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La estupidez es el único veneno cuyo efecto mata a los sobrevivientes.

Se publican aquí las cuatro partes escritas hasta ahora del cuento largo "La Conspiración" una historia policial en medio de las peripecias del Tercer Mundo.




Capítulo 4: Todo lo que pueda ir mal...:

19.1.08

Abuelita Inés

Probablemente algún lector, si es que estas líneas llegan alguna vez a ser leídas, recordará el incidente.

Fue hace veinticinco años y ocupó titulares en diarios e informativos durante un par de días.

Se trató del secuestro de un ómnibus por parte de una banda de delincuentes alcoholizados, doce muertos, varios heridos, y una heroína a la que los medios no prestaron ninguna atención por la sencilla razón de que no fue mencionada por testigo alguno.

No se supo entonces y lo revelo ahora: los participantes del episodio, y yo fui uno de ellos, nos pusimos de acuerdo en no mencionar a nadie el papel de la Abuelita Inés en aquellos acontecimientos.

Hoy, se cumplen veinticinco años de aquel evento trágico y me he decidido a ponerlo por escrito por la coincidencia de dos factores casuales: la celebración del aniversario del día en que nací nuevamente y un poco de novelería. Andrés, el mayor de mis nietos, se fue para España y me legó su computadora. Me explicó someramente como prenderla y poner el solitario. Es un solitario al que seguro me costará acostumbrarme, en primer lugar, porque se juega con cartas de las de póquer, en segundo lugar, porque no se parece mucho a los solitarios que conozco y con las que entretengo o trato de entretener, las interminables horas que hastían la vejez.

Así que aburrido del solitario, me puse a explorar y encontré un programa de escribir. Word Pad es el programa, apelativo que me recuerda a las marcas de wisky falsificado que te venden por cien pesos el litro y que de la noble bebida, tienen sólo un parecido en el color. En mis tiempos de activo, gasté mis dedos en la vieja Remington banco. Era rápido en esos tiempo y eso que las teclas oponían a los dedos una sana resistencia. La máquina de escribir tenía cierta personalidad y en comparación, este teclado parece fofo, endeble, sin carácter. Ideal para mis dedos que no quieren enfrentar resistencia alguna que se interponga en su trayecto hacia las palabras.

Es así que por puro ocio me lanzo a la aventura de rehilvanar una historia real de la que fui testigo y partícipe. Los viejos estamos llenos de cuentos. La vida es una especie de caja de ahorros donde vamos acumulando anécdotas, cuentos, historias y justo cuando llega el momento de cerrar la caja de ahorros y desparramar ese contenido que nos parece rico e interesante, resulta que nos quedamos sin interlocutores y si exceptuamos a algún otro viejo cínico que tiene sus propios ahorros para contar y no se interesa por los nuestros nada más que a los efectos de tener quien le escuche, (exactamente como uno mismo), no parece haber nadie con el tiempo, la paciencia o el interés para escucharnos.

Es por eso que voy a probar con esta máquina, contar historias aunque más no sea para mi mismo.

Y después de esta breve pero inútil introducción, vayamos al grano como dijo un cuervo.

El ómnibus iba de la Aduana a la Barra. Eran las seis y pico de la mañana y el cielo estaba de ese color celeste marchito que siempre me hizo acordar de los azulejos que había en el baño de la casa del Cordón.

Había pocos asientos libres, el de los bobos que estaba al lado del guarda y alguno más disperso al azar.

Hacía bastante frío a pesar de que estábamos a comienzos del verano, no era para helarse pero tampoco como para andar en mangas de camisa. Era un domingo, en ese entonces mecanizada trabajaba los sábados de noche. Las computadoras, bisabuelas de esta que aporreo malamente ahora, necesitaban sus buenas horas para procesar la información del viernes, día particularmente movido en cualquier banco.

Yo trataba de dormirme, pero como justamente estaba en mangas de camisa ya que la noche anterior cuando había entrado al banco, había sido agobiantemente calurosa, no me estaba resultando sencillo agarrar ese sueño liviano e intermitente que solía acompañarme en mis periplos diarios entre Santiago Vázquez y la Ciudad Vieja.

Es curioso como uno recupera ciertos detalles mínimos y sin importancia alguna, cuando los acontecimientos que sucederán posteriormente son de alguna manera notables como ocurrió aquel lejano día. Hace un tiempo en un programa de la televisión le preguntaban a la gente qué estaba haciendo cuado atentaron contra las Torres Gemelas. Presté especial atención a esa nota y noté sin asombro, la cantidad de detalles nimios que los entrevistados recordaban con claridad. Una mujer comentó que estaba buscando pelos en el cepillo porque sospechaba que su hijo peinaba a la perra con él mientras ella hacía los mandados, por lo que mandó al botija a buscar un caldo de carne para agregarle a una salsa y así aprovechar su ausencia para buscar los pelos. Recordaba que justo cuando encontró un pelo que le parecía era de la perra, cortaron la transmisión de la tele para anunciar que un avión había chocado contra el World Trade Center.
Me pregunto: De no haber sido por la noticia de las Torres ¿Recordaría esa mujer hasta el gusto del caldo que pidió? Lo dudo mucho.

Así es en mi caso. Recuerdo detalles inverosímiles. Aromas, colores, gestos, sonidos y el sabor metálico y amargo del miedo a la muerte instalado en la garganta como un mojón maligno.

Recuerdo especialmente a la chica. Una chica joven y bonita de cuyo nombre no quise enterarme. Estaba sentada al lado mío y comía pastillas Trineo de fruta. Ocasionalmente me llegaba su aliento alegre de jardín de infantes.

En el respaldo del asiento que estaba delante de mi, decía “Peñarol campion de america, sufri volsilludo” y un enorme “Adelante con Fe” escrito en azul que ocupaba todo el ancho del respaldo eclipsando otras leyendas anteriores.

En la radio del ómnibus, Villegas por Radio Sarandí[1], deshilvanaba noticias con su voz cansina y decía que sima se escribía con s de “sol”, de “sierra”, de “zapato” y luego de una pausa agregó... “en la suela”. Eso fue inmediatamente antes de que el vehículo se detuviera en el Paso de la Arena.

Subió entonces la patota.

Y como buena patota se dirigió como una tromba directamente al fondo.

Entraron a grito pelado. Recuerdo que salí de mi entresueño sabiendo que definitivamente no volvería a entrar en él y cualquier expectativa de dormirme de ahí en más estaba absolutamente fenecida.

Miré hacia el pasillo levantando la cabeza mientras pasaban los colistas de ese pelotón, que seguramente salía de un baile que por ese entonces descollaba en la zona, a tiempo para notar como la chica de las pastillas Trineo bajaba la suya y se hacía la dormida reclinándose levemente hacia mi lado, cosa que, debo agregar, no me desagradó en absoluto.

Al otro lado del pasillo, en la plataforma, un policía al que le faltaba la moña para parecer recién salido de la escuela primaria, se hacía el distraído agachándose un poco para mirar por la ventanilla. Entre los pies tenía un bolso azul con un escudo de Nacional, del que asomaba como un cachorro curioso, la parte superior de un termo rojo.

Desde el fondo, entre los gritos entusiastas de la barrabrava, se percibía el sonido clásico de botellas de cerveza que se entrechocan dentro de una bolsa y el aroma a jardín de infantes que exhalaba mi compañera de asiento, iba siendo paulatinamente apagado por el del alcohol rancio que traspiran los borrachos.

En el fondo, los muchachos cantaban una cumbia con voces unánimemente ebrias. Algo referido a una Magdalena que lloraba que daba pena. Supongo que de haberlos oído cantar habría llorado mucho más. Posteriormente, la cumbia de Magdalena fue reemplazada por otra que hablaba de que María Cristina los quería gobernar, cosa bastante dudosa, pensé mientras le sonreía a una vaca que pastaba al otro lado de la ventanilla.

Cambió la canción, otra cumbia, y recuerdo claramente que pensé que esos tocadiscos que funcionan a alcohol no suelen tener una discografía muy variada. “Pengo a decirte que me voy...” arrancaba el nuevo tema y continuaba con “que más nunca tú me volverás a ver” cosa que encontré perfectamente justificable más allá de la inversión entre el nunca y el más que siempre me había resultado horrorosa y antipática.

Ahora el olor a alcohol se matizaba con el de humo de cigarrillos. Las botellas volvieron a entonar su canto tintineante y supe sin mirar siquiera, que ya no estaban en la bolsa que antes las había contenido.

Una mujer canosa con aspecto cansino de enfermera, abrigada con un saquito azul al que se le habían corrido unos cuantos puntos en la espalda, vino desde el fondo por el pasillo y se dirigió hacia el asiento de los bobos de adelante. Los muchachos del fondo seguramente pensaron que iría a quejarse al guarda. “¡Vieja ortiba!” gritó alguien desde el fondo. La mujer se sentó callada como un aljibe. El guarda miró al policía y éste siguió mirando para otro lado como si el paisaje de baldíos y quintas miserables fuera lo más interesante del mundo.

El guarda hizo un brevísimo gesto de negación con la cabeza que no pasó desapercibido a los del fondo. “¡Gallego alcahuete!” le gritó uno - “¡No mirés al botón que es cagonazo! “- Una carcajada general y desafiante salió del fondo y llenó el ómnibus entero como un gas tóxico.

El cambio de cariz de la situación fue palpable pero invisible como la electricidad estática en el aire húmedo.

La chica de las Trineo se apretó decididamente contra mi, aun sin levantar la cabeza. Todos percibimos claramente que la cosa podía ponerse peligrosa. Nadie miró al policía. Nadie miró hacia atrás. Todos quedamos inmóviles como figuras de cera en una fotografía. Desde más atrás surgió una voz de hombre, una voz apocada y un tanto aflautada tal vez por puro miedo, en una de esas, sólo por timidez: “Muchachos, por favor, vamos a tranquilizarnos o vamos a terminar todos en la comisaría”.

Otra voz le contestó “¡¿Qué decís de la comisaría, gil?! Pasos rápidos. No aguanté la tentación y me di vuelta para ver justo cuando uno de los tipos particularmente grande, levantaba de las solapas de la remera a un hombre de unos cuarenta años con cara y aspecto de obrero de la construcción que venía sentado en el asiento de los bobos de atrás, del mismo lado del pasillo que yo.

No llegué a oír lo que balbuceó el pobre tipo. El policía se decidió, un tanto tardíamente a entrar en acción. Agarró del hombro al matón y le gritó al chofer que parara el ómnibus. Gritos de de protesta del malandro: “ ¡a mi no me toqués hijo de puta!” pero el policía con una habilidad que no le hacía juego con la cara, le giró el brazo hacia la espalda, se puso detrás de él y lo encaminó hacia la puerta que estaba a no más de tres pasos más adelante mientras el ómnibus se detenía lento con chillidos de perro lastimado.

El delincuente berreaba con sorprendente volumen reclamando que lo soltara, que le estaba lastimando el hombro. Tal vez fue por los gritos, o quien sabe si no fue por la inexperiencia el agente descuidó sus espaldas y en menos tiempo del que lleva contarlo, otro de los tipos estrelló una botella de cerveza llena contra la nuca del policía que cayó redondo en el pasillo sangrando como un cerdo.

El ruido del golpe sonó parecido al sonido de una alfombra golpeada con una barra de hierro y la botella no se rompió.

El que había sido por unos segundos prisionero, se dio vuelta con notable velocidad, si tomamos en cuenta su estado, y pateó cuatro o cinco veces la cabeza del policía inerte. El guarda le gritó al chofer que parara y abriera las puertas en el mismo instante en que la botella de cerveza le pasaba volando a milímetros la sien izquierda e iba a estrellarse contra el parabrisas. “¡Nada de parar gallego hijo de puta!”- gritó el que había lanzado la botella.

Me quedé completamente paralizado mirando como el parabrisas del coche se desintegraba en poliedros minúsculos mientras la botella caía enterita, sin romperse sobre el tablero. Rodó indecisa hacia delante y hacia atrás y se detuvo en el reborde plástico. La dureza de ese envase era una cosa de locos. La chica de las Trineo ya no fingía que dormía. Nadie fingía ya indiferencia o sueño, supongo que porque todos sabíamos que no serviría de nada.

El tiro le entró al guarda por el cuello y el chorro de sangre salió hacia el techo, rebotó y bañó literalmente a la enfermera del saquito azul que estaba sentada a su lado. Ella se paró, tal vez por puro instinto profesional para atender al guarda y la bala le entró en medio de los omóplatos, un poco más arriba de donde los puntos salidos nos contaban de su pobreza.

“¡Tomá por alcahueta y porque te conozco del Dispensario y sos flor de hija de puta!” llegué a escuchar entre los gritos de los pasajeros que habían pasado del interés al pánico sin estaciones intermedias.

El chofer llevó el coche hacia la banquina y el que tenía el revolver que había sido del policía vencido, saltó sobre el agente tirado patinando sobre la gorra empapada en sangre, se recuperó asiéndose como pudo de los pasamanos justo cuando parecía que iba a salir volando por la venta como Súperman, llegó trastabillando hasta el frente y encañonó al chofer apoyándole el revólver en la sien.

–“¡No parés gallego!, si parás sos boleta, el tercer cuetazo lo tengo reservado para vos ”-

El conductor, pálido como la mortaja de un niño, encaminó el ómnibus otra vez hacia el pavimento de Simón Martínez. Le metió los cuatro cambios en treinta metros, cosa que debió hacer seguramente por primera vez en su vida. Curiosamente y con lamentable sentido del humor, pensé que ni siquiera me imaginaba que estos ómnibus tuvieran cuarta y menos que pudieran andar a más de 30.

Sin miramiento ninguno, despojaron del cinturón con balas al policía que aún permanecía inconciente y lo tiraron afuera por la puerta de atrás. Por la de adelante arrojaron fuera al guarda, no antes de haberle sacado la billetera del bolsillo izquierdo del saco gris, y a la enfermera a la que no le sacaron nada. Estos dos ya estaban muertos pero el policía murió en esa caída según se supo después.

El del revólver que había ascendido automáticamente a mandamás por la sola posesión del arma vino hasta donde estaba yo y agarró por el hombro a Trineo. La paró de un tirón y la empujó hacia atrás sin siquiera mirarla mientras me apuntaba directamente a la cabeza.

-¡Vo gil, parate y poné “espreso”!, apurate o te quemo. Y no hagás giladas o terminás afuera con los otros.-

Me paré. Mi cerebro trataba de traducir lo que mis oídos habían escuchado. No estaba seguro de lo que había oído debido al pánico que sentía. Por los gestos del tipo con el revólver, interpreté que tenía que ir hacia el frente, el único camino que me dejaba libre el energúmeno armado.
Mientras elucubraba que era lo que me habría pedido el tipo a la vez que me cuidaba de no efectuar ningún gesto que le resultara amenazante, volví a prestar atención al los sonidos que venían del fondo, donde el obrero de la construcción que había querido apaciguar, parecía estar recibiendo una tremenda paliza.
Llegué adelante aún sin saber que mierda tenía que hacer cuando el chofer me tiró un cable.

-La manija de la izquierda es la que cambia los destinos.- me dijo y ahí entendí- Tres o cuatro hacia arriba está el de “Expreso” –

Le di unas vueltas a la manivela que pesaba más que la cortina metálica del banco.

-¡Levante la tapa, hombre, sino no va a ver cuando llegué al cartel.-

Levanté la tapa. Me puse en puntas de pie pero igual no llegaba a leer los sucesivos destinos que iban desfilando. –Párese ahí.- me dijo el chofer señalando la parte derecha del tablero, donde aún dormía bamboleándose como un niño en una cuna, la invicta botella de cerveza. Con miedo a salir por el hueco que dejó el parabrisas destruido por el botellazo, me paré sujetándome como pude y fui leyendo los carteles que iban ascendiendo a medida que giraba la manivela: “Cibils y la Boyada” “Punta de Rieles”, “ Ciudadela”; el de “Expreso” parecía no llegar más, “ Hipódromo”, “Punta Gorda” y al fin, “Expreso”.

Cerré la tapa. Bajé. Me di vuelta y miré al muchacho armado esperando nuevas instrucciones.
El tipo me hizo un gesto con la cabeza ordenándome volver a mi asiento. Agradecí a Dios silenciosamente por la doble suerte, la de que me dejara en paz y la de que no me hubiera hablado. Su aliento olía a vino mezclado con cerveza y vómito.

Empezaba a dolerme la cabeza por los gritos y la adrenalina. Las sienes me latían sordamente y sentía en la boca la saliva salada y con un sabor amargo y cobrizo. El sabor del miedo, entonces lo supe y aún hoy lo sigo sabiendo, aunque espero no tener que degustarlo nunca más en lo que me quede de vida.

Los gritos eran de una magnitud que por más que quiera no puedo narrar. Al olor del alcohol y el tabaco, se le sumaba otro que se parecía sospechosamente al de la mierda. Supuse y luego confirmé, que a más de uno se le habían aflojado los esfínteres.

Trineo estaba sentada en los escalones de la puerta de atrás. La vi antes de llegar a mi asiento, ahora tan solitario sin su aliento a escuelita. Se mecía de atrás hacia delante con los brazos enroscados alrededor de las rodillas, el cabello castaño le llovía hacia la frente y le cubría el rostro como las ramas de un sauce llorón. No gritaba.

En el otro asiento de los bobos trasero, frente al obrero desmayado, que tenía el rostro entumecido por los golpes y la pechera de la camisa de trabajo completamente roja y brillante de sangre fresca, vi, por primera vez, a la Abuelita Inés.
Tampoco gritaba. Estaba silenciosa como un sepulcro un lunes de mañana. Tenía el pelo completamente blanco sujeto en un moño con un rodete de red de esos que hace añares no se ven más. Se abrigaba con un saco negro de lana que tenía bolsillos con tapas. Las rodillas juntas y en la falda, una bolsa de la confitería Lion D’Or. En el cuello un collar demasiado ostentoso como para no ser de fantasía, en el brazo izquierdo, enroscada como una serpiente amistosa, una bolsa de mandados de aquellas hechas con una especie de red de nylon a las que se les llamaba “chismosas”. Dentro de ésta, un monedero negro y un paraguas chiquitito de color verde oliva. ¿Ya comenté que son increíbles los detalles que te hace percibir el miedo? Juro que en ese momento no la miré más de un segundo... dos a lo sumo, pero la altivez de su inmutable silencio me hizo pensar en una ajada estatua griega.

En ese momento, el del revólver disparó un tiro hacia fuera por una ventanilla. Durante un instante, los gritos de los pasajeros aumentaron de magnitud cosa que me pareció francamente imposible. El ómnibus se desvió notoriamente hacia la senda opuesta balanceándose como una canoa. Los elásticos se quejaron ostensiblemente. Al momento retomó su curso. El delincuente del revólver gritó:

-¡A callarse carajo! ¡Al que siga gritando lo cago de un cuetazo y vos gallego de mierda, no te hagás el loco!.

La orden fue obedecida por todos, con la única excepción de una señora entrada en kilos y en años, de pelo enrulado y mofletes rubicundos por los que corrían dos arroyos de lágrimas bordeados por oscuras barrancas de rimel.
Estaba sentada directamente a mi izquierda al otro lado del pasillo. Sus senos se agitaban violentamente al compás de sus alaridos como dos volcanes a punto de entrar en erupción. Toda ella parecía de gelatina y estoy seguro de que le temblaban hasta las uñas.

El del revólver le apuntó directamente al valle poco profundo que se adivinaba entre los volcanes, y todos pensamos que iba a matarla. Pero el tipo cambió de opinión, tal vez pensando en toda la sangre que debía tener la gorda adentro, y optó por cambiar de mano el arma y pegarle terrible cachetazo. La bofetada sonó más fuerte que los balazos y fue casi igual de efectiva para silenciarla.
Dos lágrimas cruzaron raudas el pasillo impulsadas por el sopapo y cayeron mansas en el asiento de al lado al mío, donde se sentaba la ausencia de Trineo. Una tercera, me cayó en la pierna izquierda dejándome una aureola de rimel que nunca más pude eliminar de ese pantalón beige. La pobre mujer logró sacar algo de autocontrol de alguna parte, puso mute, como diría mi nieto y se limitó a seguir llorando en silencio sin abandonar sus temblores de flan recién hecho.

Con el coche en silencio, dos de los malandras se dedicaron a pasar la gorra y despojar a todos los pasajeros de cuanta cosa de valor pudieran tener. Usaron la bolsa del Lion D’Or de la Abuelita Inés a la que se la pidieron hasta con cierta inconcebible cortesía.

-¡A ver, deme esa bolsa abuela!-

Me llegó el ruido de papel mientras la mujer sacaba de la bolsa lo que fuera que en ella llevaba.

El del revólver volvió hacia el frente y le exigió al chofer que diera la vuelta y volviera como hacia el centro. El conductor le dijo que tenía que encontrar una bocacalle, que no abundaban en esa zona, o una entrada particular para poder maniobrar, que el ancho de la calle no le daba para girar así nomás. El delincuente lo conminó a apurarse. No faltaba mucho para Lecocq y fue recién ahí donde el tipo pudo dar la vuelta.

Sólo se oía el ronronear del motor del ómnibus y los chillidos de gata en celo de las ventanillas. Los facinerosos, que eran siete, se repartían el botín obtenido de los pasajeros y la recaudación del coche. Sonaban como un picnic mientras se pasaban entre ellos anillos, alhajas, dinero y relojes. El mío era un Aguila que me había salido unos cuantos pesos y obviamente no pude recuperarlo.

El Jefe fue otra vez hasta el chofer, le golpeó la cabeza suave con el caño del arma y le dijo.
-¡Doblá en la que viene Gallego, que si te portás bien no le voy a decir a nadie que te cagaste en los pantalones!-

La barra del fondo celebró la ocurrencia. Uno de ellos gritó.

-¡No es el único que se cagó, acá hiede peor que la boca de mi suegra!-

Más carcajadas. Un pasajero flaco como una caña, se rió también. Tal vez para hacerse el simpático con los malandras o en una de esas, de los nervios nomás. La gorda que lloraba, levantó la cabeza y lo fulminó con una mirada de asco. El tipo, agachó la suya por un momento, volvió a levantarla y dirigió su mirada hacia la ventanilla.

Otro de los rufianes propuso deshacerse de la mierda empezando por el que quería ir a la comisaría. Los demás estuvieron de acuerdo y el caudillo de la barra le ordenó al chofer que acelerara todo lo que pudiera y abriera la puerta de atrás

Este obedeció inmediatamente. Entre dos agarraron al obrero desmayado de las axilas y lo arrastraron hasta la puerta.

. “Tenemos que ahorrar chumbos” comentó el del revólver a sus secuaces, “quien sabe cuantos vamo a necesitar”.

El coche ya iba como a setenta. La puerta estaba lista, pero Trineo aún seguía meciéndose sentada en los escalones. Uno de los tipos le gritó que saliera de ahí estúpida de mierda. Ella pareció no escucharlo. Parecía no escuchar absolutamente nada. Sólo se siguió meciendo envuelta en su manta de cabellos castaños y su hálito de frutas joviales.

De atrás del todo se acercó uno de los tipos. Alto, como de un metro ochenta, vestido con una campera negra con el escudo de Peñarol.
Tenía un rostro de pómulos salientes, ojos achinados y una sonrisa asesina y demente en la que habían algunas piezas ausentes.
Se puso detrás de Trineo, se colgó del pasamanos, se balanceó hacia atrás, hacia la plataforma donde aún dormía el bolso del policía y concentrado como un atleta que pugna por una medalla olímpica. Con ambos pies simultáneamente, le pateó la nuca a Trineo, que salió volando por la puerta, inerte como una muñeca de trapo yendo a caer entre cardos y piedras de esas, que desmenuzadas se usan como pedregullo. Juro que vi como rebotaba con la cabeza y daba una vuelta entera por el aire seguida esta vez por una estela de sangre, para caer sobre un alambrado del que quedó colgando boca abajo como una alfombra vieja.
Era completamente obvio que estaba muerta.

No tuve el valor para hacer otra cosa que esconder la cara entre las manos. El remordimiento de no haber intentado nada, me pesa hasta hoy y me seguirá pesando durante los diez minutos previos al sueño, por todos los días de mi vida.

No vi cuando tiraron al obrero. Seguía con la cara entre las manos llorando, temblando, hecho gelatina por afuera y por adentro, peor aún que la gorda del otro lado del pasillo.

Durante un rato, presté poca y ninguna atención a lo que sucedía a mi alrededor. La muerte de Trineo me había matado un poco a mi también. No tenía siquiera rabia, tan sólo pena, una pena inmensa como un océano. El ómnibus llegó a una calle asfaltada, lo hicieron doblar hacia la derecha, creo, otra vez a la izquierda, otra vez a la derecha por un camino de tierra rodeado de viñedos. Cuando saqué el rostro de entre mis manos y miré hacia el frente, se veía el Río de la Plata allá a lo lejos, al final de una prolongada bajada. Desde atrás se oyó una voz inconfundiblemente anciana, débil, quejumbrosa y más que nada, servil. En el silencio de tumba, sus palabras me llegaron claras y me inundaron de rabia.

-Muchachos, ¿no quieren comerse unas masitas? Eran para mis nietos pero creo que se van a echar a perder antes de que se las pueda dar y ustedes se la han pasado tomando con el estómago vacío.-

Me dio tanta rabia el servilismo de esa voz que estuve a punto de pararme para insultar a la dueña de la garganta de la que emanaba. De gritarle ¡Vieja de mierda! ¿No vio como mataron a Trineo? Mi cobardía jugó una brevísima pulseada con mi bronca y ganó por goleada. Me quedé callado.

Los tipos parecieron aceptar encantados la invitación. Ruido de papeles rasgados. Otra vez la voz de la vieja, está vez algo más firme.

-¡Momentito! ¡Yo reparto!-

Me di vuelta justo para ver como los infelices, mansitos como corderos dejaron que la vieja les repartiera las masitas igual que si fuera la azafata del Arca de Noe.

Las masas desaparecieron en menos tiempo del que me lleva escribirlo. Más ruido de botellas. Uno la convidó con cerveza, pero la vieja pasó del convite alegando que le encantaba pero le subía el ácido úrico

Dos minutos después, no más de eso, todos empezamos a oír unos quejidos de dolor provenientes sin duda, de los energúmenos del fondo. Al principio todos fingimos ser sordos. Ninguno tenía ganas de ser el receptor de la próxima bala. Después de un minuto, no pude resistir la tentación y me di vuelta justo a tiempo para ver como el del revólver caía al piso entre intensos retortijones. El arma rodó de canto como una moneda y cayó cerca de los escalones donde había estado sentada Trineo.

-¡Qué mierda nos diste vieja hija de pu...?- Pregunto o gritó o intentó gritar, el flaco que había empujado a Trineo. Su voz era toda agonía y la frase se quedó colgando inconclusa de sus labios. Por la comisura de estos, le resbalaba un hilo de baba que me pareció azulado. Otros ayes de dolor. El que había pateado a Trineo, llamaba a su mamá pero cada vez con menos entusiasmo.
Otro se metía en vano, los dedos en la garganta buscando el vómito salvador.

Tenía puesto mi reloj, y la esfera estaba prácticamente entre sus dientes. Aún sabiendo que el tipo estaba indefenso, no tuve el más mínimo entusiasmo por ir a recuperarlo.

Temblaba como una hoja y se contraía apretándose con la otra mano, el vientre que me pareció al menos, estaba terriblemente hinchado.
El chofer comenzó a aminorar la marcha desayunándose de que podía estar terminando la pesadilla. Algunos de los pasajeros hacían como que no se daban cuenta de nada, pero otros lanzaban fugaces miradas hacia el fondo del coche.

La vieja no contestó enseguida la pregunta que le formuló el del arma, que por otra parte ya no esperaba ni la respuesta ni ninguna otra cosa. Se levantó tambaleándose un poco , fue hasta la puerta, se agachó y agarró el revolver.

Lo tiró por la ventanilla de la plataforma.

-Masitas con veneno para ratas Unirat.- contestó repentinamente como si recién hubiera escuchado la pregunta. -¿Estaban ricas?-

Uno de los tipos, el último que parecía con algo de fuerzas, intentó lanzársele encima, pero cayó sobre el ex jefe lanzando un espantoso aullido de dolor que me erizó todos los vellos del cuerpo, empezó a temblar como si lo hubieran enchufado a 220, se arqueó hacia atrás como haciendo “el puente”, volvió a recuperar la horizontalidad y se quedó quieto como un maniquí, sólo que mucho más pálido.

“Movió la cola una vez, dos veces y cayó muerto” dijo la viejita con un sarcasmo que congelaba la sangre dentro de las venas.

Eso fue todo.

Tres minutos después, los siete estaban inconcientes o muertos, condiciones que en definitiva se parecen mucho. La inconciencia, según mi forma de ver, es una especie de muerte transitoria. La muerte, la inconciencia definitiva.

El chofer arrimó el bus a la banquina. Lo paró, se levantó y fue hasta el fondo. Miraba el espectáculo de los matones tirados con los ojos del tamaño de platitos de café.

-¿Y ahora?- Se preguntó y nos preguntó a todos, pero creo que especialmente a la Abuelita Inés.

La Abuelita contestó inmediatamente con una voz sorprendentemente firme, irreconocible para quien la hubiera escuchado diez minutos antes.

-Hay que deshacerse de estos tipos, quemar el ómnibus con ellos adentro estaría macanudo.-

-¿Pero por qué?- preguntó el chofer.

-Porque.- contestó pacientemente la vieja como quien le explica un concepto difícil a un nieto algo lerdo.- tenemos siete envenenados con Unirat y una vieja, que vendría a se yo, que los envenenó.-

-¡Pero si oshté nos salvó a todos! ¡Le debemos la vida!, ¿Quién la va a condenar?- Preguntó el gallego sin caer en cuenta aún de la gravedad de la situación.

La Abuelita Inés no perdió la paciencia.

-¿Y no se le ocurre a usted que la policía querrá saber porque llevaba yo masitas envenenadas?-

-¿Y por qué las llevaba?- Preguntó el conductor con cara de estar empezando a iluminarse.

-Para matar a toda mi familia.- contestó la Abuelita Inés con sobrenatural naturalidad. – Mi nuera los puso a todos contra mi, incluso a Ignacio, mi único hijo, a mis tres nietos,... hasta su perro me odia y yo... su voz pareció quebrarse, y yo- repitió... se quedó callada.-

-¿Y los iba a envenenar así nomás?-

-Sí,- La anciana pareció recuperarse. - Pero ahora que se frustró, no quiero que se enteren, quiero que mis nietos me recuerden como la mujer que murió en el ómnibus asaltado, después de todo, dicen que la muerte nos hace a todos buenos y en ese sentido, es mi única oportunidad.-

-Oiga- Dijo el chofer. ¿Y por qué usté se va a morir? No lo comprendo.-

-Por dos motivos, uno, que si los únicos cuerpos calcinados que aparecen fueran los de esos degenerados de ahí, la policía seguro sospecharía que hay gato encerrado y dos, ya no podría matar ni siquiera a mi nuera después de ver tanta muerte. Y tampoco puedo seguir viviendo con esta angustia inmensa.- dijo y antes de que nadie pudiera detenerla, se zampó dos cañones de dulce de leche que se había guardado en los bolsillos. Los engulló con las mismas ganas con que un hambriento náufrago recién rescatado, probaría su primer bocado.

En vano quisieron abrirle la boca para meterle los dedos en la garganta y hacerla vomitar. Cerró las mandíbulas tan firmemente que ni con una palanca hubieran podido separárselas. Después de un momento de lucha, los que querían hacerlo se dieron cuenta de que era inútil.

No duró ni un minuto más. Ya en las puertas de la muerte, abrió la boca para decir con el último hilo de voz que la ataba a la vida:

-Soy Inés Montero Mirazo, nací en la Quinta Sección de Treinta y tres el 6 de julio de 1908.-

Fueron sus últimas palabras. Tuvo aún la fuerza suficiente como para no arquearse, ni gritar, ni hacer ningún tipo de aspaviento.

Murió con la dignidad serena de los héroes.

Quemamos el ómnibus junto con los cuerpos.

La policía escarbó, interrogó y preguntó, pero todos nos habíamos jurado respetar el último deseo de la asesina que nos había salvado la vida.

En cuanto termine de escribir esto, o sea ahora, me vestiré con mi traje negro y mi mejor corbata.

Tengo una cita puntual todos los años, desde hace veinticinco años en el Cementerio del Buceo.

Todos los que en ese día nefasto nacimos nuevamente, nos hicimos una promesa más y la cumplimos.

Es por eso que en el sepulcro de la Abuelita Inés, nunca faltaron las flores.



[1] Ya se que Villegas no trabajaba los domingos, pero esto es un cuento no una reseña histórica. Eso sí, lo de la “s” de “zapato” es estrictamente cierto. Se notaba que el informativista estaba hojeando el diario en busca de algún texto perdido y hacía esos comentarios a los efectos de matizar la espera de los oyentes.


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Lazos de sangre

Se levantó a las cinco y diez y con la luz apagada para no despertar a Yolanda, tanteó el suelo con los pies ansiosos en búsqueda de las alpargatas que usaba habitualmente para desplazarse desde el baño hasta la cama. La señal que le envió su pié izquierdo, demoró algo más de lo debido en llegar a su cerebro embrutecido aún en la penumbra del sueño. Más aún, demoró éste en interpretarla. Para cuando lo hizo, ya tenía ambos pies calzados y caminaba hacia al baño con andar de borracho, cortando por instinto la oscuridad intensa del dormitorio.
Algo le había mojado el pie izquierdo. ¿Se me habrá caído el vaso de agua? Consideró por un momento la posibilidad antes de desecharla. El vaso de agua estaba en la mesa de luz de su mujer desde hacía una semana, cuando se le hizo trizas el vidrio que recubría la suya, sin motivo ni razón. Sólo apareció estrellado en quinientos pedazos el jueves de tarde, provocándole un extraño pánico. Ahora mientras faltan menos de tres pasos para llegar a la puerta del baño, recuerda que al ver las viejas fotos familiares que habitualmente descansaban en paz bajo una lápida de cuatro milímetros de cristal levemente ahumado y ahora cuasi pulverizado, se sintió espantado, invadido por una especie de pánico onírico. Su pasado, buena parte de él, parecía haberse resquebrajado y las caras de las fotos, parecían embargadas de una inhumana amargura contagiosa, bajo las minúsculas y múltiples luces y sombras provocadas por los trozos de vidrio. El Viejo, muerto hacía cinco años, parecía hacerle guiñadas ominosas a medida que el ángulo de incidencia de la luz, se alteraba con el suave ondular de la cortina.
Llegó al baño, encendió la luz y los fluorescentes le deslumbraron como a quien mira un relámpago inusualmente luminoso. Entornó los ojos. Se sentó mecánicamente en el inodoro, sacó el pie izquierdo del recinto negro de la alpargata y lo miró con intranquilidad creciente. La planta estaba cubierta de sangre.
Un tanto asqueado, metió el pié dentro de del duchero, a la vez que se remangaba el pantalón del pijama. Consideró vagamente bañarse ya que estaba pero descartó la idea. Prefería investigar primero la magnitud de la herida, aún antes de preguntarse como se la había provocado. Con la ducha de mano, lavó cuidadosamente el pié usando agua fría que se supone, detiene las hemorragias. El límpido recuerdo de su abuela, lavándole el pulgar de la mano derecha, cuya yema se había herido mientras preparaba un teléfono construido con latas y cordón, desfiló por su mente con la fugacidad de una antigua película en blanco y negro. (“Una cinta”, corrigió su mente, en esa época las películas eran “cintas”), No discutió con su mente. No era la mejor hora para eso. Con retraso, le llegó la banda sonora. “Las heridas se lavan con agua fría Manuel, el agua fría detiene las hemorragias” decía su abuela desde cuarenta y nueve años atrás. La voz de su abuela le sonó tan límpida en la cabeza, que casi se da vuelta para ver si ella estaba parada detrás de él, con su olor a tomillo, sudor y Agua de Colonia Polyana. No había abuela, por supuesto, pero tampoco había herida y eso no era supuesto alguno. ¿De dónde había salido esa sangre? Por las dudas, se sentó otra vez en el water y se miró el pié más detenidamente y tan de cerca como se lo permitieron las articulaciones de las caderas y las rodillas. Ahí decididamente no había nada. Nada excepto su pie blanco como la barriga de un pescado podrido y por suerte, no tan oloroso, aunque tampoco exento de un cierto tufillo que le hizo decidirse a bañarse... después de haber investigado debidamente la fuente de esa sangre. Su pié se rehusó decididamente a introducirse de nuevo en la alpargata. Él estuvo de acuerdo en que sería un asco y agarrando ambas alpargatas por la tela del talón, se dispuso a tirarlas en el tacho de acero inoxidable con pedal para abrir la tapa, que su mujer insistía siempre, debía ser utilizado para arrojar dentro cualquier desecho sólido que no proviniera del interior de uno. Fue entonces cuando vio que la alpargata derecha, tenía empapada en sangre su suela de yute. Una gota de sangre se descolgó displicente de los bigotes del calzado y cayó al suelo de cerámica con un audible “¡ploc!” que sonó amplificado en el silencio del asombro. Otra gota y otra más. “¡ploc!, ¡plic!” Esto amenazaba con convertirse en una cascada. Con presurosa torpeza, lanzó las alpargatas dentro del tacho en el que cayeron con un ruido de animal herido de muerte. La tapa del tacho cayó demasiado rápido y con decidido estruendo. Puteó bajito y maquinalmente miró hacia el suelo buscando las huellas que debió dejar en el trayecto a la vez que se lamentaba de tener que limpiarlas antes de salir para el trabajo. Tenía una torta de tareas pendientes esa mañana y llegar tarde a la fábrica le complicaría las cosas. Pero bien mirado, las cosas ya estaban complicadas de entrada, así que la llegada tarde en todo caso, no sería más que la continuación natural de los sucesos de esa madrugada extraña.
Se quedó helado y cualquier preocupación por llegar tarde a raíz de la obligatoria limpieza del suelo ensangrentado, se disipó mágicamente dejando paso a una preocupación de índole completamente distinta, porque el suelo que había pisado estaba impecablemente limpio.

Se sintió como si le hubieran metido la nuca en un freezer y las rodillas en una trituradora. La irrealidad le obligó a agarrase del toallero para evitar irse al piso. Por tercera vez, inodorizó, pero esta vez su descenso no fue a velocidad controlada, por lo que impactó contra la tapa del inodoro con tanta fuerza que sintió como el plástico se desgarraba y cedía. Reaccionó con suficiente rapidez como para evitar ser engullido por el sanitario y seguramente se salvó de clavarse alguna astilla de filoso plástico en los glúteos. Levantó la tapa hecha andrajos y se sentó en el aro cuidando de no apoyar la espalda en los filosos dedos de plástico que sobresalían hambrientos y amenazantes como puñales color beige. Su mirada iba una y otra vez al suelo impecable mientras su mente le informaba que decididamente estaba trabajando demasiado o tomando demasiado o durmiendo demasiado poco o simplemente se había vuelto loco. Trató de ser racional. Si el piso está limpio, entonces la sangre es una alucinación. Si la sangre es real, la alucinación es el piso limpio, porque tenés que reconocer Manuelito, que las dos cosas juntas son imposibles, se argumentaba a si mismo sin convencerse en absoluto en un sentido u otro. La intensa luz del baño le daba a la escena un tinte de verosimilitud inapelable. No había penumbras donde pudiera cobijarse una duda. Las sombras eran tajantes como el borde de una mesa de cármica. Aquí luz, aquí sombra y entre ambas absolutamente nada. Un escenario dibujado con tinta china donde no había claroscuros en los que pudiera esconderse una alternativa a la locura. Como un sonámbulo que despertara repentinamente en medio de un lugar desconocido, giró la cabeza hacia todos lados buscando de que asirse. En el ángulo que formaba la pared a su espalda y la duchera donde aún goteaba esporádicamente la ducha de mano, se formaba un charco de sangre brillante y fresca que caía desde el lugar donde se insertaba el pedal de abrir el tacho de residuos. El olor metálico invadía el baño mientras la marejada en miniatura invadía la siguiente baldosa con firme parsimonia. Miró incrédulo la mancha como quien pretende exorcizar un espíritu maligno con un frasco de agua bendita y un Padrenuestro. Vio su propio rostro desencajado reflejado en la mancha que con apacible firmeza se expandía y se extendía milímetro a milímetro. La visión de su propia cara le decidió. Le importó tres carajos que Yolanda se despertara, que los vecinos de abajo se preguntaran si acaso estaba corriendo carreras o emprendiendo un bizarro juego sexual a las cinco y media de la mañana. Todo carecía de importancia excepto salir de ese baño, alejarse de esa sangre salida de ninguna parte. La oleada del pánico ascendía rápidamente sumergiendo las últimas rocas de la razón en su mente. Como un loco, sin preocuparse de encender las luces, corrió hacia el dormitorio por un pasillo interminablemente largo. Corría y corría hacia la luz que pensó que provenía de la ventana al final del pasillo. Se preguntó fugazmente como era posible que ya hubiera amanecido pero no se molestó en esperar respuesta alguna, llegó al sembrado donde su hermano menor agonizaba con ambos pies amputados por los discos del arado donde un Manuel de 14 años increíblemente joven, increíblemente asustado y pálido, sentado en el tractor medio volcado, juraba a su hermano que iría por ayuda, que aguantara mientras corría, corría, corría hacia la casa hasta darse cuenta de que le esperaba una paliza monumental por sacar el tractor sin permiso y poco a poco su loca carrera se transformaba en trote, en paso ligero, en paso simple en pausa, se detenía y vacilaba y perdía preciosos minutos buscando la manera de salvar a Beto sin que el viejo lo reventara a rebencazos, se daba vuelta sin querer, sin querer volvía junto a Beto y lo tranquilizaba, que ya vienen, no te preocupes, no es nada que ya vienen que es una suerte que no te haya cortado en rodajas maricón. Su hermano esbozó una sonrisa, una sonrisa macabra y enorme, Manuel, de 14 años, de 52 años insistió, que sí, fijate que te pudo cortar los huevos y quedabas capón como el Lucero, es una suerte, es una suerte, repetía sin ton ni son mientras Beto se reía con carcajadas breves y potentes que se asemejaban a estertores, es una suerte que la chapa del tiro de la caldera sólo le haya cortado los pies a su marido, Sra, dijó el médico del Banco de Seguros, porque pudo haberle llevado medio cuerpo. Dicen que rodó justo a tiempo pero no llegó a sacar los pies. Es una pena que estuviera de alpargatas y no con el calzado de seguridad, aunque probablemente eso no hubiera cambiado nada porque la chapa le cortó los pies a la altura de los tobillos. Pero es una macana por el seguro... En fin, quédese tranquila, ahora duerme como consecuencia del shock y de la anestesia. En cuanto se despierte vamos a hablar con él, habrá que decírselo con cautela, estas cosas son traumáticas. Pero se va a salvar y con prótesis adecuadas, en un año estará caminando. -¿Me entiende Señora Yolanda?- ¡Va a volver a caminar!-
Algunos no tienen esa suerte.




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10.11.06

Una conlimón

Felices sólo son los estúpidos, dijo Cabrera y para dar contundencia a su afirmación, apuró el vaso de grapa con limón que se calentaba en su mano hacía rato.

Cabrera tomaba por obligación, cosa que no dejaba de admirar a sus viejos amigos en la rueda del boliche. Tomaba como un católico cumple una confesión penosa antes de comulgar, así como se hubiera esforzado ps uor eructar después de una buena comida si hubiera estado sentado a la mesa en un país donde ésa costumbre fuera de rigor.
Tomaba porque no se puede compartir una mesa donde todos toman algo más o menos fuerte, mientras uno toma un cafecito. Uno desentona y a Cabrera no le gustaba desentonar, pensandolo bien, no le gustaba entonar tampoco, le gustaba ser parte del pelotón.

Riso lo miró con ojos aguados por la caña, voporosos de humo de tabaco y colorados de alcohol. Por un breve instante consideró la posibilidad de trenzarse en a discutir la afirmación del veterano, pero pensándolo brevemente, llegó a la vaga conclusión de que la claridad de las ideas propias estaría ya demasiado empañada por el trago y prefirió dejarlo así.

Fue Osorio el que recogió el guante. Por ahí seguramente se debió a qué él mismo se sintió aludido por el tajante comentario del veterano. Si alguien hubiera puesto la foto de Osorio al lado de la palabra "feliz" en el diccionario, a nadie le hubiera llamado la atención. De rostro rubicundo y sonrosado, era incapaz de ver medio vacío un vaso que apenas contuviera unas gotas. Pero su felicidad tenía una extraña característica: no era contagiosa. Era una felicidad egosista que pocas veces llegaba a reflejarse realmente en su mirada y menos aún, a transformarse en sonrisa.

-¿No estarás exagerando Cabrerita?- preguntó usando como hacía habitualmente, un diminutivo, prerrogativa que sólo él entre los presentes se atrevía a tomarse y que si bien nunca fue bienvenida por el destinatario, tampoco fue tajantemente rechazada.

A Cabrera le provocaba una desagradable sensación de resignación e impotencia, le hacía sentir como un jokey fracasado o un puntero derecho cubierto de añejas glorias que nadie se tomaba ya la molestia de recordar.

Por enésima vez sintió unas vagas ganas de retrucarle al atrevido. Por enésima vez se contuvo sabiendo de antemano que hubiera resultado tan inútil como incómodo para el resto de los presentes.

Prefirió responder.

-No, no creo- se tomó un momento para pensar mientras dejaba el vaso vacío sobre una servilleta, costumbre impuesta por cuarenta años de matrimonio.
-Mirá- dijo arrellanándose en la silla desvencijada como si fuera un sofá, -el hombre no puede ser feliz mientras sobre si penda la sombra de la muerte.-

Osorio lo miró de la misma manera en que un plomero miraría un caño de madera. En su gesto había algo que estaba más allá de toda incomprensión. Más allá de la extrañeza. Si por la puerta del boliche hubiera entrado un perro con dos cabezas lo habrìa mirado de la misma manera.

Le llevó un par de segundos entender a que se refería Cabrera. Un par se segundos más elucubrar una respuesta.

-Dejate de joder Cabrerita, no podés ir por la vida vestido de luto, la muerte es la muerte y es lo único seguro que tiene uno en propiedad desde que nace. Así que ¿Para qué vas a andar pensando en eso?-

Cabrera pasó por alto nuevamente el diminutivo. Le pareció más importante explicar. ¿Pero cómo? Miró hacia la ventana en busca de una respuesta inspirada y definitiva. El Moncho Pereira pasaba empujando pesadamente una carretilla llena de sandías. Un perro vegetaba sarnoso como un andante monumento a la lástima, una mujer vencida por los desencuentros cruza la calle bajo el ardiente sol de enero como si lloviera a cántaros.

Sobre todos y cada uno, la muerte como una constante, la muerte como una sombra, la muerte poniendo un piadoso fin a toda una vida de sinsentidos.

-¡Ma sí- Dijo Cabrera vencido por la estupidez del mundo. -Tenés razón... ¡Mozo, otra con limón!- Pidió con voz cansada y se dejó vencer por la corriente.

Salinas 11-11-06

Biografía de un día

Por la mañana.

Soy un tipo informado y me levanto
Leyendo todos los diarios y revistas
Miro el informativo y en él busco
las espléndidas piernas
que no muestra jamás la conductora
Mientras deshilvana las muertes cotidianas
Tan maquilladas, tan ajenas
como su propio rostro de muñeca.
Desde lo superfluo a lo magistral
De lo profano a lo divino.
De las siete hasta las siete y media.

Puedo sostener una conversación inteligente
hasta las once y media más o menos,
que el Líbano, ¡Cómo no!, si lo sabré
Que este gobierno es neo conservador y socialista
¡Si tendrá razón!- Dr. ¿esta dieta que usted manda
es apta para hipotensos?
Una mañana cualquiera
discurro, acometo y hasta escribo
Que los Merovingios hubieran heredado Francia,
de no ser por los malvados Carolingios,
¡Claro, hay uno en mi cuadra, los conozco!
Son sujetos de pésimas costumbres.

El teléfono suena y suena como si no encontrara
otra cosa en el mundo más idónea
que romperme las bolas.
Y relleno papeles sinsentido
Y relleno las horas con tareas
y relleno el estómago con café
Y se viene el mediodía y la nostalgia.

Una pausa para comer las porquerías
Que juré ayer, nunca más comería
Un cigarro que se disfruta menos que el aire
Mientras me arrasa el aire frío del invierno.

La tarde.

La tarde es infinita.
Hice éste peregrino descubrimiento
el mismísmo primer día de trabajo
hace miles de días trabajados.

El teléfono insiste pero ahora
lo atiendo así como condescendiente
Sabiendo qué el también está aburrido
de escuchar siempre las mismas guarangadas.

Si dedicara versos a la tarde
seria el poema más largo de la historia
más largo que el que a Troya dedicara
aquel ciego que no fumaba en el portal
sino que adulaba millonarios
Convenciéndolos de que Ulises
no era más que un burócrata pedante
que narraba sus tareas cotidianas
cual si fueran fantásticas hazañas.

Así que mejor nos vamos a la cena
El Luzón era un buen sitio
para ingentes ingestas de veneno
Se puede comer grasa hasta que el corazón
pase de ser romántico aparato
para convertirse en una roja bomba atómica.
Pero no vaya a fumar
porque además de ser suicida
es costumbre del peor mal gusto
Eso pasa por tener
un presidente médico, me digo
si hubiéramos electo a un astrólogo
por ahí nos prohibía ser de capricornio
o a lo mejor de cáncer.

Así que me voy a ingerir
mis consabidas porquerías a otra parte
un bar con terraza, como los de París
donde ateridos fumadores se congelan
y adquieren todo tipo de afecciones
debidas a la inclemencia del invierno.

La noche:

Hoy quiero una noche sin soledad.
Voy a correrle al plenilunio la cortina
para dejar afuera el rostro de la luna
para que un rayo no de accidentalmente
contra el recuadro vacío del portarretratos
donde estaba su rostro.
Ahora en blanco como postludio
de una embriaguez atroz hasta el pezcuezo
como la amnesia obligatoria
después de un golpe fuerte en la cabeza.
Como la pantalla de un cine abandonado.

Voy a cerrarle la puerta a la nostalgia
con un par de botellas de aquel vino
que me regaló Maciel cuando el contrato
Con una bolsa de papafritas de las de antes
me dormiré seguramente
Mirando ese talk show que me revienta
mientras que de tu lado del sofá,
se sentará la ausencia y me hará mimos.

9.11.06

Emigración no es redota (artículo)

Muchos países latino-americanos, sufren espantosos episodios de
violencia. Catástrofes naturales los azotan. Inimaginables niveles de
explotación de los trabajadores. Sanidad cero, educación al tono.
El Uruguay, exento de la mayor parte de las calamidades mencionadas,
está indudablemente bendecido. Si embargo, su gente se embarca en un
episodio de Redota tras otro.
¿Qué signo ominoso entonces, nos expulsa?
Una Redota no es una emigración. No al menos una emigración típica de
Latinoamérica.
Una Redota es un fenómeno nuestro, uruguayo, nacional.
Una Redota es un viento aciago que nos arrasa la tierra y se nos
lleva a las familias en masa. Nos vacía los pueblos de gente y los
rincones del corazón nos los vacía de hermanos.
Una Redota es un temporal de gente, que lo deja todo y se va.
Se van en familia. Se llevarían hasta el gato y el canario si
pudieran. Se llevan consigo todos los cachos de Uruguay que les caben
en las valijas, y todos los recuerdos que pueden recolectar en el
corazón, se los llevan también y todas las fotos y todas las
canciones y todos los colores de los pájaros, y todos los olores de
tortas fritas lluviosas de nostalgia y todos los sonidos de la feria
y de aquel caracol juntado en las arenas del Polonio.
Una redota es una calamidad del corazón. Un cataclismo del alma, una
inigualable expoliación de las raíces, que se quedan tozudamente acá
en el paisito, como reservando el rinconcito propicio para el
regreso.
Una redota es como un incendio en un pinar del alma, que nadie sabe
con certeza como o quien inicia. Que mucho menos sabemos como apagar.
De otros países se emigra. El padre de familia se va a otra
querencia, que seguramente para él jamás será querencia sino apenas
posada, consigue trabajo de lo que sea, y gira mes a mes dinero a su
familia a costa si es preciso de su propia hambre.
Pero el uruguayo no emigra. Desde los tiempos de Artigas, el uruguayo
se "redotea". Se va con su familia, su perro, sus Penates y sus
Lares, sus hijos y si puede, su nuera, sus nietos y su loro. Se va
con su vida completa como si quisiera seguirla allá como si nada.
Como si quisiera llevarse la vereda y el árbol de la puerta, y el
vecino y el boliche de la esquina y el carnaval más largo y apelable.

Una Redota es el Canario Luna cantando "Brindis por Pierrot" en una
agencia de publicidad de Barcelona, es Kesman voceando goles con su
voz de borracho en un barrio de Québec, es el banderín de Peñarol en
el espejo del amarillo taxi newyorkino.
Una Redota es un viento irreversible, que no tiene regreso ni retorno
ni vuelta. Son hijos que nacerán en otras tierras, condenados para
siempre a ser uruguayos en diáspora, como una flecha tensa entre la
nostalgia paterna y su propio arraigo a la tierra adoptiva.
Un uruguayo en redota, no es un emigrante. O es algo más o algo
menos. Un uruguayo en redota, no tiene, a diferencia del emigrante,
un país al que volver, porque lo más importante del país que dejó
atrás, se lo llevó consigo.
Hoy los uruguayos en redota, tienen un vínculo que las generaciones
anteriores no poseían.
Internet los vincula y los auna, Nos vincula y nos auna. Los de
afuera, los de adentro y hasta los hijos de los de afuera que jamás
conocieron el "adentro" del que provienen sus padres, conforman una
comunidad, seguramente aún algo dispersa, pero con claros signos de
estar intentando integrarse a niveles incocebibles diez años atrás.
El nuevo Uruguay, el Uruguay en estado de redota, sufre de los mismos
estertores que sufrío la patria física en el parto.
No dejemos ni por asomo, que nuestras diferencias nos opongan al
grado de interrumpir la gestación de Uruguay Global que seguramente
se nos viene.

El experimento inverosimil (cuento)

El experimento inverosimil.
 
Una amiga muy querida me preguntó si era cierto que los hombres estábamos incapacitados por la naturaleza para hacer dos cosas a la vez.
La afirmación me pareció feminista e insultante.
Pero en base al cariño que le tengo a mi amiga, resolví que era justo contestar esa pregunta con toda certeza y no aplicarle un simple lugar común como por ejemplo "porque no te vas un poquito a cagar"
Enfrentado a la pregunta, decidí no contestar a la ligera, intenté reflexionar.
Claro, en cuanto me puse a reflexionar, me di cuenta que no podía hacerlo.
Justo me estaba rascando la cabeza. Terminé con ese menester. Ahora si. Consideré que ya podía enfrentar la tarea con un mínimo de atención.
No pude enfrentarla. Tenía la nariz tapada. Un rayo de entendimiento iluminó el negro cielo de mi ignorancia.
Era evidente que no podía encarar dos tareas simultáneamente.
Pero no iba a responder eso. Mi orgullo estaba en juego y el de todos los hombres con él. ¿Cómo podía ser posible que me resultara imposible hacer a la vez dos cosas tan idiotas como reflexionar y rascarme la cabeza?
Eso si, en mi defensa, debo alegar que no tenía práctica alguna.
Debo practicar, afirmé para mi mismo lleno de convicción. Comenzaré con algo sencillo.. Ya sé.
Comer chicle y pensar. Eso debería estar a mi alcance.
Agarré un chicle y me puse a considerar el significado de "cogito ergo sum".
Fue totalmente en vano. En lo único que podía pensar es en que no me gusta la menta.
Salí a la puerta. Escupí el chicle de menta, me fui  hasta el quiosco a conseguir un chicle de algo que no fuera menta.
Al salir de casa me topé con el tipo que distribuye los recibos de la luz. Me dio el mío, ya que estaba. Lo abrí, lo miré y una vez más me sorprendió la magnitud de la suma. ¿Tendría razón mi vecino, el que dice que la UTE modifica la frecuencia de la red con un aparatito portátil para que los contadores anden más rápido? ¿O acaso algún otro vecino me estaría choreando energía sin que me diera cuenta? Quedé preocupado preguntándome de donde cuernos iba a sacar el dinero para garpar todo eso. Hacía dos meses había vendido la cocina para pagar la cuenta. No quise vender la garrafa. Ahora me vería obligado a venderla. Igual, ¿Pa qué la quería si no tenía cocina? ¿Tal vez me pensaba que la garrafa era un recuerdo de familia? Cuando llegué al quiosco, me había olvidado totalmente a qué iba. Compré cigarrillos solo por no hacer un ridículo tan patético delante de la quiosquera que estaba bastante buena. Volví a casa. Al llegar pisé un chicle masticado justo en la puerta. Me mandé una reverenda puteada mientras pensaba: ¿Dónde había visto este chicle antes?, rascándome dubitativo la cabeza. No me contesté. Tenía el cerebro ocupado en rascarme la cabeza.
Recién esa noche me acordé del origen del chicle. Y de la pregunta de mi amiga. Y de mi intento frustrado.
Me escribí una nota destinada a mi mismo y anoté como prioridad básica para mañana adquirir no menos de cincuenta chicles de fruta. Pegué la nota a la heladera con un imán que imitaba pobremente a una zanahoria.
Al otro día me olvidé por completo de leerla. Ese día se me vencía la factura de la luz y tuve que salir a buscar quien me comprara la garrafa. ¿Les comenté que antes había vendido la cocina?
Al día siguiente, tampoco pude leer la nota. Estaba detenido en la 22 ya que un policía necio se empeñó en pedirme la boleta de compra de la garrafa. ¿Quién carajo en este mundo es capaz de guardar la boleta de compra de la garrafa? Allá fuimos el policía, la garrafa y yo rumbo a la comisaría. Yo salí el sábado de noche. La garrafa todavía está arrestada a la espera de los documentos. Igual no la necesitaba.
El Domingo, vi la nota en la heladera. Luego de preguntarme brevemente quien la habría escrito, la miré detenidamente y la letra me resultó familiar. Pero como ya estaba tomando un vaso de leche fría, no logré identificar la procedencia de la nota  y la abandoné sobre la mesa de la cocina sin leerla mientras el centro de mis preocupaciones pasaba a ser el intruso que pegaba notas en la puerta de mi heladera.
La vi a medio día mientras abría dos latas para el almuerzo. Solté las latas, sin permitir que nada me distrajera y corrí al quiosco y compré cincuenta chicles de fruta.
Durante once días intenté pensar y comer chicle. Recién al quinto día  comencé a hilvanar algo parecido a un pensamiento.
Mientras el chicle conservaba algo de sabor a frutas no. El gusto de la fruta no me permitía pensar en otra cosa. Cuando el gusto se diluía a fuerza de masticadas comenzaban a cruzar por mi mente algunos relámpagos de entendimiento. Al sexto día, luego de masticar el chicle durante todo el Show de Don Francisco, un pensamiento límpido como un cielo de verano alcanzó el nivel de mi conciencia.
Claro, pensé asombrado, el experimento estaba desde el principio condenado al fracaso y ya sabía el porqué.  Detesto los chicles. No me gusta ningún chicle. Ni de fruta ni de menta ni de nada. El experimento estaba destinado al fracaso si al esfuerzo de hacer dos cosas a la vez, le añadía la carga extraordinaria de que una de ellas no fuera de mi agrado. ¿Cómo pude ser tan estúpido, Dios mío? ¡Eureka, he visto la luz! No es mi culpa no poder pensar y comer chicle.. es culpa de los malditos chicles. En ese momento se apagó la luz y todavía no se porqué. Cuando me acuerde voy a llamar a la UTE a reclamar. Igual, en el entusiasmo haber comprendido no me importó mucho. Cosas extrañas me han sucedido antes. Por ejemplo, hace unos días se me perdió la garrafa. Recién me di cuenta hoy porque antes se me había perdido la cocina. ¿Habrá sido una abducción?
Opté por emprender un experimento distinto. Nada de chicles esta vez. Algo distinto y agradable. Pero sería mañana.
Ya estaba agotado.
Me dejé por las dudas una breve nota pegada en la heladera: "Cambiar el experimento de las dos cosas a la vez".
Luego de una noche de profundo y merecido descanso, me levanté despejado y desbordante de voluntad. Llegué a la heladera y leí la nota. Esta vez no me dejé distraer por la leche. En ayunas nomás emprendí un nuevo experimento. Demostraría a mi amiga y a través de ella a todas las mujeres del mundo, que un hombre está perfectamente capacitado para hacer dos cosas a la vez.
Haría dos cosas a la vez y no me distraerían los estúpidos pensamientos que tanto me desagradaban.
Agarré la bicicleta, me metí dos chicles de fruta en la boca y salí pedaleando con la mente vacua.

(Nota escrita desde una cama del Sanatorio 2 del CASMU, donde el autor se repone de las múltiples fracturas sufridas al caer de la bicicleta por motivos que aún no puede comprender)

Salinas, Setiembre de 2003.

Creo: una declaración de principios

Creo que Israel tiene derecho a existir dentro de fronteras seguras, a no ser agredido por sus vecinos y a la nación de los judíos del mundo que en él quieran vivir.


Creo que Palestina tiene derecho a existir como estado independiente, dentro de fronteras seguras y con integridad territorial.

Creo que en Palestina e Israel se deben respetar igualmente los derechos civiles, políticos y religiosos de todos los hombres y mujeres sin distinción de confesiones, orígenes, culturas o razas.

Creo que israelíes y palestinos deben vivir en paz y seguridad, sin terrorismo de estado ni terrorismo integrista.

Creo que deben terminarse los presos políticos, el asesinato de civiles inocentes, las incursiones armadas, y la desconfianza mutua.

Creo que Jerusalén debe ser capital de Israel y Palestina en el marco de una ciudad unificada y compartida donde reine la paz para ejemplo del mundo.

Creo que las Naciones Unidas deberían intervenir positivamente para asegurar un proceso de paz justo, duradero y terminante.

Creo que el que el radicalismo judío ultraortodoxo de extrema derecha y el integrismo musulmán, sólo llevan agua para sus propios molinos, poniendo en medio, las vidas de millares de personas que para ellos carecen de importancia porque apuntan a reinos que no son de este mundo.

Creo que no es un conflicto entre la izquierda y la derecha, que el apoyo que dan muchos países de izquierda a los integristas musulmanes es equivocado porque donde el integrismo gana, la izquierda desaparece tanto como la derecha y sólo gobiernan los iluminados por Dios. Y la derecha que apoya al gobierno israelí, confundiéndolo con un apéndice de los Estados Unidos, no deja a la menor oportunidad de responsabilizar al judaísmo como religión, de todos los problemas del mundo.

Creo que todos los hombres y mujeres de buena voluntad, deben apoyar la paz con todas sus fuerzas, dejar de pensar en israelíes y palestinos como peones de la política global y considerar que una vida humana es más valiosa que cualquier idea.

Creo que es hora de que todos los países del mundo asuman su responsabilidad como conjunto, sabiendo que la Partición de Palestina es obra de la organización que representa a todos los paises y que esa organizacion debe de ocuparse de que reine la paz en los países por ella creados, dejándose de lavar las manos con la sangre de palestinos e israelíes.

Todo eso creo, suscribo y firmo
Germán

Es por la Blanca (cuento autobiográfico... o casi)

Es por la blanca…
“En la noche del debut, Correntes taba prendida.. “
(Leon Giecco)

Diez y seis años. Hace como dos vidas.

Salíamos a las ocho menos cuarto de la noche de las clases de cuarto año en el Dámaso. Nos juntábamos discretamente en la plazuela situada en Susbiela Guarch e ibirapitá. La plazoleta donde además tenían lugar otros eventos importantes, como mortas de cumpleaños o trifulcas a trompadas mano a mano y por la ficha.
Eramos infaltablemente tres.
Fernando S. el Pepe R. y yo. Ocho de octubre era una boca de lobo por la que transitábamos incrementando la ansiedad con cada paso, hacia el cruce con Larravide. Tres escuálidos mosqueteros del amor, con el compromiso de honor de no faltar el segundo viernes de cada mes al Doña Blanca.
Prostíbulo de ominosa fama para quienes nunca cruzaron las múltiples puertas que daban a una galería con olor a antaño.
Doblábamos por Larravide hacia el norte. A la izquierda como quien va para la Curva.
Pasábamos por la puerta de la UTU de la Unión. Cabizbajos y presurosos pasábamos. Parecía que todas la miradas de las chiquilinas que aguardaban la entrada del nocturno para estudiar corte y confección o cocina, se clavaran sardónicamente en nuestras nucas. Esa cuadra era sin duda, la más difícil del trayecto. Nos sentíamos como si en la cara tuviéramos puesto un cartel que decía “Doña Blanca” como si se tratara del que indica el destino de un ómnibus de CUTCSA.
Cruzábamos Avellaneda como sombras.
La Unión no se destacaba por su iluminación ni mucho menos, pero los tres nos sentíamos alumbrados por un reflector mientras cruzábamos Avellaneda en penumbras. La entrada, no se le podía llamar puerta ni con el mayor de los esfuerzos de la imaginación, consistía en apenas un hueco vislumbrado entre una espesa mata de trasparentes, que bloqueaban el antro a las miradas indiscretas. Un portón de aquellos de alambre tejido, apenas si podía distinguirse en la penumbra. De todos modos, siempre lo encontramos abierto. A la derecha, apenas traspasado el túnel de trasparentes, la madama más famosa de la Unión, solía estar sentada en un banquito de madera al costado del caminito que conducía a la casa. Como vendiéndote el boleto se sentaba. Aunque algunas veces, solía ser sustituida por un veterano, tal vez un cafiolo retirado, o un malevo de los treinta, un taita del arrabal del Pueblo Nuevo. Lo más probable, es que fuera un veterano jubilado que se ganaba unos tristes pesos cuidando el portón, pero es más lindo recordarlo así, soñarlo así. A la luz de la vela.
Pasabas el portón o el agujero, o como se llamen los huecos entre los trasparentes por donde se entra a un prostíbulo atorrante y superada la mirada vigilante de Doña Blanca en el banquito, la casa chapucera por los años, desdibujada por el abandono y definitivamente disfumada por las emociones del momento, te esperaba allá adelante, en el horizonte casi.. a unos tres metros.
Una galería techada con chapas de zinc, a la cual daban media docena de puertas en hilera. Algunas cerradas. En las abiertas, una mujer parada en la puerta, con una cara que más de conscuspicencia definiría como de aburrimiento ilimitado y eterno. Nombres como Carla, Fanny o Nora.. supongo que no se llamarían así, o tal vez sí, en una de esas. Elegías la chica o elegías la puerta o te dejabas elegir.. las primeras veces, con el susto más bien te dejabas elegir. Las meretrices tenían tal desinterés en la vida, que mirando sus ojos, entendí tempranamente lo que quiere decir la palabra “soleen” manejada tanto por los dandis de principios del siglo XX.
En un lenguaje más reo, más de acá, las pobres minas, estaban a la vuelta de todo, más allá de las pasiones, apenas si más acá de la muerte.
La primera vez entré con Fanny.

Fernando, amigo del alma, entró con Nora en la pieza de al lado.
Nos despedimos con cara de susto. Ambos éramos debutantes absolutos.

Fanny a mi juicio, medía como ocho metros cuarenta de alto y otro tanto debía tener de caderas. Me hizo pasar. Comentó “¡Ay que chiquito!”, comentario sobre cuyo exacto significado no tengo hasta ahora la más pálida idea.
La habitación era sórdida, sin gracia y alumbrada por un cabito de vela metido en un candelabro de aquellos de lata marca “SUE”, que venían esmaltados en dos colores. Azúl horrendo y verde bilis. La vela estaba ya tan cortita que apenas si de ella surgía algo de llama. La habitación era absolutamente impersonal y prestada. Una cama, una mesita de luz desde donde la vela intentaba en vano alumbrar algo, mientras consumía sus últimas energías, como una demostración práctica de que todo muere. Si alguna vez el sexo y la muerte tuvieron un vínculo, fue aquella noche de mis 16 años, donde no solo moriría la vela, sino también buena parte de mis fantasías previas.

me alcanzó inmediatamente una jofaina. No era una palangana. Una palangana es un objeto doméstico, cotidiano, habitual. Aquello era una jofaina tal como debían ser las de los prostíbulos en la época de Alvar Núñez Cabeza de Vaca, pero más moderna, más de acá. Junto con la jofaina, un jarro como de dos litros, parecido a aquellos que se usaban en el jurásico para las lavativas, pero sin manguerita. Puso con el jarro agua en la palangana y agregó un chorrito de Espadol. Nada más anti erótico que el olor a Espadol. Sólo le faltó a la mina hacerse gárgaras con Agua Jane, (Hipoclorito de sodio, lavandina, aclaro para que los compañeros no uruguayos de El Fogón, entiendan) revolvió el agua de la jofaina con la mano, tal vez para desinfectarse los sabañones o a lo mejor para mezclar bien el desinfectante, y luego con una ternura que no soy capaz de trasmitir con palabras me dijo “¡lavate pendejo!”
A punto estuve de preguntar “¿Qué?” pero un rayo de entendimiento penetro entre las penumbras de mi susto. Comencé a desvestirme, pero en cuanto me comencé a sacar la camisa celeste del liceo, Fanny me informó que con los pantalones alcanzaba. No era una información sino más bien una orden. Temí que si hacía el más mínimo gesto de protesta, me partiera en la cabeza la jarra metálica. Ahí creo que comenzó mi tendencia al sometimiento sexual.
Me higienicé las partes pudendas. Gracias a Dios, el agua parecía recién sacada del congelador. Todos los anhelos que había arrastrado por Ocho de Octubre, durante veinte emocionadas cuadras, se fueron con el agua helada de la jofaina. Ni Salomé bailándome la danza del vientre durante una hora seguida me podría hacer recuperar el ánimo perdido. El olor a Espadol era insufrible y penetrante. Mi amigo y colaborador estaba absolutamente congelado y sin el más mínimo ánimo después de la ducha y tenía tanto frío que tiritaba como si tuviera una licuadora metida en el estómago. Fanny me tiro una toalla impecablemente limpia, y se tiró en la cama despojándose de la parte inferior de su vestimenta con el mismo desinterés con el que había hecho todos lo demás. Ahí aprendí lo que quería decir “hastío” . Toda ella era hastío. Debían poner su foto en el diccionario al lado de la definición de la palabra.
Hábilmente ella dirigió mis pasos. Me pegó un grito. “¡Ni se te ocurra tocar ahí arriba!” “¿No te das cuenta del frío que hace?” Si, si que me había dado cuenta. Pensé para mi mismo con el último vestigio de buen humor que me qudaba. “Vos tenés frío y que dejás pa mi que me acabo de lavar las bolas con agua del congelador” (luego supe que no estuve tan errado, el agua provenía directamente del aljibe del fondo, que en invierno debe ser tan helada como la del congelador). Intenté hacer lo que sabía que debía hacerse. Pero la naturaleza no colaboraba. Evidentemente, el baño de agua helada no había sido demasiado erotizante. Tal vez la próxima vez, debería probar apretarme los dedos en una puerta. Cinco minutos de permanencia exánime, le parecieron evidentemente, una eternidad a mi compañera tan inmóvil que por un momento me pregunté si al fin el hastío de la vida no la habría matado del todo. Su voz en mi oído chillo “¡Dale mijito! ¿Te pensás que son los caballitos del Parque Rodó?” Así estimulado con habilidad, cualquiera puede. Cinco minutos después, era eyectado de entre las intimidades de Fanny sin la más mínima consideración y con la amarga sensación del deber incumplido. Me puse los pantalones, me acomodé la camisa y me guardé la corbata displicentemente en el bolsillo del saco. Medias, zapatos, listo. Me paré. Fanny, que me había cobrado previamente, se acordó a esa altura de que podría interesar lavarme nuevamente, decliné de la oferta. Prefería apretarme los dedos con la puerta a exponerme nuevamente al témpano. Me acomodé el cuello de la camisa. Me acomodé el pelo, me acomodé la sonrisa. Abrí la puerta y salí.
Fernando me esperaba fumando apoyado tranquilamente en la baranda que limitaba la galería. Su cara de susto habíase trocado en una de alivio, supongo que la mía también.
Uno detrás del otro, transitamos la galería, ahora más corta, más concreta. Bajamos los tres o cuatro escalones, saludamos a la madama. Cruzamos los trasparentes. Agarramos por Larravide, pasando por la vereda de enfrente a de la UTU, precaución inútil. Todos debían estar en clases. Ni un alma en la calle. Fernando me pasó el brazo sobre el hombro. Confidencialmente, como hacen los amigos en las malas. Casi con ternura, me preguntó -¿Cómo te fue? “
Reticente le contesté. –Bien, bien ¿Y a vos?-
Sonrió, no se si con nostalgia o con vergüenza y dijo ¡Impecable!-
Sentí como un puño en el estómago. ¿Sería posible que el maldito desgraciado hubiera disfrutado de su experiencia, mientras que a mi me hacían hacerme baños de asiento con agua del deshielo?
Le pasé también mi brazo por sobre el hombro.
Intentando imitar si mirada nostálgica o vergonzosa le susurré casi al oído:
-¿Sabés?, Creo que se enamoró de mi.

Fraternos y cariñosos abrazos para todos.

Hermandades, Cofradías y Sectas en Internet (artìculo)

Cofradía del Listero Compulsivo.



Está compuesta por individuos que no se resisten a participar de cuanta lista de correos se les cruce en su camino virtual.

Se afilian lo mismo a una lista sobre cría de ornitorrincos, la vida del Padre Martín o la política cubana. Lo importante es escribir y recibir un par de centenares de correos diariamente.

Dentro de esta cofradía, encontramos varias sub-órdenes de las cuales alguna paso a detallar:

Hermandad del Cross posting:

Cruzan mensajes de una lista a la otra sin el más mínimo empacho y sin importarles medio carajo si el individuo que está en un foro, tiene interés en ser leído en otro foro, mandan un mensaje cuya cola pertenece, por ejemplo al Foro de Onanistas, directamente al Foro de Cristianos Acérrimos y Defensores de la Moral Verdadera, originando de tal forma, que el pobre individuo sea repudiado en forma pública por cientos o miles de fanáticos furiosos. Analizando detenidamente las colas de los mensajes que llegan a un foro, es posible encontrarse revelaciones sorprendentes hechas por alguien que jamás en su vida pensó, las vería divulgadas por toda Internet.

Capítulo General del Colista Irreversible

Jamás de los jamases, ni por una remaldita casualidad, cortan la cola de los mensajes. Sus posteos son extensas sábanas de afirmaciones, contraafirmaciones, réplicas y dislates que se originan días o semanas atrás, incluso mejor aún, algunas veces contienen una par de respuestas que vinieron con la cola del "modo compendio" y que por si mismas abarcan unos setentaycincomilquinientosocho caracteres. Recibir un mensaje de un individuo de éste capítulo implica que tu casilla de correo se tare cada dos horas, que los mensajes demoren en bajar más o menos una vida y media y que el moderador o propietario de la lista reciba ochocientas puteadas semanales. Avisarles que corten las colas no tiene sentido. Ni siquiera saben que son.

Logia de los Chateros por EMail.

Contestan todos los mensajes que se crucen por su camino unque más no sea para decir "¡buenísima bo!".

En la reputísima vida inician un tema, pero contestan todos los que pasen por su monitor. La máxima longitud de sus mensajes es de cinco líneas, y eso si ese día está particularmente inspirados. El mejor ejemplar de este tenor que he conocido, Gran Maestre de la Logia, lleva como iniciales L.T.

(Un amigazo, eso si).

Orden de Caballería del Militante AntiCensura

Sus miembros abundan en todas las listas moderadas del planeta. Su principal fuente de diversión es el moderador al que permanentemente acosan con acusaciones de diverso calibre, que pueden ir desde "Emulo de Catón" hasta cosas mucho menos creativas como "Botón", "Sotreta", "Alcahuete" (Esbirro del Poder es mi favorita). Les encanta sacar de tema a una lista temática a los efectos de que todos al unísono puteen al moderador, unos por permitir mensajes fuera del tema, otros por moderar mensajes fuera del tema. El moderador suele apelar a soluciones radicales como el suicidio.

Caballería de los Intrépidos Galantes.

Se afilian a las listas de correos a los efectos de conseguir fácilmente cientos de direcciones de mujeres a las cuales proponer encuentros de diverso tipo, aunque generalmente los encuentros que prefieren son de carácter venereo. Son un hermandad cuyos miembros suelen conocerse e intercambiar informaciones en cenáculos especialmente creados para tal fin. Rara vez escriben un mensaje a la lista, pero envían cientos de privados a todos los mimbros del sexo opuesto.

Fraternidad de la Puteada Veloz

Entran a las listas nada más que para sacarse la bronca. Se divierten con provocar, insultar o patotear a los miembros que escriben activamente y ellos personalmente no escriben jamás sobre nada que aporte cualquier cosa constructiva. No está en sus planes. Una lista con dos o tres miembros de esta fraternidad, puede pasar en uno o dos días, de plácido vergel a sangriento campo de batalla virtual. Cuando además de la puteada manejan la ironía, pueden llegar a ser sublimes. Claro, para todos menos para la víctima.

Orden de Caballería de los Cruzados de Cualquier Causa:

Sus miembros pertenecen a todas las posiciones ideológicas, deportivas, filosóficas o religiosas. Los une algo que está mucho más allá de esas pequeñas diferencias nimias. Ese algo, son las ganas de convertir todo diálogo en batalla, toda opinión en arma mortal y todo antagonista en enemigo. Entre ellos, pueden estar en desacuerdo en todo, menos en darse con un caño. Si a una afirmación suya alguien contesta: "no, a mi me parece que...", recibirá como respuesta una andanada petulante de improperios combinados con razones. Jamás le ceden a otro la última palabra y parece que el no tener razón, se constituyera en motivo de apostasía y de vergüenza eterna. Si uno es un tipo normal, completamente en sus cabales y razonable, lleva todas las de perder y termina dejando de lado la discusión sin mayores explicaciones, ya que un "bueno, tenés razón" puede ser contestado con un diluvio de frases encarnizadas del tipo "No me des la razón como a los locos" o "me das la razón porque te quedaste sin argumentos, no porque estés convencido de que la tengo", etc.

Cuando se encuentran dos ejemplares de la misma Orden enfrentados en posiciones antagónicas, suele no haber otra solución que moderarlos a ambos o disolver la lista silenciosamente.



II Hermandad de Mercurio



Sus vidas giran alrededor de un Mensajero. Mercurio era el mensajero de los Dioses pero los miembros de la Hermandad, prefieren mensajeros más vanales, como el MSN, el AIM, el Yahoo o el viejo ICQ.

Sus listas de contactos suelen contener a buena parte de la humanidad. Muchos de esos contactos les son totalmente desconocidos y no tienen la menor idea de que hacen ahí o cómo llegaron.

Tener a uno de ellos en tu lista de contactos de mensajería instantanea, suele ser una dura condena. Ni bien abrís tu programa de mensajería, por ejemplo, porque necesitás hablar urgentemente con tu jefe o pedirle plata prestada a tu madrina o avisarle a tu hermana que su marido se rajó con la secretaria para las Bahamas, ellos invaden tu privacidad con una intolerable insolencia, peor aún, cuando es una insolencia inocente. Te saludan con frases estúpidas como "Holiss que tal? (Jamás usan acentos o signos de apertura, seguramente para no perder el tiempo y poder romperte más las pelotas) No tienen nada que decirte, lo importante es decírtelo y son capaces de absorverte completamente y no dejarte pensar en lo que realmente tenías que hacer. Poner en tu mensajero un aviso de "ocupado", "ausente", "En el water" no te servirá de nada contra ellos, ya que ni siquiera se fijan. Tampoco te servirá de mucho bloquearlos de tu lista, ya que seguramente ellos se enterarán y te harán un escándalo ya que tus amigos, conocidos, parientes y hasta el portero, también están en su lista.

La peor variedad de los miembros de ésta orden es aquella que tiene la extraña capacidad de detectar cuando tu computadora está al borde del colapso para justo en ese momento, saludarte de la forma más pelotuda e inoportuna que se te pueda ocurrir y colgarte el sistema, exactamente tres segundos antes de que salvaras (por las dudas, mientras escribo esto desactivé el msn).

Los miembros de la hermandad de Mercurio son inidviduos tenaces que jamás se dan por aludidos, ni se molestan cuando les decís "no jodas más que estoy laburando" o "laputaqueteparió, me colgaste la computadora y me hiciste perder un artículo de 4750 palabras, para decirme que el perro está con diarrea" Ellos se disculparán y se dejarán de joder, hasta dentro de una hora o hasta que tu computadora esté nuevamente a punto de reventar. Eso si, cuando tenés algún problema, siempre están ahí para escucharte y si se puede, ayudarte aunque tengan que romperle las pelotas a toda su lista de contactos (cosa que por otra parte no les cuesta nada). En ese sentido, son imprescindibles y eso les evita el merecido homicidio que uno debería con ellos cometer.



III Cofradía de la Perpetua Cadena y Orden del PPS Pesadísimo.



Le pasan a toda su libreta de direcciones cadenas en forma permanente convencidos de que son terribles originales, sin pensar que ese PPS de 1 Mega que te mandaron, tiene más años que Windows 95, lo viste quince mil veces y es tan pelotudo que te dan ganas de agarrar a trompadas el monitor.

Dos variedades de PPS's acosan a sus víctimas.

Una, la del PPS pelotudo, que consta en algún mensaje kitsch y empalagoso que de solo mirarlo dudas de que la inteligencia humana haya avanzado un ápice en los últimos 60 millones de años. Estas presentaciones terminan con frases tan cursis, como “Un amigo es alguien tan necesario como un arco iris” o “Si crees en Jesús, una luz milagrosa se encenderá en tu corazón”.

No darían demasiadas ganas de matarlos sino fuera porque te llenan la casilla de correo con pelotudeces inútiles, dejando fuera los mensajes de tus clientes a quienes alegremente ese señor llamado “Postmaster” les informa que es imposible que le des pelota a ese negocio de dos mil dólares que esperabas cerrar ansiosamente, porque en este momento te están hablando de Jesús, o cuando tenés una conexión telefónica y terminás pagando oncemil pesos de teléfono bajando megas y megas de presentaciones sobre la amistad que te manda alguien que si realmente fuera tu amigo debería eliminar toda traza de tu dirección de su libreta por siempre jamás.

El otro tipo de PPS, es aquel que contiene alguna broma de mal gusto que te hace considerar seriamente si no es tiempo de eliminar a quien te lo mandó, no solo de tu lista de contactos, sino de la mismísima faz de la tierra. A éste tipo de presentaciones responden cosas tan asquerosas como aquel del chino morfando fetos, o el de la operación del transexual.

Y el más selecto grupo de estos cadeneros, lo integran aquellos miembros, que utilizan el Incredi Mail, por lo cual al natural peso de las presentaciones, hay que añadirle unos cuantos kilobytes más debidos a los fondos estúpidos llenos de pescaditos de colores, plantitas en macetas que si fueran apenas más cursis figurarían en la cortina del baño de una sirvienta de teleteatro mexicano, y algún otro chiche idiota del que cualquier persona inteligente se avergonzaría hasta el suicidio.





IV Capítulo General de Pornógrafos Inoportunos.



Te mandan por correo electrónico, las más asombrosas escenas sexuales que se te puedan ocurrir, al grado que cualquiera de ellas haría sonrojar al operador del viejo cine Luxor. Eso si, jamás te ponen “Cuidado al Abrir” o alguna advertencia por el estilo. Vos estás revisando el correo con el Outlook tranquilamente mientras a tu lado tu hija de siete años le canta el arrorró a la muñeca y tu mujer teje inspirados ochos en un buzo a la vez que mira distraídamente tu pantalla.

En medio de la idílica escena bucólica, tu monitor presenta a los ojos de la familia, una menagge a trois en la que participan una dama, un equino y un sujeto con pinta de Stallone pero con algo más de cara de idiota entre otros atributos.

Vos no sabés si romper el monitor con el termo, apagarlo a toda velocidad o directamente suicidarte, mientras tu hijita se interesa por las actividades del caballito y tu mujer trocó su dulce expresión materna, por una de odio homicida.

Demás está decir que vos jamás le pediste que te mandara semejantes porquerías. Para cuando tu mujer te vuelva a hablar, tu amigo ya habrá olvidado todas las puteadas que le pegaste y estará pronto para enviarte sin aviso, la foto de una orgía en la que participan ocho tipos, tres mujeres y una pareja de osos pandas homosexuales.



V Hermandad de los Pedantes Fotomaníacos.



Constituida generalmente por emigrados por razones económicas, te envían decenas de fotos de sus autos, sus casas, sus perros, sus plantas, su living, sus cinturones, sus calzoncillos, los asados y cualquier otra cosa que se les ocurra vos vas a envidar sanamente.

En general, los primeros cinco días puede que las mires con decreciente interés, pero a partir de entonces, te dan ganas de llamarlo por teléfono y pedirles por favor que agarren la cámara fotográfica y se la metan bien metida donde no les de el flash. El invento de la cámara digital y su popularización han llevado a esta fraternidad a extremos inconcebibles de exageración y son capaces de mandarte una foto por hora de la vista que tienen desde su apartamento en el piso 54, hasta una secuencia con el parto de la gata.

Dos amigos que tengas de ésta cofradía, alcanzan para que maldigas diariamente a Daguerre, Eastman y todos sus sucesores por los siglos de los siglos y que la sola mención de una cámara fotográfica te cause repulsión.



VI Secta de los CyberParanoicos Pero Paranoicos Mismo.



Para ellos Internet es un campo minado lleno de trampas mortales que pueden acarrearles ingentes pérdidas de naturaleza misteriosa.

Siempre están con la atención puesta en la posibilidad de que alguien les hackee la computadora donde tienen guardadas las fotos del nene, la lista de los mandados y el número de teléfono de la tía Gertrudis.

Cuanto mayor sea su desconocimiento de la informática, mayor su pánico. Están convencidos de que un virus puede arruinarles el monitor y la vida, que en cada mail se oculta un enemigo y que a través del MSN, cualquier hacker puede obtener información sobre la cuenta bancaria que por otra parte no tienen ni jamás tendrán.

Se cuelgan de cualquier cadena estúpida de esas que anuncian que Patricia García no es un contacto sino que en realidad es un virus peligrosísimo que hará que tu lector de CD estalle en mil pedazos ni bien la agregues a tu lista, o que la CNN anunció hoy que un virus está causando pánico en Nueva Guinea y que Microsoft anuncia aterrorizada que es el más destructivo que se ha inventado ya que te provoca un cortocircuito en el enchufe haciendo que tu casa quede sin electricidad para siempre y jamás podrás volver a chatear con tu hermana o buscar recetas de cocina.

Cuando reciben una información tan o más estúpida que las anteriormente mencionadas, jamás se tomarán un minuto para analizarla seriamente o para buscar en el Google unquemasnosea una confirmación o un desmentido sobre datos tan poco verosímiles. Por el contrario, enviarán ese dato a toda la libreta de direcciones con lo cual colaborarán realmente con los hackers aportando direcciones válidas de víctimas posibles, y su propia dirección IP que va en el encabezado del mensaje.



Esta no es más que una brevísima enumeración de las extrañas cofradías cibernéticas. Seguramente se me ocurrirán más en el correr de los días.



Germán Queirolo

quol@adinet.com.uy



(Si usté pertenece a la Secta de los Robadores de Textos Ajenos, sírvase por lo menos tener la deferencia de citar la fuente. Pertenezco a la Hermandad de los Intelectualmente Vanidosos)

El Clavo (cuentito con un leve matiz autobiográfico)

Por no ser ni frío ni caliente cualquier dios que se precie me explusaría de su boca.

Cuando joven, creí firmemente
No importaba mucho en qué. Lo importante era creer, sentirme identificado, un ladrillo más en la pared de una causa.
Así participé en la Barra de la Amsterdam, en la Iglesia Adventista, en los Scouts Católicos, en el Partido Socialista de los Trabajadores, en la Federación Ancap, en la protectora de animales, en el Club Social y Deportivo Villa Española y en el Club Social y Deportivo Salinas. Seguí a Falta y Resto por todos los tablados de Montevideo, y como hincha del Paysandú, me enrosqué a trompadas, sillazos y botellazos con los hinchas rivales. Me fui a dedo a Salto y Paysandú siguiendo a la selección del liceo Dámaso Larrañaga, y cuando perdimos en Salto contra Paysandú que tenía un cuadrazo, estuve indeciso entre tirarme al Río Uruguay o regresar a Montevideo e irme a ver las sesiones del Consejo de Estado por una semana a los efectos de terminar de una vez con mi miserable vida.
Cuando junté sellos, no tenía escrúpulos en afanar las cartas de la vecina que asomaban por abajo de la puerte, compraba libros, compraba los sellos que venían en sobrecitos blancos, y tenía el sello con la cara de Francisco Franco en todos los colores del arco iris y hasta la miraba con ternura.
Una vez que se me dió por juntar boletos usados, (tendría unos 15 años) viejaba en ómnibus hasta para ir a la panadería. Juntaba los boletos del piso del bus aunque tuvieran pegado un chicle mascado lleno de pelos negros adheridos. En ese entónces, los boletos de Montevideo estaban divididos en zonas, unos eran rojos, otros negros, otros verdes. Los rojos me eran complicados de conseguir por mi mismo, ya que vivía en la Blanqueada, dentro de la zona de boletos verdes. Así fue que conocí lugares inverosímiles a los que iba sólo por conseguir el boleto. La Cuchilla Pereira, La Curva de Grecia, Villa García, Toledo Chico. Podía correr un boleto contra el viento, chocando contra la gente que venía caminando en sentido contrario y tirándome en palomita como golero en final, contal de conseguir un boleto de la empresa de Omnibus de San Antonio, que eran bravísimos de conseguir.

Todas esas adhesiones y muchas más que no menciono o no recuerdo, me provocaron la misma pasión.

Cuando supe ser hincha de Peñarol, y partícipe de la Barra de la Amsterdam, tenía hasta un poncho aurinegro, una bandera firmada por todos los jugadores, escribía letras para la hinchada como si en ello me fuera la vida, era capaz de entregar a un amigo bolisilludo a las huestes aurinegras con el grito patriótico de "¡Ese es un bolso infiltrado.. lo se porque es mi mejor amigo de la escuela, vivo en su casa y lo considero mucho más que un hermano!, ¡Muchachos, vamo a masacrarlo!!!
Vivía en el apartamento de arriba al de Juan Ramón Carrasco, a la vuelta de la sede de Nacional, y más de una vez me encontré desconcertantemente apedreando mi propia casa con furibunda sed de justicia. Luego participaba de la colecta para reponer los vidrios con alegría y sin notar lo esquizofrénico de mis actos. Sabía que Cataldi perdonaría.

Cuando fui adventista, ni que hablar que no había misionero voluntario más entusasta que yo. Escribía himnos, le desinflaba las ruedas del auto a los católicos, hijos de la Meretriz de Babilonia e incrédulos del Regreso, que no veian porque no querían que de las canillas del baño manaba cotidianamente la sangre aunuciada por San Juan desde Patnos en el libro del Apocalípsis, cuyos versículos conocía de memoria y me deleitaba en la certeza de que ibamos a quedar nada más que yo y diezy ocho adventistas más en el paraiso, mientras en resto de la humanidad de consumía entre las brasas del averno haciendo de amenuenses del Gran Cornudo. (Y no hablo de ningún político en particular). Con tal de no trabajar un sábado, era capaz de renunciar al trabajo mejor remunerado del planeta. Mis recursos financieros eran como siempre escasos, pero no podía recurrir a comer un refuerzo por las dudas de que el fiambre tuviera un cacho de cerdo mezclado. Entre un pan y el otro podía esconderse la condenación eterna.
Durante mi etapa de Boy Scout Católico.. puaaa.
Pegué afiches por todo Montevideo como un desgraciado anunciando el censo del año 75, Me prestaba para las taréas más desagradables y las hacía con una sonrisa, así fuera higienizar al cerdo de la chacra hogar con un cepillo o aburrirme en toda la extensión imaginable durante las guardias en los campamentos. Y todo eso, sin pecar ni con el cuerpo ni con la mente.

Durante mi pasaje por el PST, me hice tan trotskista que el mismo León se hubiera alarmado y me hubiera enviado al siquiatra con urgencia. Me aprendí de memoria "El Manifiesto" y Rosa Luxemburgo ocupaba el sitial en la cabecera de mi cama, que antes ocuparon, la bandera de Peñarol, el crucifijo y la pañoleta de los scouts, el clavo solo, porque los adventistas no adoran imágenes como los paganos, la foto de la Falta, y algunos íconos más de otros fanatismos olvidados. El materialismo histórico no tenía secretos para mi. aprendí que la religión era el opio de los pueblos, el fobal, otro opio más y cualquier cosa que no fuera la revolución permanente, era un engaño del enemigo burgués para distraernos de nuestra obligación de terminar con la infame explotación del hombre por el hombre.
Otro tanto puedo agregar de mis adhesiones posteriores.
Desfilé por 18 de Julio con el baby fútbol del Villa Española cuando los 500 años del descubrimiento, violando todos mis principios anteriores y posteriores, garronié camisetas para el baby fútbol de Salinas, rebajándome hasta lo indecible para conseguirlo, junté socios por toda La Teja para el comedor infantil del Club Progreso, me pelié con los bolches en cada reunión del sindicato, de las cuales no me perdía una, aunque mi mujer estuviera pariendo en ese preciso instante, mientras intentaba inutilmente que me salieran pelos en esa región de nombre desconocido que queda entre el bigote y el mentón, a los efectos de tener una barba candado digna de un militante, cosa en la que la naturaleza jamás quiso colaborar.
Me había convertido en un militante de la militancia.
Mis opiniones eran terminantes que me peleaba con amigos, amantes, novias, compañeros de trabajo. Pero no tenía la menor importancia. Un amigo que no fuera zurdo, era un amigo sino un infiltrado. Una amante que no recitara los versos de la Internacional durante el climáx, era ápenas un complemento insulso del colchón. Una novia que no hubiera conocido en el comité, no era digna ni de tener su número de teléfono escrito en un recorte de papel de panadería dentro de mi agenda. Un compañero de trabajo que no fuera militante del gremio, era un carnero inmundo, infiltrado por los partidos burgueses para desunir el firme haz de la clase trabajadora. Me perdí todos los bailes porque en ellos el capitalismo burgués y las transnacionales escondían su trampa mortal para los jóvenes hijos de la clase obrera.
Un buen día me dí cuenta de que estaba más sólo que Pinochet en el Día del Amigo.
Tanta opinión terminante terminó con mi círculo de amistades. Me quedaban camaradas provisorios, tan presos como yo de las veleidades de la política o de las veleidades del fútbol o de las veleidades de la religión. Y encima es sabido por todos que donde hay tres trotskistas hay cuatro opiniones. Y yo mismo tenía varias opiniones libretadas adecuadamente. Respuestas para cada pregunta. Eso sí, pocas preguntas.
Mi círculo no sólo era estrecho sino que muchas veces cobraba aspecto de espiral. Y yo en el centro del espiral mirando como todo se me venía encima.
Un buen día un compañero muy querido se fue del partido. Otro amigo se hizo hincha de Nacional por considerar que elegir a un hincha confeso de Sporting como presidente de Peñarol era un acto repudiable de entreguismo inadmisible.
Dos amigos convertidos en traidores.
Esa noche, volví a mi casa meditando sobre los ingeniosos argumentos que debía encontrar para expulsar a mi ya casi ex amigos de los rincones que ocupaban en mi corazón. Pero mis amigos se negaba a salir por las buenas.
Volví a mi pieza, miré el clavo único sobre la cabecera de la cama.
Abrí el Capital en busca de una respuesta. Pero Marx estaba curiosamente mudo. Me pareció tener ante mis ojos cientos de páginas escritas por un genio e interpretadas por idiotas.
Abrí la Biblia y los versículos me parecieron una interminable colección de palabras ambiguas, que explicaban todo a fuerza de no decir nada. Me pareció tener ante mis ojos cientos de páginas escritas por algún delirante e interpretadas por más de un vivo.
Desesperado, perdido, sin respuestas caminé torpemente hasta la bibioteca. Alguien, Dios, Marx, Damiani o quien sabe quien debía tener la respuesta. Manotié un libro al azar. el pasillo donde estaba la biblioteca estaba a oscuras. volví al cuarto, me senté en el borde de la cama. El libro elegido era el Diccionario Pequeño Larrouse Ilustrado. Regalo de mi abuela. Su último regalo ya que añ año siguiente murió. Lo abrí al azar con los ojos cerrados, dejé correr mis dedos por la página abierta abrí los ojos y miré la definición bajo la cual mi dedo se había detenido.
agnosticismo (de agnóstico)
1 m. Doctrina epistemológica y teológica que declara inaccesible al entendimiento humano toda noción de lo absoluto y esp. la naturaleza y la existencia de Dios, cuya existencia, a diferencia del ateísmo, no niega.
2 fig. Actitud de una persona o partido político que no adopta ninguna postura ante un determinado problema: ~ político.


Dejé el diccionario panza abajo sobre la cama. Miré el clavo en la pared. Más que un clavo un altar. De él colgaba un banderín de la Cuarta Internacional. Una mancha roja sobre una pared blanca. Tantos íconos colgaron de ese clavo durante mis años de adherente incondicional a cualquier cosa. Colgaban también de ese clavo, invisilbes pero presentes, amigos dejados atrás, oportunidades perdidas, siluetas de mujeres que no fueron, principios y finales. Ese clavo era el cadalso del cual había colgado todo lo que fui, pero sobre todo había ahorcado en él todo lo que rechazé. Y esto último era mucho más.
Cuando la tenaza arrancó el clavo de la pared, arrancó también un cacho de roboque que me cayó directamente arriba de la pata izquierda, descalza por estar arriba de la cama.
Juré que era el último dolor que ese clavo me provocaría.
Pero me pinché con él esa noche cuando saqué la basura.

Comencé a mandarme la puteada de la década.
Desde sus mamotretos inapelables, Dios, Marx y Cataldi, parecieron sonreír burlonamente.