haber de haber metido apenas la rodilla adentro de las paredes del boliche, que le debieron parecer seguramente acogedoras en comparación con la inclemencia de afuera, ya su cara había asumido el gesto profesional del vendedor conspicuo, convencido y convincente. Los veteranos lo miraron con una curiosidad que en ningún caso les llegó a los ojos. Los viejos habían aprendido que dejar que la curiosidad se les asomara al balcón de la mirada, podría acarrear desagradables calificativos de viejo verde o viejo loco. Preferían prudentemente mantener la actitud y reservarse el gesto. El forastero llegó hasta el mostrador con pasos un tanto acuosos.
-¿Un teléfono?- Preguntó el insensato, sin siquiera haber saludado previamente. Felipe le contesto algo en voz baja e inteligible.
¿El qué?-preguntó el forastero nuevamente.
-¡Coño, hombre que no hay! -se expresó Felpe en un lenguaje casi humano y agregó un tanto incongruente -¿Nove quenotenemusluz?-
El vendedor abrió la boca como para responder algo ingenioso, pero algo en la cara de Felipe hizo que lo pensara mejor y cerró la boca un tanto repentinamente. El Gallego miraba hacia ninguna parte directamente a través de él.
-¿Un café puede ser?- volvió a hablar, con su alegre firmeza de exhibidor ambulante, algo opacada por el anterior fracaso.
Felpe lo miró y abrió la boca como para explicarle la Ley de la Gravedad. Pero optó por la versión breve y descortés
-No hombre, ¡ya le dije que no tenemusluz!-
El perro se tiró otro pedo.
Otro pedo oportunistamente ubicado en un silencio.
-¿Una Coca Cola light? -preguntó con indudable tono de derrota.
-Mientas que no la quiera fría -
-No, natural está bien, ¿Puedo usar el baño por favor?-consultó.
El Gallego lo escrutó con la mirada como para preguntarle para que lo quería. Probablemente estuvo a punto de preguntarle, pensó Ramón para si mismo.
-Cruzando el patio a la derecha.- señaló Felipe con el pulgar de la mano izquierda, mientras con la derecha ponía un dejaba la botella sobre el mostrador.
Afuera arreciaba la lluvia mientras que adentro, en el vaso de Ramón, menguaba la caña alarmentemente. El viejo sintió una punzada de pánico. Felipe no se destacaba precisamente por el buen humor o la paciencia los días de lluvia. El vendedor volvió del patio mucho más mojado que antes.
Agarró la Coca Cola y el vaso, y miró hacia la pared en búsqueda vana de una mesa.
Ramón le hizo un gesto convidándolo a compartir la suya.
Alguno de los parroquianos lo miró con cierta severidad exenta de sorpresa. No eran gente dada a tratos con forasteros ni a confianzas. Muchos de ellos, aún tenían el facón atravesado a la cintura y el silencio atravesado a la palabra.
La artritis le serruchó los huesos húmeros como a Vallejo. Deseó poder apretar los dientes que casi no tenía. Pasó el dolor antes de que el forastero hubiera caminado los cinco pasos que separaban su mesa del mostrador mastodónico y antediluviano.
-Siéntese- le dijo Ramón lacónicamente mientras se miraba las uñas, un tanto avergonzado.
-Oscar Pérez- murmuro el otro, contestando a una pregunta que no había sido formulada aún y probablemente no lo hubiera sido nunca.
-¿Vendedor verdad?- preguntó Ramón con más cara de solicitud que la que ameritaba el escaso interés que le despertaba la vida del tipo.
-¿Cómo lo supo?- cara de asombro ingenuo por parte de su interlocutor.
Ramón omitió toda referencia a ese como que quedaría ignoto.
-Ramon Medina, maestro jubilado- se presentó como si la mención de su oficio, lo explicara todo,
-¿De por acá?- preguntó el forastero colmando la capacidad de asombro de Ramón ante lo idiota de la pregunta. Tentado estuvo de contestar "No, de Nueva York, pero vengo siempre a este boliche a esperar el Pan Am. Luego pensó que el forastero podía pagarle otra caña y prefirió ser sumiso.
-De por acá, y nací a escasas tres leguas del pueblo y seguramente me entierren a otras tantas-
contestó y se sumergió nuevamente en el silencio.
Pero no hay citadino que soporte mucho rato el silencio.
Un trueno enorme hizo vibrar los vidrios y a punto estuvo de despertar del todo al perro, que abrió un ojo con expresión soporífera, se rascó dos o tres veces displicentemente como si quisiera aprovechar de alguna manera útil sus breves segundos de desvelo y volvió a quedar dormido como piedra. Quieto como si estuviera embalsamado. Varios hombres, que esperaban otro pedo, lo miraron con cierta desazón.
-¡Qué día más espantoso!- comentó el forastero. -Todavía me quedan como cinco pueblos más para recorrer y tenía una entrevista como un cliente que tendré que cancelar, mi celular se quedó sin batería, y el simpático barman hispánico, no se mostró muy interesado en decirme donde puedo conseguir un teléfon. En fin, que se joda. No puedo hacer milagros. Aunque lo más probable es que la venta se me caiga. ¿Vió como son esas cosas? Por una negocio de un par de miles de pesos, uno tiene que rendirle pleitesía a los clientes como si les estuvieras ofreciendo un Mercedes Benz. ..-
Don Ramón acompañaba con un leve gesto afirmativo, apenas perceptibles, como para que ninguno de los muchachos lo notara, la cháchara climático comercial del recién llegado. Hábil jugador, nada podía leerse en sus ojos. Ni siquiera desinterés. No quería claudicar. No quería que los demás pensaran que le sobaba el lomo al forastero para hacerse pagar una copa. Sobre todo, no quería creerlo él mismo.
Como para confirmar la afirmación del vendedor sobre lo aciago del día, apenas este finalizó su comentario comenzó a granizar. El veterano miró hacia fuera con gesto a la vez indiferente y desolado.
El perro echado, elevó una oreja hacia el sonido del granizo en el techo, luego volvió a bajarla y continuó soñando que era joven.
-¡Pero la puta madre que lo parió!, mire eso, mire eso, graniza como Dios quisiera exterminar a pedradas este pueblo miserable. ¿Se da cuenta? ¿Y ahora que hago? ¿Queda muy lejos ANTEL?
-No mucho. -Sonrió Don Ramón para sus adentros disfrutando sin saber porqué de la amargura del tipo, -Nueve, diez cuadras, en el centro.-
El extraño giró su cabeza hacia él haciendo gala de una mirada vidriosa y desolada. Se mesó los cabellos, miró la el maletín que había dejado a su lado en el piso, lo levantó, lo abrió, quedando oculto de Don Ramón por la tapa. Miró dentro, hurgó entre las tripas del portafolio buscando algo. Su centro, pensó Don Ramón, este tipo está buscando su centro entre los papeles idiotas lleva ahí. El maletín fue cerrado con un golpe seco y áspero. Surgió nuevamente a la vista de Don Ramón el rostro del forastero, recompuesto, nuevo, confiado. Sea lo que fuere que buscaba dentro del maletín, el viejo maestro pensó que parecía haberlo encontrado. El maletín descendió nuevamente hacia los confines del piso de tablas.
-Y bue, ¡Joderse!- comentó- Contra la naturaleza no se puede.- Usted debe haber visto unas cuantas de estas - Interrogó o afirmó mientras con el pulgar señalaba hacia fuera, donde el río era apenas visible a través del denso cortinado del granizo y el pavimento se colmaba rápidamente de pelotitas blancas. Las chapas del techo parecían a punto de ceder por encima de cielorraso de madera compensada pintado de un verde bilioso e insano. De vez en cuanto, la luz de un relámpago, repetida y dispersada por cien botellas añejas puestas en fila sobre la inútil heladera de ocho puertas, daba a los parroquianos, el aspecto de monumentos mortuorios mohosos de tanta intemperie en un cementerio de biógrafo.
Don Ramón, como si no importara en absoluto la rebelión de la naturaleza, miraba extinguirse las últimas gotas de la caña. La copa vacía era su pasaje a la intemperie. El reconocimiento de una vida que había terminado con una goleada en contra. Una vida que en los descuentos, no encontraba resignación sino rebeldía.
El forastero, no había hecho ni un amague de invitar.
En cambio, seguía hablando.
-Faltando tan poco para las internas, me parece un tanto raro la poca cantidad de publicidad que he notado en estos pueblitos del litoral. ¡Si usté viera como está Montevideo!- Hablaba, hablaba y seguía hablando. Don Ramón se cuidaba mucho de que el extenso hastío y fastidio que le provocaba el forastero se le trasladara al rostro.
Miró su copa una vez más. Se sintió un poco como un perro vagabundo. Un hijo más de la intemperie. En el mostrador, Felipe lavaba vasos limpios por la pura costumbre de no estar quieto, a la vez que de tanto en tanto, relojeaba el cielorraso buscando nuevas goteras en las uniones de los paneles. Don Ramón miraba hacia fuera por la ventana, mientras hacía como que escuchaba más o menos atentamente. Un perro amarillo y enorme refugiado debajo del banco de la parada de ómnibus, le llamó vagamente la atención y se preguntó donde lo habría conocido. Ahora, su compañero de mesa, atacaba a sus superiores por no pagarle al menos el arrendamiento de un vehículo para estas giras tan fatigosas por el Litoral.
-Y el viejo roñoso, porque hay que ser roñoso para decirme lo que me dijo, muy suelto de cuerpo me salió con que el vehículo en todo caso, era más una comodidad que una necesidad... Don Ramón se desconectó. Volvió a la calle, volvió al granizo. Pensó que era raro que granizara con semejante viento e intentó recordar similares granizadas en medio similares vendavales seguramente ya vividos. No pudo. Se lo impidieron por un lado la cantinela constante del forastero y por otro, su propia incapacidad de rescatar de si mismo los recuerdos, al menos rescatarlos en el momento debido, Se halló inhibido de encontrar en su memoria lo que buscaba. Es como bajar el balde al aljibe y en vez de agua sacar arena, o una tortuga o una jaula. Te volvés viejo y parece que de tu memoria sacás siempre el recuerdo equivocado, como si alguien se divirtiera cambiándote los recuerdos de lugar.
-¿No le parece?- terminaba de preguntarle su compañero de mesa. A Don Ramón, sin haberse ido, le costó volver.
-Da para pensarlo- contestó. Una respuesta que le cabía más o menos certeramente a cualquier pregunta. No en vano le había dedicado una vida entera a la pedagogía.
-Si, tiene razón. Tiene razón mi amigo. ¡Se nota que usted conserva la sal de la sabiduría!- El viejo pensó que viniendo el elogio de ese tipo, era muy probable que tuviera menos valor que un trozo de papel higiénico descartado. Cortésmente, hizo un gesto vago con la cabeza y los hombros, como queriendo decir, "seguramente no es para tanto" . Miró la copa. Vacía. Extinta. Definitivamente terminada. Con ella, se le había acabado su derecho al abrigo del boliche. Se firmaba prácticamente su destierro a la intemperie. A las seis interminables cuadras que le distanciaban de su casa. Los últimos despojos de dignidad que le dejaban tantos años de sutil molienda, por las muelas implacables de la indiferencia fría y el abandono de todos los gobiernos para con él y los de su oficio, le impedían quedarse sentado sin tomar, tanto como la posible ira del Gallego Felipe.
-¿Tiene nietos?- Preguntaba entre tanto el visitante.
Con un atisbo de sonrisa, y en medio de un trueno bastante descomunal, Don Ramón con los dedos de la mano, ante la imposibilidad de hacerse oír entre el estruendo, señaló "dos".
Don Ramón se esperaba una larga perorata sobre nietos o abuelos o lo que fuere, pero el otro, simplemente asintió con la cabeza.
-¡Feliz día entonces!- le dijo con una sonrisa un tanto idiota, como si en vez de felicitarlo, le estuviera leyendo el obituario. - Lo invito a una copa- ¿Qué toma Ron Damón?- dijo el vendedor haciendo uso exactamente del mismo anagrama que el Chavo.
El viejo lo evaluó manso y no demoro nada en confirmar que no había sorna alguna en el anagrama. Sólo prisa. Años de maestro le habían enseñado a leer caras. Su interlocutor ni siquiera se había percatado del error. Durante un segundo fugaz pensó en hacerse rogar, Pero lo descartó. Con los de la ciudad nunca se conoce la exacta duración de las ofertas. Decidió aceptar sin resistencias
-Le acepto una cañita- le contestó con acento monocorde y condescendiente, como haciéndole un favor.
El hombre se giró hacia Felipe que seguía lavando vasos y controlando goteras. -¡Una caña para el amigo y otra Coca para mi!- urgió más que pidió.
Recibido el anhelado convite que lo ponía por un rato a salvo de la intemperie, el viejo maestro condescendió en preguntar.
-Y dígame ¿Qué vende usted después de todo?
-Tarjetas telefónicas de larga distancia, es el nuevo curro en ventas. Con tanto emigrado...-
-Parece un negocio con futuro.- siguió condescendiendo el veterano.
Repentinamente, cesó la granizada y fue como si alguien le hubiera bajado el volumen al la banda sonora del universo. Sólo quedó la voz de Don Ramón, evidenciada, y clara, diciéndole al relamido vendedor montevideano: - Mi nuera tiene un saloncito en la Plaza, ¿Por qué no se da una vueltita por ahí de parte mía? ¿En una de esas quién le dice, eh?-
El agradecimiento por la copa, le había dado un tinte de obsecuencia a sus palabras. O tal vez fue su voz que sonó en un tono más elevado de lo conveniente, como ajustada aún al estruendo del granizo en el techo de chapa, que tan inoportunamente había callado.
Aunque el forastero no se percató, la temperatura pareció bajar un par de grados, y el silencio se tornó ominoso.
Desde la barra, un parroquiano lo miró con una desaprobación, rayana en el desprecio.
Felipe llegaba ya con la caña de Ramón.
Una caña exigua, cortita, irreverente.
Servida escasa como si él, en vez de un maestro jubilado, fuera una copera de quilombo.
Germán Queirolo Tarino.
A los abuelos solos, estén donden estén.
Se tomaba la caña más lenta de la historia universal
Tenia dinero para una sola, para una única caña que debía prologarse cuando menos, hasta que el temporal de viento y agua helada, amainara lo suficiente, como para permitirle llegar hasta su casa sin riesgo de ser arrastrado al río.
Tenía languidez y el alcohol de alguna manera la agudizaba como un hierro clavándose en el esófago.
Un perro gordo como una foca saciada, respiraba pausadamente mientras dormía soñando seguramente con escenas de caza, a la vez que movía inequívocamente las patas, en un espasmo que se parecía más a un estertor agónico que al recuerdo onírico de una persecución emocionante.
El olor era rancio. El encierro al que obligaba la inclemencia inaudita del temporal, sumada a vaho de los abrigos de paño secándose presurosamente al calor de la estufa de chapa que aún a pesar del óxido y los aditamentos funcionales, seguía perseverando en parecerse a un calefón. Tres menos cuarto de la tarde y los minutos parecían hormigas de hierro aferrándose al minutero como para retenerlo eternamente en su lugar.
Por las hormigas de hierro su caña era tan larga.
Ramón no sabía donde fijar la vista mientras la caña bajaba lentamente, más por evaporación que por ingestión.
Mirara para donde mirara, se topaba con un recuerdo vivo de un momento muerto. El tono pardo del entorno, no favorecía precisamente a la alegría. La electricidad había desparecido de todos los cables, cuando un gajo de eucaliptus de respetable tamaño, cayó sobre las líneas eléctricas que alimentaban la Zona del Puerto.
Gardel se había ido con la corriente, y la luz, amortiguada indudablemente por las innumerables cagadas de las moscas, se había ido también de ese boliche tan triste sin Gardel.
Un antiquísimo almanaque de Pablo Ferrando informaba a nadie, que cabía la posibilidad de que hoy fuera 19 de Junio. Día de Artigas, Día del Abuelo. Martes, por más datos. Se alegró vagamente de que los chiquilines no hubieran tenido que ir a la escuela con semejante día y de paso aprovechó para putearse a si mismo, por haber cedido a la tentación de un claro entre las nubes para largarse hasta el boliche a la búsqueda de una caña y un silencio.
Ahora, preso de la inclemencia del tiempo, el silencio le atosigaba el ánimo y la artritis tocaba en sus huesos, la dolorosa melodía de la humedad.
Sentado en la mesa de la ventana, maldecía su imprudencia. Hacía años que debería haber aprendido a desconfiar de las cosas efímeras como un claro entre las nubes. Las esperanzas al pedo son las peores de las cosas al pedo que hay en el mundo, se recordó con malintencionado cinismo.
A medida que los años se hacían más importantes que los sueños, se daba cada vez más frecuentemente al soliloquio. Casi siempre podía mantenerlo de la boca para adentro, pero a veces no y se avergonzaba de sorprenderse a si mismo, susurrando a solas como un demente.
También a medida que envejecía, se sorprendía sin sorpresa, del cinismo sin límites que se dedicaba a si mismo. "Me trato mal", pensó. Y a continuación : "Sos un viejo de mierda, ¿qué tanto cambia tratarte bien o mal?" Miró la caña hoscamente, se llevó la copa mínima a los labios y se los humedeció apenas. Tres menos cinco. Las hormigas de fierro hacían bien su trabajo de enlentecer el tiempo.
Un minuto después pasó el ómnibus que venía de la Agraciada. Recuerdo de lo que alguna vez fue ONDA, Ramón no dejaba jamás de preguntarse como era posible que no se le cayeran los pedazos entre los baches y la falta de pintura. Todavía podía distinguirse el viejo galgo debajo de la aguachenta mano de verde cotorra que le habían dado por encima. Pero puntual como pocos, pocos podías poner en hora el reloj, escuchando los pedos mecánicos del motor GM. "Los viejos no olvidamos fácil lo que aprendimos difícil" pensó Ramón. Y el pensamiento le disparó otra avalancha de recuerdos. Con chirridos de aire, y ruido de huesos, el viejo bus se detuvo mismo en la puerta del boliche. La proximidad del puerto, lo hacía una parada frecuente de infrecuentes pasajeros. Dos hombres vestidos de forma humilde, con cierto aire gauchesco, se pusieron de pie con parsimonia, agarraron del perchero los abrigos y sombreros y salieron a la inclemente garganta de la intemperie, mientras caminando hacia el ómnibus como si ninguno de los tres tuviera apuro. Como sino cayeran un diluvio de agua y soplara tan fuerte el viento, como para arrastrarlos como pajas hasta las aguas revueltas del Uruguay insomne.
Se habían ensopado antes de llegar a la mitad de la calle, por arriba y por abajo, como era de esperar con tanto pozo. El perro a unos metros de la estufa, estiró una pata y se tiró un sonoro pedo que pareció haber esperado el oportuno silencio, como un político que espera una pausa entre los aplausos para reafirmar alguna idea luminosa y seguramente ajena. El Gallego Felipe lo miró con indiferencia y murumró un par de palabras en un dialecto cerrado e impenetrable a los años de convivencia criolla. ¿Una puteada al perro en una de esas? ¿O lo habrá felicitado por tirarse el pedo mejor ubicado de la tarde? Felipe con la lluvia, se nublaba como camuflajeándose con el tiempo. Se ponía anodino y a la vez malhumorado. Ramón desde su mesa, miró su caña con respeto reflexivo y apuró un trago algo más largo de lo que era conveniente a sus intereses.
La puerta del boliche se abrió nuevamente. Ramón levantó la mirada, esperanzado con que fuera algún conocido con coche, que pudiera arrimarlo después hasta su casa, salvándolo de la humillación de hacer tiempo con el vaso vacío y una sola entre pecho y espalda. O tal vez algún ex alumno de los pocos que aún quedaban en el pueblo.
Pero era evidentemente un forastero.
Munido una inopinable cara de vendedor de intangibles y vestimenta al tono, mostró en su rostro un cambio de expresión interesante al cinismo de Ramón que sonrió para si mismo. Hasta que llegó al umbral mismo de la puerta del boliche, el rostro reflejaba algo parecido a la desesperación pero más sórdido. Como si el tipo pensara que la ropa podía disolvérsele con la lluvia dejándolo en pelotas allí mismo. O tal vez luciendo unos boxers con corazoncitos rojos que insolubles en agua, perseverarían en mostrarse vergonzosamente ridículos para siempre jamás.
Al atravesar la puerta, puso una cara de transición. Por un momento, despojado de la máscara del miedo pareció casi humano, pero aún antes de haber de haber metido apenas la rodilla adentro de las paredes del boliche, que le debieron parecer seguramente acogedoras en comparación con la inclemencia de afuera, ya su cara había asumido el gesto profesional del vendedor conspicuo, convencido y convincente. Los veteranos lo miraron con una curiosidad que en ningún caso les llegó a los ojos. Los viejos habían aprendido que dejar que la curiosidad se les asomara al balcón de la mirada, podría acarrear desagradables calificativos de viejo verde o viejo loco. Preferían prudentemente mantener la actitud y reservarse el gesto. El forastero llegó hasta el mostrador con pasos un tanto acuosos.
-¿Un teléfono?- Preguntó el insensato, sin siquiera haber saludado previamente. Felipe le contesto algo en voz baja e inteligible.
¿El qué?-preguntó el forastero nuevamente.
-¡Coño, hombre que no hay! -se expresó Felpe en un lenguaje casi humano y agregó un tanto incongruente -¿Nove quenotenemusluz?-
El vendedor abrió la boca como para responder algo ingenioso, pero algo en la cara de Felipe hizo que lo pensara mejor y cerró la boca un tanto repentinamente. El Gallego miraba hacia ninguna parte directamente a través de él.
-¿Un café puede ser?- volvió a hablar, con su alegre firmeza de exhibidor ambulante, algo opacada por el anterior fracaso.
Felpe lo miró y abrió la boca como para explicarle la Ley de la Gravedad. Pero optó por la versión breve y descortés
-No hombre, ¡ya le dije que no tenemusluz!-
El perro se tiró otro pedo.
Otro pedo oportunistamente ubicado en un silencio.
-¿Una Coca Cola light? -preguntó con indudable tono de derrota.
-Mientas que no la quiera fría -
-No, natural está bien, ¿Puedo usar el baño por favor?-consultó.
El Gallego lo escrutó con la mirada como para preguntarle para que lo quería. Probablemente estuvo a punto de preguntarle, pensó Ramón para si mismo.
-Cruzando el patio a la derecha.- señaló Felipe con el pulgar de la mano izquierda, mientras con la derecha ponía un dejaba la botella sobre el mostrador.
Afuera arreciaba la lluvia mientras que adentro, en el vaso de Ramón, menguaba la caña alarmentemente. El viejo sintió una punzada de pánico. Felipe no se destacaba precisamente por el buen humor o la paciencia los días de lluvia. El vendedor volvió del patio mucho más mojado que antes.
Agarró la Coca Cola y el vaso, y miró hacia la pared en búsqueda vana de una mesa.
Ramón le hizo un gesto convidándolo a compartir la suya.
Alguno de los parroquianos lo miró con cierta severidad exenta de sorpresa. No eran gente dada a tratos con forasteros ni a confianzas. Muchos de ellos, aún tenían el facón atravesado a la cintura y el silencio atravesado a la palabra.
La artritis le serruchó los huesos húmeros como a Vallejo. Deseó poder apretar los dientes que casi no tenía. Pasó el dolor antes de que el forastero hubiera caminado los cinco pasos que separaban su mesa del mostrador mastodónico y antediluviano.
-Siéntese- le dijo Ramón lacónicamente mientras se miraba las uñas, un tanto avergonzado.
-Oscar Pérez- murmuro el otro, contestando a una pregunta que no había sido formulada aún y probablemente no lo hubiera sido nunca.
-¿Vendedor verdad?- preguntó Ramón con más cara de solicitud que la que ameritaba el escaso interés que le despertaba la vida del tipo.
-¿Cómo lo supo?- cara de asombro ingenuo por parte de su interlocutor.
Ramón omitió toda referencia a ese como que quedaría ignoto.
-Ramon Medina, maestro jubilado- se presentó como si la mención de su oficio, lo explicara todo,
-¿De por acá?- preguntó el forastero colmando la capacidad de asombro de Ramón ante lo idiota de la pregunta. Tentado estuvo de contestar "No, de Nueva York, pero vengo siempre a este boliche a esperar el Pan Am. Luego pensó que el forastero podía pagarle otra caña y prefirió ser sumiso.
-De por acá, y nací a escasas tres leguas del pueblo y seguramente me entierren a otras tantas-
contestó y se sumergió nuevamente en el silencio.
Pero no hay citadino que soporte mucho rato el silencio.
Un trueno enorme hizo vibrar los vidrios y a punto estuvo de despertar del todo al perro, que abrió un ojo con expresión soporífera, se rascó dos o tres veces displicentemente como si quisiera aprovechar de alguna manera útil sus breves segundos de desvelo y volvió a quedar dormido como piedra. Quieto como si estuviera embalsamado. Varios hombres, que esperaban otro pedo, lo miraron con cierta desazón.
-¡Qué día más espantoso!- comentó el forastero. -Todavía me quedan como cinco pueblos más para recorrer y tenía una entrevista como un cliente que tendré que cancelar, mi celular se quedó sin batería, y el simpático barman hispánico, no se mostró muy interesado en decirme donde puedo conseguir un teléfon. En fin, que se joda. No puedo hacer milagros. Aunque lo más probable es que la venta se me caiga. ¿Vió como son esas cosas? Por una negocio de un par de miles de pesos, uno tiene que rendirle pleitesía a los clientes como si les estuvieras ofreciendo un Mercedes Benz. ..-
Don Ramón acompañaba con un leve gesto afirmativo, apenas perceptibles, como para que ninguno de los muchachos lo notara, la cháchara climático comercial del recién llegado. Hábil jugador, nada podía leerse en sus ojos. Ni siquiera desinterés. No quería claudicar. No quería que los demás pensaran que le sobaba el lomo al forastero para hacerse pagar una copa. Sobre todo, no quería creerlo él mismo.
Como para confirmar la afirmación del vendedor sobre lo aciago del día, apenas este finalizó su comentario comenzó a granizar. El veterano miró hacia fuera con gesto a la vez indiferente y desolado.
El perro echado, elevó una oreja hacia el sonido del granizo en el techo, luego volvió a bajarla y continuó soñando que era joven.
-¡Pero la puta madre que lo parió!, mire eso, mire eso, graniza como Dios quisiera exterminar a pedradas este pueblo miserable. ¿Se da cuenta? ¿Y ahora que hago? ¿Queda muy lejos ANTEL?
-No mucho. -Sonrió Don Ramón para sus adentros disfrutando sin saber porqué de la amargura del tipo, -Nueve, diez cuadras, en el centro.-
El extraño giró su cabeza hacia él haciendo gala de una mirada vidriosa y desolada. Se mesó los cabellos, miró la el maletín que había dejado a su lado en el piso, lo levantó, lo abrió, quedando oculto de Don Ramón por la tapa. Miró dentro, hurgó entre las tripas del portafolio buscando algo. Su centro, pensó Don Ramón, este tipo está buscando su centro entre los papeles idiotas lleva ahí. El maletín fue cerrado con un golpe seco y áspero. Surgió nuevamente a la vista de Don Ramón el rostro del forastero, recompuesto, nuevo, confiado. Sea lo que fuere que buscaba dentro del maletín, el viejo maestro pensó que parecía haberlo encontrado. El maletín descendió nuevamente hacia los confines del piso de tablas.
-Y bue, ¡Joderse!- comentó- Contra la naturaleza no se puede.- Usted debe haber visto unas cuantas de estas - Interrogó o afirmó mientras con el pulgar señalaba hacia fuera, donde el río era apenas visible a través del denso cortinado del granizo y el pavimento se colmaba rápidamente de pelotitas blancas. Las chapas del techo parecían a punto de ceder por encima de cielorraso de madera compensada pintado de un verde bilioso e insano. De vez en cuanto, la luz de un relámpago, repetida y dispersada por cien botellas añejas puestas en fila sobre la inútil heladera de ocho puertas, daba a los parroquianos, el aspecto de monumentos mortuorios mohosos de tanta intemperie en un cementerio de biógrafo.
Don Ramón, como si no importara en absoluto la rebelión de la naturaleza, miraba extinguirse las últimas gotas de la caña. La copa vacía era su pasaje a la intemperie. El reconocimiento de una vida que había terminado con una goleada en contra. Una vida que en los descuentos, no encontraba resignación sino rebeldía.
El forastero, no había hecho ni un amague de invitar.
En cambio, seguía hablando.
-Faltando tan poco para las internas, me parece un tanto raro la poca cantidad de publicidad que he notado en estos pueblitos del litoral. ¡Si usté viera como está Montevideo!- Hablaba, hablaba y seguía hablando. Don Ramón se cuidaba mucho de que el extenso hastío y fastidio que le provocaba el forastero se le trasladara al rostro.
Miró su copa una vez más. Se sintió un poco como un perro vagabundo. Un hijo más de la intemperie. En el mostrador, Felipe lavaba vasos limpios por la pura costumbre de no estar quieto, a la vez que de tanto en tanto, relojeaba el cielorraso buscando nuevas goteras en las uniones de los paneles. Don Ramón miraba hacia fuera por la ventana, mientras hacía como que escuchaba más o menos atentamente. Un perro amarillo y enorme refugiado debajo del banco de la parada de ómnibus, le llamó vagamente la atención y se preguntó donde lo habría conocido. Ahora, su compañero de mesa, atacaba a sus superiores por no pagarle al menos el arrendamiento de un vehículo para estas giras tan fatigosas por el Litoral.
-Y el viejo roñoso, porque hay que ser roñoso para decirme lo que me dijo, muy suelto de cuerpo me salió con que el vehículo en todo caso, era más una comodidad que una necesidad... Don Ramón se desconectó. Volvió a la calle, volvió al granizo. Pensó que era raro que granizara con semejante viento e intentó recordar similares granizadas en medio similares vendavales seguramente ya vividos. No pudo. Se lo impidieron por un lado la cantinela constante del forastero y por otro, su propia incapacidad de rescatar de si mismo los recuerdos, al menos rescatarlos en el momento debido, Se halló inhibido de encontrar en su memoria lo que buscaba. Es como bajar el balde al aljibe y en vez de agua sacar arena, o una tortuga o una jaula. Te volvés viejo y parece que de tu memoria sacás siempre el recuerdo equivocado, como si alguien se divirtiera cambiándote los recuerdos de lugar.
-¿No le parece?- terminaba de preguntarle su compañero de mesa. A Don Ramón, sin haberse ido, le costó volver.
-Da para pensarlo- contestó. Una respuesta que le cabía más o menos certeramente a cualquier pregunta. No en vano le había dedicado una vida entera a la pedagogía.
-Si, tiene razón. Tiene razón mi amigo. ¡Se nota que usted conserva la sal de la sabiduría!- El viejo pensó que viniendo el elogio de ese tipo, era muy probable que tuviera menos valor que un trozo de papel higiénico descartado. Cortésmente, hizo un gesto vago con la cabeza y los hombros, como queriendo decir, "seguramente no es para tanto" . Miró la copa. Vacía. Extinta. Definitivamente terminada. Con ella, se le había acabado su derecho al abrigo del boliche. Se firmaba prácticamente su destierro a la intemperie. A las seis interminables cuadras que le distanciaban de su casa. Los últimos despojos de dignidad que le dejaban tantos años de sutil molienda, por las muelas implacables de la indiferencia fría y el abandono de todos los gobiernos para con él y los de su oficio, le impedían quedarse sentado sin tomar, tanto como la posible ira del Gallego Felipe.
-¿Tiene nietos?- Preguntaba entre tanto el visitante.
Con un atisbo de sonrisa, y en medio de un trueno bastante descomunal, Don Ramón con los dedos de la mano, ante la imposibilidad de hacerse oír entre el estruendo, señaló "dos".
Don Ramón se esperaba una larga perorata sobre nietos o abuelos o lo que fuere, pero el otro, simplemente asintió con la cabeza.
-¡Feliz día entonces!- le dijo con una sonrisa un tanto idiota, como si en vez de felicitarlo, le estuviera leyendo el obituario. - Lo invito a una copa- ¿Qué toma Ron Damón?- dijo el vendedor haciendo uso exactamente del mismo anagrama que el Chavo.
El viejo lo evaluó manso y no demoro nada en confirmar que no había sorna alguna en el anagrama. Sólo prisa. Años de maestro le habían enseñado a leer caras. Su interlocutor ni siquiera se había percatado del error. Durante un segundo fugaz pensó en hacerse rogar, Pero lo descartó. Con los de la ciudad nunca se conoce la exacta duración de las ofertas. Decidió aceptar sin resistencias
-Le acepto una cañita- le contestó con acento monocorde y condescendiente, como haciéndole un favor.
El hombre se giró hacia Felipe que seguía lavando vasos y controlando goteras. -¡Una caña para el amigo y otra Coca para mi!- urgió más que pidió.
Recibido el anhelado convite que lo ponía por un rato a salvo de la intemperie, el viejo maestro condescendió en preguntar.
-Y dígame ¿Qué vende usted después de todo?
-Tarjetas telefónicas de larga distancia, es el nuevo curro en ventas. Con tanto emigrado...-
-Parece un negocio con futuro.- siguió condescendiendo el veterano.
Repentinamente, cesó la granizada y fue como si alguien le hubiera bajado el volumen al la banda sonora del universo. Sólo quedó la voz de Don Ramón, evidenciada, y clara, diciéndole al relamido vendedor montevideano: - Mi nuera tiene un saloncito en la Plaza, ¿Por qué no se da una vueltita por ahí de parte mía? ¿En una de esas quién le dice, eh?-
El agradecimiento por la copa, le había dado un tinte de obsecuencia a sus palabras. O tal vez fue su voz que sonó en un tono más elevado de lo conveniente, como ajustada aún al estruendo del granizo en el techo de chapa, que tan inoportunamente había callado.
Aunque el forastero no se percató, la temperatura pareció bajar un par de grados, y el silencio se tornó ominoso.
Desde la barra, un parroquiano lo miró con una desaprobación, rayana en el desprecio.
Felipe llegaba ya con la caña de Ramón.
Una caña exigua, cortita, irreverente.
Servida escasa como si él, en vez de un maestro jubilado, fuera una copera de quilombo.
Germán Queirolo Tarino.
24 de Junio Homenaje a Gardel
Lejana tierra mía,
Bajo tu cielo
Bajo tu cielo.
Quiero morirme un día
Con tu consuelo
Con tu consuelo.
Botija:
69 años. Lindo pa jugarle en redoblona con el 24 ¿No?
Voy a tratar de no esgunfiarte con el mismo, misterio tan ajado por el uso, de tu principio incierto y tu final en un imprevisto y desconcertante.
¿Qué sentido tiene para mi, con cuarenta y un pirulos, preocuparme de si Tacuarembó o Tulusse, de si el tiroteo en el avión o un piloto increíblemente irresponsable? ¿Qué importa a esta altura todo eso?
Tabas ahí cantando en algún boliche la misma tarde en que yo vine al mundo. Confortando el dolor de un desaliento o tal vez nomás, acompañando un partido de truco, con tu voz de jazmín arrabalero, tu acento intemporal, tu palabra de vereda, gayola y puñal. Y flor y de mina y perro sarnoso e infeliz y de purrete que por toda esperanza, no tiene más que la de salir del suburbio para el centro y cantar como vos.
Con esa voz, tu voz que es la voz que todos aquellos que nacimos, por la gracia o desgracia de Dios en las orillas de este Río Como Mar, reconocemos.
La única entre todas las voces que no podemos confundir ¿Sabés Carlitos?
Todos acá nacemos con tu voz agarrada del tuétano de los huesos, con tu voz grabada en los pliegues de la mente y el alma, con tu voz inigualable impresa como un dato más entre todos aquellos, que nos permiten, respirar, caminar, almentarnos.
Argentinos y Uruguayos, somos de alguna manera como un disco tuyo.
Tu voz la llevamos grabada, no en los duros surcos trazados en la pasta o el vinilo, o en la película fotosensible de un compacto, o en los magnéticos misterios de la grabación magnetofónica.
Tu voz está grabada en otro surco muy distinto y si se quiere indeleble, la conciencia colectiva de estos pueblos. El medio que perpetua tu canto del olvido es tu propia gente y no debe haber mayor honor para un cantor.
Sesenta y nueve años y durante todos los 25185 días que han pasado desde Medellín a hoy, no ha pasado un sólo sin que al menos una radio haya pasado una canción o un tango tuyo. No ha pasado un solo día sin que al menos un tipo haya tarareado distraído, un tango tuyo mientras, mientras barre Corrientes en la helada madrugada de julio, o mientras acomoda diarios en la Plaza Cagancha, o mientras y mientras y mientras.
Decime, ché Carlitos ¿Hay otro igual allá en donde estás vos?
¿Hay otro cantor tan recordado en tiempo presente?
¿Hay otro que se escuche tanto, y escuchándose nos escuche a todos y escuchándote se escuche en él un pueblo entero?
Perdoná el tuteo, pero ¿Sabés? Me crié contigo. Me acompañó tu voz en tantas vueltas de esta vida, que no hay nada ni bueno ni malo, que si lo pienso bien, no te recuerde.
Después de todo, hace cuarenta años que nos conocemos. Ya estabas acá cuando llegué y seguirás seguro estando cuando me raje, Y estarás seguramente, mucho más de lo que yo habré estado en toda mi vida junta.
Algún día te hará justicia el diccionario.
Algún día al lado de la palabra "Rioplantense" dirá: Persona que reconoce inmediatamente la voz de Gardel entre todas las voces.
Salinas
23 - 06 -04
Bajo tu cielo
Bajo tu cielo.
Quiero morirme un día
Con tu consuelo
Con tu consuelo.
Botija:
69 años. Lindo pa jugarle en redoblona con el 24 ¿No?
Voy a tratar de no esgunfiarte con el mismo, misterio tan ajado por el uso, de tu principio incierto y tu final en un imprevisto y desconcertante.
¿Qué sentido tiene para mi, con cuarenta y un pirulos, preocuparme de si Tacuarembó o Tulusse, de si el tiroteo en el avión o un piloto increíblemente irresponsable? ¿Qué importa a esta altura todo eso?
Tabas ahí cantando en algún boliche la misma tarde en que yo vine al mundo. Confortando el dolor de un desaliento o tal vez nomás, acompañando un partido de truco, con tu voz de jazmín arrabalero, tu acento intemporal, tu palabra de vereda, gayola y puñal. Y flor y de mina y perro sarnoso e infeliz y de purrete que por toda esperanza, no tiene más que la de salir del suburbio para el centro y cantar como vos.
Con esa voz, tu voz que es la voz que todos aquellos que nacimos, por la gracia o desgracia de Dios en las orillas de este Río Como Mar, reconocemos.
La única entre todas las voces que no podemos confundir ¿Sabés Carlitos?
Todos acá nacemos con tu voz agarrada del tuétano de los huesos, con tu voz grabada en los pliegues de la mente y el alma, con tu voz inigualable impresa como un dato más entre todos aquellos, que nos permiten, respirar, caminar, almentarnos.
Argentinos y Uruguayos, somos de alguna manera como un disco tuyo.
Tu voz la llevamos grabada, no en los duros surcos trazados en la pasta o el vinilo, o en la película fotosensible de un compacto, o en los magnéticos misterios de la grabación magnetofónica.
Tu voz está grabada en otro surco muy distinto y si se quiere indeleble, la conciencia colectiva de estos pueblos. El medio que perpetua tu canto del olvido es tu propia gente y no debe haber mayor honor para un cantor.
Sesenta y nueve años y durante todos los 25185 días que han pasado desde Medellín a hoy, no ha pasado un sólo sin que al menos una radio haya pasado una canción o un tango tuyo. No ha pasado un solo día sin que al menos un tipo haya tarareado distraído, un tango tuyo mientras, mientras barre Corrientes en la helada madrugada de julio, o mientras acomoda diarios en la Plaza Cagancha, o mientras y mientras y mientras.
Decime, ché Carlitos ¿Hay otro igual allá en donde estás vos?
¿Hay otro cantor tan recordado en tiempo presente?
¿Hay otro que se escuche tanto, y escuchándose nos escuche a todos y escuchándote se escuche en él un pueblo entero?
Perdoná el tuteo, pero ¿Sabés? Me crié contigo. Me acompañó tu voz en tantas vueltas de esta vida, que no hay nada ni bueno ni malo, que si lo pienso bien, no te recuerde.
Después de todo, hace cuarenta años que nos conocemos. Ya estabas acá cuando llegué y seguirás seguro estando cuando me raje, Y estarás seguramente, mucho más de lo que yo habré estado en toda mi vida junta.
Algún día te hará justicia el diccionario.
Algún día al lado de la palabra "Rioplantense" dirá: Persona que reconoce inmediatamente la voz de Gardel entre todas las voces.
Salinas
23 - 06 -04
Madre (cuento)
Madre.
-Madre, quédese tranquila, ahora está en manos de la Doctora, ella se encargará de todo.- La enfermera trataba en vano de tranquilizar a Teresa, que veía insinuada tras la cortina la silueta indefensa de Manuel. Nunca le pareció más indefenso su pequeño hijo.
Una mujer policía, de guardia en la sala de urgencias, tomó a Teresa del brazo, y la arrastró suavemente hacia la sala de espera que lucía entre lúgubre y espartana.
Teresa, llorando mansamente la dejó hacer.
La policía se sentó a su lado y le acarició silenciosamente los cabellos una y otra vez. En silencio, una y otra vez. El llanto de Teresa fue cesando tan lento como una puesta de sol.
En la pared un reloj tan espartano como el resto de la decoración arrastraba el minutero sin apuro ninguno.
Desde la puerta de la Sala de Urgencias, llegaban sólo sonidos tranquilizadores. Voces de enfermeras preguntándose o contestándose sobre temas intrascendentes, alguna carcajada un tanto reprimida, sonidos cotidianos, tranquilizadores.
Teresa inconscientemente trataba de asirse a esos sonidos, como un náufrago lo haría de un piano de cola que pasara flotando a su lado.
Intentó encontrar la voz de su hijo entre las voces que provenían del otro lado de la puerta entornada. Aguzó el oído hasta que pareció que el pabellón de la oreja se le agrandaba. Nada de nada. Sólo el ronroneo feliz de las enfermeras.
Una de las enfermeras le comentaba a una compañera algo sobre una malla que le quedaba demasiado chica. La mente de Teresa intentó evadirse hacia el verano, más allá del viento que estremecía las ventanas y le recordaba que estaba a ciento ochenta días de distancia.
La caricia de la mujer policía pareció acentuarse. Teresa presintió que ahora vendría una especie de interrogatorio. Buscó desesperadamente una excusa para postergarlo. En su campo mental apareció clara, nítida la imagen de una cometa recortada contra un cielo increíblemente celeste, increíblemente estival. Nada aprovechable para eludir las preguntas que se venían.
Descartó el inútil barrilete de un plumazo.
-Su pareja es el padre biológico del niño?- Disparó a quemarropa la policía.
Teresa sintió una oleada de vértigo acompañada por nauseas. Se le nubló la vista.
-No, si, quise decir que no fue él, ¡No fue él! ¡Es el mejor padre del mundo!-
La mujer policía guardó silencio.
Teresa tenía una especie de mohín empecinado. Una cara de capricho infantil.
La policía volvió a la carga:
-¿Alguna vez notó conductas extrañas en el niño? ¿Silencios prolongados sin justificación? ¿Miedo a quedarse a solas con su padre o con otro adulto? –
-No.-
-Piénselo bien,- insistió la policía – no conteste a la ligera, se que es doloroso pero intento ayudar.-
Un repentino llanto de bebé rasgó en dos el silencio de la noche. Duró no más de tres o cuatro segundos y cesó tan repentinamente como había comenzado. La mujer policía saltó visiblemente, como si la hubieran pinchado. Teresa, apenas si se movió.
-¿Lo pensó mejor? ¿No recuerda absolutamente ningún hecho fuera de lo común? - insistió la agente. Las caricias no habían cesado pero ahora a Teresa ya no le resultaban reconfortantes. Por el contrario, las sentía cínicas, interesadas. Sacudió brevemente la nuca como para deshacerse del contacto. La otra pareció entender. Retiró la mano de la cabeza de Teresa y buscó una libretita en el bolsillo del gabán.
Un block pequeñito con una bandita elástica enrollada alrededor. Enganchada a la banda elástica, venía un bolígrafo y enganchado al bolígrafo, una caja de cigarrillos que se cayó esparciendo por el suelo de baldosas grises buena parte de su contenido. Teresa contó los cigarrillos caídos como si eso tuviera alguna importancia. Uno, dos, tres.. cua..cin. sei... La agente los juntó displicentemente y sin volverlos al paquete se los guardó en el bolsillo izquierdo.
Teresa pensó en su hijo. Tenía la costumbre de alcanzarle los cigarrillos a su marido cada vez que él se cambiaba por cualquier motivo de habitación. Tenía, se recalcó para si misma. Hace un tiempo que había dejado de hacerlo. ¿Sería acaso que evitaba quedarse a solas con él? No, se dijo tajantemente como quien cierra un libro interesante porque ya es demasiado tarde como para seguir leyendo y mañana hay que trabajar.
-¿Cuatro años tiene el niño? ¿No es así?-
-Si, los cumplió en mayo, el dos de mayo.- contestó Teresa, y agregó –Su padre le regaló una pista de autos, estaba feliz con su pista de autos.-
Estaba, pensó Teresa, pero desde hace un tiempito ¿Un mes? ¿algo más? Parecía haber perdido todo interés en el juguete. ¿Sólo en el juguete?. – Teresa movió la cabeza en un repentino gesto negativo, tratando de apartar de si misma pensamientos ominosos.
-¿Tiene alguna foto del niño con usted Teresa?-
Silenciosamente abrió su cartera, hurgó entre los compartimientos, sacó un sobre y lo abrió amorosamente. Sacó del sobre una foto de Manuel en la playa. Sentado en la arena y rodeado de moldes multicolores. El niño lucía una sonrisa radiante. Con la mano derecha sostenía un rastrillo de plástico amarillo. La izquierda la tenía sobre los ojos a modo de visera. Tenía las piernas extendidas hacia delante, en una postura que a un adulto le resultaría increíblemente incómoda. La uniformada sonrió levemente respondiendo a la irresistible sonrisa del niño. Al pie de la foto, se veía la sombra de la cabeza del fotógrafo. La mujer pensó para si misma, que ese niño estaba expuesto al sol antes de la hora permitida, por la inclinación del sol de la que la sombra hablaba. Se cuidó bien de comentarlo.
En cambio preguntó:
-¿Es de este verano?-
Teresa asintió con la cabeza. Estaba perdida en el verano. Manuel adoraba ir a la playa. Esperaba a que papá regresara del trabajo, sentado en un banquito de madera con el short puesto y los juguetes guardados en una bolsa de malla de aquellas que hace añares se usaban para hacer los mandados y que familiarmente eran llamadas “chismosas”.
-¿Suele tener pesadillas Manuel Señora Teresa?-
Teresa contestó en forma más o menos automática.
-No más que cualquier chico de su edad-
-¿Recuerda alguna en particular que le haya contado?-
Teresa se concentró en recordar.
Desde la Sala de Urgencias le llegó una canción de cuna. Suavecita. Apaciguadora Pero también increíblemente dolorosa. Pasos presurosos. Susurros, silencio.
-Soñó con gallinas que venían a picarle los ojos.- Sonrió Teresa, luego la sonrisa se esfumó como se oculta el sol tras una nube. Luego pasó a la ofensiva
-¿Usted es sicóloga además de policía?-
-Una termina siendo de todo un poco, pero más que nada soy mujer.-
Se abrió la puerta de la sala de espera. Entró un hombre llevando en brazos a una niña de unos cinco años. Morochita, de pelo largo y luciendo en la cara visibles muestras de varicela. El hombre golpeó suavemente la puerta de la urgencia.
La mujer policía los miró por el rabillo del ojo, Teresa creyó observar cierta suspicacia en esa mirada, pero consideró que eran cosas suyas.
La niña sostenía de los pelos la cabeza de una muñeca. A Teresa le hizo recordar una lámina sobre la Revolución Francesa. La asociación de ideas estuvo a punto de arrebatarle una sonrisa. Pero antes de que la sonrisa llegara siquiera a florecer, se interpuso un enorme escudo de dolor, que pareció punzarle detrás de los ojos. La nariz se le llenó de mocos, los ojos de lágrimas, la garganta de un sabor a la vez salobre y amargo.
Se preguntó como era posible todo esto. ¿Cómo si ella estaba hasta hace una hora en su casa y en paz, preparando la cena y escuchando desde el living el audio del teleteatro de la tarde? ¿Y ahora? En la urgencia del hospital, soportando el interrogatorio y las veladas acusaciones hacia su marido por parte de la mujer policía que hacía la guardia en la sala de pediatría. Su vida parecía haber tomado un curso lúgubre y sorprendente en menos de dos horas. Una alfombra roja de sangre. Un llanto de pánico y ese miedo atroz que le desgarraba las vísceras. La vida te da sorpresas.
-¿Avisó a su marido que traía al niño al hospital?-
-En realidad no le avisé- contestó Teresa- lo llamé al trabajo y ya no estaba así que le dejé un papel en la mesa de la cocina. No se si lo habrá visto, - su voz se quebró en un sollozo.- es tan distraído para esas cosas. – Luego musitó en forma apenas audible –Dios mío, Dios mío. –
La agente insistió
-Teresa ¿No cree que su marido ya tuvo tiempo suficiente de venir al hospital? ¿Le explicó en la nota lo que le sucedió al niño?-
Teresa estalló en sollozos nuevamente. Asintió, negó, volvió a asentir. La mujer policía sacó un bollo de pañuelos descartables del un bolsillo de su gabardina. Se lo pasó a Teresa. Le temblaban tanto las manos que le costó agarrarlos. Se quedó empuñándolos sin intentar siquiera secarse los ojos o sonarse.
Repentinamente un recuerdo sacudió su memoria como un tiro.
Manuel pidiéndole que fuera ella a buscarlo al jardín. Ella no su papá.
Cuando le preguntó el motivo, el niño evadió contestar. Un escalofrío le recorrió la espalda. El sudor se le congeló en la piel. Otro recuerdo acudió tras el primero: Manuel llorando para no ir a dormir la siesta con su padre el Domingo pasado. Las piezas parecían encajar en un rompecabezas imposible y desgarrador.
La policía la miraba fijamente como alentándola a hablar.
-Se le lee en la cara que acaba de recordar algo- Le dijo, seria, con una mirada de comprensión indescriptible. -¿Qué fue?- Preguntó.
-No quiere dormir la siesta con su papá.- Lo dijo sin mucha convicción- Antes iba contento a dormir la siesta, o tal vez no tanto como contento pero iba. Ahora llora desconsoladamente.-
-¿Siempre duerme con él?- ¿Solo con él?-
El “solo con él” sonó ominoso. Quedó flotando en el silencio de la sala de espera como una flecha que busca destino.
Teresa se defendió.
-Lo hace sonar como si fuera un crimen como si yo fuera una total irresponsable por dejar que el niño duerma con su pad.. , con ese tipo.- Se ofuscó Teresa.
-Si hubiera visto las cosas que yo vi..-
-Sí. Supongo. –Vaciló y añadió –Disculpe.-
Una enfermera abrió la puerta. Teresa saltó casi del duro banco de madera pintado de gris claro. Pero la mujer llamó al padre de la niña con varicela. Le dijo algo en voz baja mientras le sonreía a la niña de la muñeca decapitada. Entraron. La puerta se cerró con un leve chirrido de bisagras hambrientas. Teresa no pudo contener un sollozo.
-¿A que hora salió de su casa?- Interrogó la mujer policía.
-Hará más o menos tres horas. Dos y media, no se, en todo caso más de dos.-
-Su marido tuvo sobrado tiempo de llegar. ¿No le parece?-
Teresa volvió a llorar.
Asintió con la cabeza.
La agente se levantó.
-En seguida vuelvo, tengo que hacer una llamada.-
-¿Lo van a salir a buscar?- Preguntó Teresa.
La mujer se encogió de hombros. Sus facciones aparecían pétreas.
-Eso no depende de mi, nada más voy a dar cuenta.-
Teresa suspiro profunda y desgarradoramente.
Diez segundos después estaba a solas.
Te vi por la ventana esmerilada, fatigado aún de haber subido corriendo la escalera del hospital.
El corazón me late misteriosamente adentro de la cabeza.
Estabas parada ante la puerta entreabierta que daba a la sala de urgencias. Cuando entré me miraste y no reconocí esa mirada.
Hasta hoy, pensé que en tantos años de matrimonio, todo nuestro stock de miradas estaba agotado y que difícilmente vería una nueva. Pero la vi. Y demoré veinte segundos en percatarme de que me mirabas con un odio tan intenso que me hiciste sentir miedo.
Un hálito de hielo parecía rodearte. Pareciste crecer, ensancharte, alargarte de puro odio. Me acerqué a preguntarte que pasaba, como estaba el nene, que tan grave, pero apenas había andado dos pasos hacia ti, tu mirada se volvió de hielo y fuego y me murmuraste entre dientes “¡Hijo de mil putas!”
No sabía que decirte, como explicarte que hubiera querido llegar antes pero la maldita camioneta se hizo rompió en medio de la nada y el Automóvil Club demoró media vida en llegar. No sabía que decirte ni como decirte eso que no sabía.
Tu odio lo llenaba todo. No me dejaba siquiera espacio para moverme. No me dejaba aliento, no me dejaba apenas vida. Quise balbucear alguna explicación sobre mi demora pero todas las palabras estaban muertas entre mi mente y mi garganta en una dislalia a la que dieron vida tu odio y mi pánico. Retrocedí. Sentía lágrimas en los ojos y miedo en el corazón y no podía hacer otra cosa que retroceder.
En ese momento, se abrió del todo la puerta de la emergencia.
Una enfermera que me ignoró absolutamente, te llamó sigilosamente. Tuve miedo de acercarme. El miedo a tu odio superó por lejos la necesidad de tener noticias de nuestro hijo. Me quedé parado como un idiota en medio de la sala de espera, bajo la luz del tubo fluorescente y sintiendo que mis tripas estaban hechas de gelatina y mis piernas de goma y mi garganta de lija gruesa.
La enfermera habló:
-Madre- te dijo- Quédese tranquila, hemos revisado al niño y le hemos descubierto una importante parasitosis intestinal, -lombrices- aclaro por las dudas - que ha originado hemorragias y dolores en el recto y el ano. Ya iniciamos un tratamiento con antiparasitarios, en vista de lo importante de la hemorragia hemos decidido darle una inyección de vitamina B12. En un minuto la doctora vendrá a hablar contigo.-
-Pero ... ¿entonces no lo viol.. ?- Comenzaste a preguntar pero la pregunta se te murió entre los labios.
-¡Nada de eso! ¡Por Dios señora!, sólo lombrices, eso si, deberá tomar importantes medidas de higiene en su domicilio y medicarse tanto usted como el resto de su familia para evitar el ..........-
Las palabras de la enfermera parecían insignificantes ante el asombro que me ocasionaba la certidumbre en la que mi presunción se convertía rápidamente, sentía como se me congelaba el corazón. Tu rostro se transfiguró. El odio dejó paso a otra cosa. Tal vez alivio. No se.
Al fin yo comenzaba a entender tu odio.
Algo se hizo pedazos mientras avanzaba la comprensión. Algo que al romperse me rompía. Me destruía tan rápido que sentí vértigo. Caminé tres, cuatro, cinco pasos y me apoyé en la pared contraria. Por un momento pareció que iba a vomitar, pero tras un breve segundo, la rebelión de mi estómago cesó.
-¿Puedo,... es decir... podemos verlo?- Preguntaste.
Y con la comprensión, el odio que se había hecho neblina primero y luego aire en tus ojos, saltó de vos a mi como una chispa mágica y maligna mientras la enfermera, sonriendo sin percatarse que delante de ella se derrumbaban ocho años de matrimonio y un amor que hasta entonces creí enorme, desaparecía como si alguien hubiera arrancado la hoja en la que estaba escrito, te decía, nos decía:
-¡Cómo no!, Pasen padres nomás, en cinco minutos la doctora estará hablando con ustedes y ya se podrán llevar al niño.-
Te pusiste a llorar y me alegré de que lloraras.
¡No sabés cuanto me alegré de que lloraras!
No pude ni siquiera entrar a verlo. Los policías llegaron en ese momento y me sacaron del hospital sin darme oportunidad de decir nada. Vos creo que intentaste decir algo, pero una milica morocha, que apenas si me miró con desprecio, te hizo callar y te dijo que no te preocuparas en defenderme, que sabía lo que es eso, que cuando aparece el marido siempre las convence de que es inocente pero ellos ya están acostumbrados y lo demás que decía no llegué a oírlo porque los tipos me llevaban afuera a mil por hora mientras discretamente me metían la primera piña en los riñones y me prometían una violación personalizada para esa misma noche. Quise llamar a la enfermera para que les dijera. Quise gritarte que me dejaras en paz y que prefería cien violaciones a una sola palabra tuya en mi defensa. Quise darle un beso a Manuel antes de irme. Quise tantas cosas. Quise la muerte. Pero no pude pedirlas, todo ocurría demasiado rápido y yo todavía tenía una lija en la garganta. Ahora que lo pienso, entre que entré muerto de preocupación y salí destruido de odio, no dije una sola palabra.
Hace horas que estoy encerrado en el calabozo dejando que mi mente discurra una y otra vez, sobre esta pesadilla que se hizo repentinamente realidad.
Como si un rayo hubiera caído sobre mi vida y la hubiera hecho pedazos, dejando apenas este despojo pensante y terriblemente austado, que espera en un calabozo de un metro y medio por uno que se haga el día, sin saber muy bien ni para qué, ni a donde irá una vez que pueda irse.
La violación que me prometieron, aún no ha ocurrido, pero de a ratos, siento a los milicos comentando sobre su inminencia. Espero que no sea más que alharaca para aterrorizarme. Si es así, han tenido total éxito. Estoy aterrorizado.
Durante toda esta noche interminable he pensado mil venganzas. Mil y una.
Pero creo que me conformaré con el divorcio.
Mañana o a más tardar pasado, en cuanto los milicos me suelten, iniciaré los trámites.
Lo único que deseo, es que en tanto no salga de acá, me sigan teniendo incomunicado.
Germán Queirolo Tarino
Salinas 30-06-04
-Madre, quédese tranquila, ahora está en manos de la Doctora, ella se encargará de todo.- La enfermera trataba en vano de tranquilizar a Teresa, que veía insinuada tras la cortina la silueta indefensa de Manuel. Nunca le pareció más indefenso su pequeño hijo.
Una mujer policía, de guardia en la sala de urgencias, tomó a Teresa del brazo, y la arrastró suavemente hacia la sala de espera que lucía entre lúgubre y espartana.
Teresa, llorando mansamente la dejó hacer.
La policía se sentó a su lado y le acarició silenciosamente los cabellos una y otra vez. En silencio, una y otra vez. El llanto de Teresa fue cesando tan lento como una puesta de sol.
En la pared un reloj tan espartano como el resto de la decoración arrastraba el minutero sin apuro ninguno.
Desde la puerta de la Sala de Urgencias, llegaban sólo sonidos tranquilizadores. Voces de enfermeras preguntándose o contestándose sobre temas intrascendentes, alguna carcajada un tanto reprimida, sonidos cotidianos, tranquilizadores.
Teresa inconscientemente trataba de asirse a esos sonidos, como un náufrago lo haría de un piano de cola que pasara flotando a su lado.
Intentó encontrar la voz de su hijo entre las voces que provenían del otro lado de la puerta entornada. Aguzó el oído hasta que pareció que el pabellón de la oreja se le agrandaba. Nada de nada. Sólo el ronroneo feliz de las enfermeras.
Una de las enfermeras le comentaba a una compañera algo sobre una malla que le quedaba demasiado chica. La mente de Teresa intentó evadirse hacia el verano, más allá del viento que estremecía las ventanas y le recordaba que estaba a ciento ochenta días de distancia.
La caricia de la mujer policía pareció acentuarse. Teresa presintió que ahora vendría una especie de interrogatorio. Buscó desesperadamente una excusa para postergarlo. En su campo mental apareció clara, nítida la imagen de una cometa recortada contra un cielo increíblemente celeste, increíblemente estival. Nada aprovechable para eludir las preguntas que se venían.
Descartó el inútil barrilete de un plumazo.
-Su pareja es el padre biológico del niño?- Disparó a quemarropa la policía.
Teresa sintió una oleada de vértigo acompañada por nauseas. Se le nubló la vista.
-No, si, quise decir que no fue él, ¡No fue él! ¡Es el mejor padre del mundo!-
La mujer policía guardó silencio.
Teresa tenía una especie de mohín empecinado. Una cara de capricho infantil.
La policía volvió a la carga:
-¿Alguna vez notó conductas extrañas en el niño? ¿Silencios prolongados sin justificación? ¿Miedo a quedarse a solas con su padre o con otro adulto? –
-No.-
-Piénselo bien,- insistió la policía – no conteste a la ligera, se que es doloroso pero intento ayudar.-
Un repentino llanto de bebé rasgó en dos el silencio de la noche. Duró no más de tres o cuatro segundos y cesó tan repentinamente como había comenzado. La mujer policía saltó visiblemente, como si la hubieran pinchado. Teresa, apenas si se movió.
-¿Lo pensó mejor? ¿No recuerda absolutamente ningún hecho fuera de lo común? - insistió la agente. Las caricias no habían cesado pero ahora a Teresa ya no le resultaban reconfortantes. Por el contrario, las sentía cínicas, interesadas. Sacudió brevemente la nuca como para deshacerse del contacto. La otra pareció entender. Retiró la mano de la cabeza de Teresa y buscó una libretita en el bolsillo del gabán.
Un block pequeñito con una bandita elástica enrollada alrededor. Enganchada a la banda elástica, venía un bolígrafo y enganchado al bolígrafo, una caja de cigarrillos que se cayó esparciendo por el suelo de baldosas grises buena parte de su contenido. Teresa contó los cigarrillos caídos como si eso tuviera alguna importancia. Uno, dos, tres.. cua..cin. sei... La agente los juntó displicentemente y sin volverlos al paquete se los guardó en el bolsillo izquierdo.
Teresa pensó en su hijo. Tenía la costumbre de alcanzarle los cigarrillos a su marido cada vez que él se cambiaba por cualquier motivo de habitación. Tenía, se recalcó para si misma. Hace un tiempo que había dejado de hacerlo. ¿Sería acaso que evitaba quedarse a solas con él? No, se dijo tajantemente como quien cierra un libro interesante porque ya es demasiado tarde como para seguir leyendo y mañana hay que trabajar.
-¿Cuatro años tiene el niño? ¿No es así?-
-Si, los cumplió en mayo, el dos de mayo.- contestó Teresa, y agregó –Su padre le regaló una pista de autos, estaba feliz con su pista de autos.-
Estaba, pensó Teresa, pero desde hace un tiempito ¿Un mes? ¿algo más? Parecía haber perdido todo interés en el juguete. ¿Sólo en el juguete?. – Teresa movió la cabeza en un repentino gesto negativo, tratando de apartar de si misma pensamientos ominosos.
-¿Tiene alguna foto del niño con usted Teresa?-
Silenciosamente abrió su cartera, hurgó entre los compartimientos, sacó un sobre y lo abrió amorosamente. Sacó del sobre una foto de Manuel en la playa. Sentado en la arena y rodeado de moldes multicolores. El niño lucía una sonrisa radiante. Con la mano derecha sostenía un rastrillo de plástico amarillo. La izquierda la tenía sobre los ojos a modo de visera. Tenía las piernas extendidas hacia delante, en una postura que a un adulto le resultaría increíblemente incómoda. La uniformada sonrió levemente respondiendo a la irresistible sonrisa del niño. Al pie de la foto, se veía la sombra de la cabeza del fotógrafo. La mujer pensó para si misma, que ese niño estaba expuesto al sol antes de la hora permitida, por la inclinación del sol de la que la sombra hablaba. Se cuidó bien de comentarlo.
En cambio preguntó:
-¿Es de este verano?-
Teresa asintió con la cabeza. Estaba perdida en el verano. Manuel adoraba ir a la playa. Esperaba a que papá regresara del trabajo, sentado en un banquito de madera con el short puesto y los juguetes guardados en una bolsa de malla de aquellas que hace añares se usaban para hacer los mandados y que familiarmente eran llamadas “chismosas”.
-¿Suele tener pesadillas Manuel Señora Teresa?-
Teresa contestó en forma más o menos automática.
-No más que cualquier chico de su edad-
-¿Recuerda alguna en particular que le haya contado?-
Teresa se concentró en recordar.
Desde la Sala de Urgencias le llegó una canción de cuna. Suavecita. Apaciguadora Pero también increíblemente dolorosa. Pasos presurosos. Susurros, silencio.
-Soñó con gallinas que venían a picarle los ojos.- Sonrió Teresa, luego la sonrisa se esfumó como se oculta el sol tras una nube. Luego pasó a la ofensiva
-¿Usted es sicóloga además de policía?-
-Una termina siendo de todo un poco, pero más que nada soy mujer.-
Se abrió la puerta de la sala de espera. Entró un hombre llevando en brazos a una niña de unos cinco años. Morochita, de pelo largo y luciendo en la cara visibles muestras de varicela. El hombre golpeó suavemente la puerta de la urgencia.
La mujer policía los miró por el rabillo del ojo, Teresa creyó observar cierta suspicacia en esa mirada, pero consideró que eran cosas suyas.
La niña sostenía de los pelos la cabeza de una muñeca. A Teresa le hizo recordar una lámina sobre la Revolución Francesa. La asociación de ideas estuvo a punto de arrebatarle una sonrisa. Pero antes de que la sonrisa llegara siquiera a florecer, se interpuso un enorme escudo de dolor, que pareció punzarle detrás de los ojos. La nariz se le llenó de mocos, los ojos de lágrimas, la garganta de un sabor a la vez salobre y amargo.
Se preguntó como era posible todo esto. ¿Cómo si ella estaba hasta hace una hora en su casa y en paz, preparando la cena y escuchando desde el living el audio del teleteatro de la tarde? ¿Y ahora? En la urgencia del hospital, soportando el interrogatorio y las veladas acusaciones hacia su marido por parte de la mujer policía que hacía la guardia en la sala de pediatría. Su vida parecía haber tomado un curso lúgubre y sorprendente en menos de dos horas. Una alfombra roja de sangre. Un llanto de pánico y ese miedo atroz que le desgarraba las vísceras. La vida te da sorpresas.
-¿Avisó a su marido que traía al niño al hospital?-
-En realidad no le avisé- contestó Teresa- lo llamé al trabajo y ya no estaba así que le dejé un papel en la mesa de la cocina. No se si lo habrá visto, - su voz se quebró en un sollozo.- es tan distraído para esas cosas. – Luego musitó en forma apenas audible –Dios mío, Dios mío. –
La agente insistió
-Teresa ¿No cree que su marido ya tuvo tiempo suficiente de venir al hospital? ¿Le explicó en la nota lo que le sucedió al niño?-
Teresa estalló en sollozos nuevamente. Asintió, negó, volvió a asentir. La mujer policía sacó un bollo de pañuelos descartables del un bolsillo de su gabardina. Se lo pasó a Teresa. Le temblaban tanto las manos que le costó agarrarlos. Se quedó empuñándolos sin intentar siquiera secarse los ojos o sonarse.
Repentinamente un recuerdo sacudió su memoria como un tiro.
Manuel pidiéndole que fuera ella a buscarlo al jardín. Ella no su papá.
Cuando le preguntó el motivo, el niño evadió contestar. Un escalofrío le recorrió la espalda. El sudor se le congeló en la piel. Otro recuerdo acudió tras el primero: Manuel llorando para no ir a dormir la siesta con su padre el Domingo pasado. Las piezas parecían encajar en un rompecabezas imposible y desgarrador.
La policía la miraba fijamente como alentándola a hablar.
-Se le lee en la cara que acaba de recordar algo- Le dijo, seria, con una mirada de comprensión indescriptible. -¿Qué fue?- Preguntó.
-No quiere dormir la siesta con su papá.- Lo dijo sin mucha convicción- Antes iba contento a dormir la siesta, o tal vez no tanto como contento pero iba. Ahora llora desconsoladamente.-
-¿Siempre duerme con él?- ¿Solo con él?-
El “solo con él” sonó ominoso. Quedó flotando en el silencio de la sala de espera como una flecha que busca destino.
Teresa se defendió.
-Lo hace sonar como si fuera un crimen como si yo fuera una total irresponsable por dejar que el niño duerma con su pad.. , con ese tipo.- Se ofuscó Teresa.
-Si hubiera visto las cosas que yo vi..-
-Sí. Supongo. –Vaciló y añadió –Disculpe.-
Una enfermera abrió la puerta. Teresa saltó casi del duro banco de madera pintado de gris claro. Pero la mujer llamó al padre de la niña con varicela. Le dijo algo en voz baja mientras le sonreía a la niña de la muñeca decapitada. Entraron. La puerta se cerró con un leve chirrido de bisagras hambrientas. Teresa no pudo contener un sollozo.
-¿A que hora salió de su casa?- Interrogó la mujer policía.
-Hará más o menos tres horas. Dos y media, no se, en todo caso más de dos.-
-Su marido tuvo sobrado tiempo de llegar. ¿No le parece?-
Teresa volvió a llorar.
Asintió con la cabeza.
La agente se levantó.
-En seguida vuelvo, tengo que hacer una llamada.-
-¿Lo van a salir a buscar?- Preguntó Teresa.
La mujer se encogió de hombros. Sus facciones aparecían pétreas.
-Eso no depende de mi, nada más voy a dar cuenta.-
Teresa suspiro profunda y desgarradoramente.
Diez segundos después estaba a solas.
Te vi por la ventana esmerilada, fatigado aún de haber subido corriendo la escalera del hospital.
El corazón me late misteriosamente adentro de la cabeza.
Estabas parada ante la puerta entreabierta que daba a la sala de urgencias. Cuando entré me miraste y no reconocí esa mirada.
Hasta hoy, pensé que en tantos años de matrimonio, todo nuestro stock de miradas estaba agotado y que difícilmente vería una nueva. Pero la vi. Y demoré veinte segundos en percatarme de que me mirabas con un odio tan intenso que me hiciste sentir miedo.
Un hálito de hielo parecía rodearte. Pareciste crecer, ensancharte, alargarte de puro odio. Me acerqué a preguntarte que pasaba, como estaba el nene, que tan grave, pero apenas había andado dos pasos hacia ti, tu mirada se volvió de hielo y fuego y me murmuraste entre dientes “¡Hijo de mil putas!”
No sabía que decirte, como explicarte que hubiera querido llegar antes pero la maldita camioneta se hizo rompió en medio de la nada y el Automóvil Club demoró media vida en llegar. No sabía que decirte ni como decirte eso que no sabía.
Tu odio lo llenaba todo. No me dejaba siquiera espacio para moverme. No me dejaba aliento, no me dejaba apenas vida. Quise balbucear alguna explicación sobre mi demora pero todas las palabras estaban muertas entre mi mente y mi garganta en una dislalia a la que dieron vida tu odio y mi pánico. Retrocedí. Sentía lágrimas en los ojos y miedo en el corazón y no podía hacer otra cosa que retroceder.
En ese momento, se abrió del todo la puerta de la emergencia.
Una enfermera que me ignoró absolutamente, te llamó sigilosamente. Tuve miedo de acercarme. El miedo a tu odio superó por lejos la necesidad de tener noticias de nuestro hijo. Me quedé parado como un idiota en medio de la sala de espera, bajo la luz del tubo fluorescente y sintiendo que mis tripas estaban hechas de gelatina y mis piernas de goma y mi garganta de lija gruesa.
La enfermera habló:
-Madre- te dijo- Quédese tranquila, hemos revisado al niño y le hemos descubierto una importante parasitosis intestinal, -lombrices- aclaro por las dudas - que ha originado hemorragias y dolores en el recto y el ano. Ya iniciamos un tratamiento con antiparasitarios, en vista de lo importante de la hemorragia hemos decidido darle una inyección de vitamina B12. En un minuto la doctora vendrá a hablar contigo.-
-Pero ... ¿entonces no lo viol.. ?- Comenzaste a preguntar pero la pregunta se te murió entre los labios.
-¡Nada de eso! ¡Por Dios señora!, sólo lombrices, eso si, deberá tomar importantes medidas de higiene en su domicilio y medicarse tanto usted como el resto de su familia para evitar el ..........-
Las palabras de la enfermera parecían insignificantes ante el asombro que me ocasionaba la certidumbre en la que mi presunción se convertía rápidamente, sentía como se me congelaba el corazón. Tu rostro se transfiguró. El odio dejó paso a otra cosa. Tal vez alivio. No se.
Al fin yo comenzaba a entender tu odio.
Algo se hizo pedazos mientras avanzaba la comprensión. Algo que al romperse me rompía. Me destruía tan rápido que sentí vértigo. Caminé tres, cuatro, cinco pasos y me apoyé en la pared contraria. Por un momento pareció que iba a vomitar, pero tras un breve segundo, la rebelión de mi estómago cesó.
-¿Puedo,... es decir... podemos verlo?- Preguntaste.
Y con la comprensión, el odio que se había hecho neblina primero y luego aire en tus ojos, saltó de vos a mi como una chispa mágica y maligna mientras la enfermera, sonriendo sin percatarse que delante de ella se derrumbaban ocho años de matrimonio y un amor que hasta entonces creí enorme, desaparecía como si alguien hubiera arrancado la hoja en la que estaba escrito, te decía, nos decía:
-¡Cómo no!, Pasen padres nomás, en cinco minutos la doctora estará hablando con ustedes y ya se podrán llevar al niño.-
Te pusiste a llorar y me alegré de que lloraras.
¡No sabés cuanto me alegré de que lloraras!
No pude ni siquiera entrar a verlo. Los policías llegaron en ese momento y me sacaron del hospital sin darme oportunidad de decir nada. Vos creo que intentaste decir algo, pero una milica morocha, que apenas si me miró con desprecio, te hizo callar y te dijo que no te preocuparas en defenderme, que sabía lo que es eso, que cuando aparece el marido siempre las convence de que es inocente pero ellos ya están acostumbrados y lo demás que decía no llegué a oírlo porque los tipos me llevaban afuera a mil por hora mientras discretamente me metían la primera piña en los riñones y me prometían una violación personalizada para esa misma noche. Quise llamar a la enfermera para que les dijera. Quise gritarte que me dejaras en paz y que prefería cien violaciones a una sola palabra tuya en mi defensa. Quise darle un beso a Manuel antes de irme. Quise tantas cosas. Quise la muerte. Pero no pude pedirlas, todo ocurría demasiado rápido y yo todavía tenía una lija en la garganta. Ahora que lo pienso, entre que entré muerto de preocupación y salí destruido de odio, no dije una sola palabra.
Hace horas que estoy encerrado en el calabozo dejando que mi mente discurra una y otra vez, sobre esta pesadilla que se hizo repentinamente realidad.
Como si un rayo hubiera caído sobre mi vida y la hubiera hecho pedazos, dejando apenas este despojo pensante y terriblemente austado, que espera en un calabozo de un metro y medio por uno que se haga el día, sin saber muy bien ni para qué, ni a donde irá una vez que pueda irse.
La violación que me prometieron, aún no ha ocurrido, pero de a ratos, siento a los milicos comentando sobre su inminencia. Espero que no sea más que alharaca para aterrorizarme. Si es así, han tenido total éxito. Estoy aterrorizado.
Durante toda esta noche interminable he pensado mil venganzas. Mil y una.
Pero creo que me conformaré con el divorcio.
Mañana o a más tardar pasado, en cuanto los milicos me suelten, iniciaré los trámites.
Lo único que deseo, es que en tanto no salga de acá, me sigan teniendo incomunicado.
Germán Queirolo Tarino
Salinas 30-06-04
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